Carpe Noctem

La noche se refleja en el asfalto mojado
tras la majestuosa decandencia de la tarde.
Siempre soy yo el que está mirando;
no seas cruel conmigo, noche sin ojos.
Voy a atraparte, aunque ciegues mis ojos,
aunque, con oscuro velo, me ocultes tus secretos,
O me escatimes las buenas luces y el amor ardiente.
Es ahora o nunca; voy a coger ese misterioso tren;
y rendir mis zapatos azules en la memoria.
Sólo quiero echarte el guante una vez más.

Nocturno

Oigo música para llamar al silencio;
esta noche lo invoca el canto de los grillos
que se ocultan detrás del escombro del parque.
Que se hospedan aquí pese al brutal rugido
de la ciudad que sin razón amamos
y que ya es imbatible en su fracaso.

Julio exhala su ardor rojo y noctívago
y es como si en su combustión anunciase
que hemos de estar para algo más en esta vida.
Para algo más que una ilusión invicta
entre el arbusto cuajado de espliego y la palabra.
Para no siempre ceder ante las cosas del mundo
que a menudo significa renunciar a ser libres.
¿Cómo entender si no el prodigio del martín pescador,
del águila o la libélula sobrevolando el pantano?
¿Cómo explicar el milagro de la música
prendido en los zapatos de baile de un mendigo?

Esa misma música me dice:
Oscura incertidumbre que resuelta
por la noche nos acosas
sin dejar rastro en el tiempo.

No es posible buscar desde el abismo.
Una pletórica indulgencia encuentro a cambio,
densa y estéril como frutos de arizónica
que liban las polillas embaucadas por su olor.
-un olor que se masca como goma arábiga-

Ni el disco solar ni la noche me alumbran,
ni me habla tu voz por ningún recodo
pero tampoco, has de saber,
se ensombrece la hora del relevo.

Federico Leal (De Toma de tierra)

GRILLO (CANTANDO)

Está ya en mis zapatos floreciendo
la corona de espinas de mi muerte,
el hollín de los sueños ya me ciega
y el nocturno infinito me rodea.

En su molde de horrores y pasiones
crece la mala hierba, vieja arpía
que desde el lacrimal pantano
tiende su matriarcal regazo.

Ya caballero exangüe me imagino
en este cementerio de lectores
y con la monocorde oración de la cigarra
y el negro luto de grillo me conformo.

Golpes de mar

Las vísperas de los éxodos sólo se visten de grises, se calzan de zapatos famélicos, se perfuman de silencios y se abrigan de gabanes harapientos. Varas golpean los ríos y los convierten en sangre y el hedor es insoportable y los peces mueren, y hay plagas de ranas y piojos, langostas, úlceras, granizo y tinieblas.
Y llega el holocausto.

La plenitud de los regresos sólo se viste de amarillos, se calza de sandalias, se perfuma de entrañas y se abriga de manos lujuriosas. Y cantan los cantares a los pies, curvas, ombligos, vientre, pechos, ojos y sólo corren entre dientes y labios vinos deliciosos.
Y llega la resurrección.

Sandalias aladas

En la sala de espera del aeropuerto hay una veintena de personas. Inesperadamente un nutrido grupo de policías han entrado, deteniendo a todos los presentes. Se sospecha que en el grupo de pasajeros hay un asesino. No se preocupen —dice el inspector al mando— una vez comprobadas sus identidades serán dejados en libertad sin cargos. Ahora se dirige a uno de sus oficiales y le indica que comience con los que tengan los zapatos más caros y con los hombres más viejos. Dos ejecutivos son confiscados del grupo y llevados aparte. Otros cinco señores de mediana edad, los aparentemente más viejos, también son llevados al retrete. Tras una larga espera, el resto de los pasajeros son cacheados, identificados mediante iris y huellas digitales, comprobados en el ordenador central y finalmente dejados en libertad sin cargos. Al sentirse liberados de las sospechas policiales, ninguno pregunta, ninguno protesta, ninguno exige que se respeten sus derechos, que se les ofrezca una explicación, una disculpa. Liberados de la culpa, sus sandalias parecen aladas.

Deborah

A Vargas siempre le gustaron las mujeres con estilo, como ella. Imantaron su descreída mirada los ojos y los pies de Deborah, los unos porque le ponían color a la ternura, los otros por la gracia que conferían discretos a su porte. Gustaba esta hermosa mujer de azoteas y terrazas, de áticos, buhardillas, atalayas, miradores… lugares en que pajareaban sus deseos y se abovedaba su esperanza. Dulce promiscuidad de lo que contemplaba y lo que pisaba. Nunca fue ajena a los designios de la luz, a la piedad de los amaneceres, como las ciudades en que aventaba su dulzura, como el mar que repetía las espumas a sus pies. Entonces Vargas decidió que no le importaría en absoluto convertirse en sus zapatos.