Olas

juego

CABALLERO.
¿Mar? (la esfinge lo devora).
BODOS.
Las olas.
ESFINGE.
Vale, tú también pasas, cacharro. ¿Y la siguiente..? “Tiene boca y no come y en su vientre busca el hombre”.

INUNDACIÓN

poesía

A veces lloro y me arde el estómago,
quiero contarte una historia de dulces cosas
pero mis ventanas oscuras no me dejan ver
y me arde el vientre de nueve a cinco.
A veces grito en el mar y nadie puede oírlo.
Quiero decir lo que quiero decir, desde este cuerpo,
atrapado entre huesos y dolores,
pero mis cuerdas están gastadas y secas.
Di lo que quieras, está lloviendo otra vez.
El bote hace aguas y hay huracán de nuevo.
¿De qué sirve gritar en la distancia del océano?
¿Y quién quiere vivir para siempre,
en este mar terrible, sin salvación, sin fe?

De tus ojos se desprendía una mirada aterrada…

greguería

De tus ojos se desprendía una mirada aterrada
Esto de un amor prohibido tiene su punto
Creo que nunca una respuesta había sido tan cerrada
Sé que al mirarnos mutuamente se acababa el asunto
Éramos 2 ovejas en el centro de una manada de lobos
Con corazones entrelazados en los que corría amor por nuestras venas
Nos sentíamos prisioneros de la presión social que iba hinchando los globos
Pero en el medio de la madrugada quitábamos los candados y las cadenas
Todas las noches pedía que se alinearan los planetas
Que pudiésemos salir un rato de este mundo
Ojalá construyéramos un tipo de cometa
Para alejarnos por mucho tiempo a otro rumbo
Tus labios sobre mi piel buscando algo que se perdió
Mis dedos sobre tu vientre deslizándose como la seda
Mira aquel personaje que nos observa exclamó
Vámonos a otro lado saltando de vereda en vereda
Lo siento pero en esta aventura contigo no puedo estar sincronizado
Tú no quieres un amor de esos verdaderos
Lo único que quieres es vivir ante el que dirán encadenado
Y yo quiero abrir las puertas de mi corazón a un amor liberado
Un día desperté queriendo matar a la sociedad
Destruir cada cosa que no estaba bien vista según ellos
Luego me di cuenta que no pisaba la realidad
Disculpen si desde estas paredes acolchadas veo destellos.

Aquí les comparto el poema De tus ojos…

poesía

Aquí les comparto el poema:

De tus ojos se desprendía una mirada aterrada

Esto de un amor prohibido tiene su punto

Creo que nunca una respuesta había sido tan cerrada

Sé que al mirarnos mutuamente se acababa el asunto

Éramos 2 ovejas en el centro de una manada de lobos

Con corazones entrelazados en los que corría amor por nuestras venas

Nos sentíamos prisioneros de la presión social que iba hinchando los globos

Pero en el medio de la madrugada quitábamos los candados y las cadenas

Todas las noches pedía que se alinearan los planetas

Que pudiésemos salir un rato de este mundo

Ojalá construyéramos un tipo de cometa

Para alejarnos por mucho tiempo a otro rumbo

Tus labios sobre mi piel buscando algo que se perdió

Mis dedos sobre tu vientre deslizándose como la seda

Mira aquel personaje que nos observa exclamó

Vámonos a otro lado saltando de vereda en vereda

Lo siento pero en esta aventura contigo no puedo estar sincronizado

Tú no quieres un amor de esos verdaderos

Lo único que quieres es vivir ante el que dirán encadenado

Y yo quiero abrir las puertas de mi corazón a un amor liberado

Un día desperté queriendo matar a la sociedad

Destruir cada cosa que no estaba bien vista según ellos

Luego me di cuenta que no pisaba la realidad

Disculpen si desde estas paredes acolchadas veo destellos

ZEUS

greguería

De nada sirvió copular tres veces seguidas dentro de ella. El semen era devorado por sus conductos vaginales. Desaparecía olímpicamente. Su histérico útero absorbía mis fluidos con delectación y saña. Y así día tras día. Ánforas y ánforas de semen acabaron en su vientre y jamás dieron el fruto esperado. Un día incluso traje un caballo para cubrirla. El equino derramó dentro de ella, de una sola corrida, todo lo que estaba reservando desde hace un año. ¡Oh, milagro, milagro! Al fin reaccionó… Y tras el necesario tiempo, la jaca por fin dio a luz una preciosa galaxia centauro. ¿Estaré perdiendo mi deidad o sólo ha sido un gatillazo?

Diario olímpico de Zeus. Eón siete mil de la era olímpica tardía. Hora de la siesta.

ZEUS

greguería

Le gusta estar sin hacer nada. Pero nada en absoluto. Recostada en el sofá se ha pasado los tres últimos meses. Sin parar. ¿Respira? Si no fuera porque no huele a muerto, no lo sabría decir. El aire llega a su nariz, el agua a sus labios, la poca comida que necesita cae directa a su estómago. Pero nada sale, todo permanece en el abismo de sus intestinos. A veces pienso que es un vórtice solenoidal del universo. Un día intenté utilizarla como separador ciclónico pero mi impericia o mi impaciencia han dado al traste con el experimento en repetidas ocasiones. Una de las cosas que cayó en su vientre fue un agujero negro. Y jamás se supo de él. 

Diario olímpico de Zeus. Eón siete mil de la era olímpica tardía. Hora de la siesta.

Tu cuerpo a mi lado tan dulce y…

greguería

Tu cuerpo a mi lado, tan dulce y callado, tu cabeza en mi pecho, y con ojos cerrados logro verte… Acaricio tu cabello; te miro y te respiro.

Miro tranquilamente impaciente mi cuerpo y brazos inmóviles, en donde descansa tu cansancio, en donde escucho tu canción, el bajo y suave respirar de tu vientre, y mis manos siguen ahí, siguen así, como siempre…aferradas a ti.

Te quiero desnuda

greguería

con el pelo acaranchado por las batallas nocturnas
danzando descalza sobre mi vientre anhelante

te quiero planta carnívora trepando por mis muslos
improvisando cánticos húmedos con tu boca caramelo

te quiero intensa
con tu aliento vainilla enredado entre mis dientes
y tus yemas decodificando cada porción de mi cuerpo

te quiero de piernas bien abiertas
para enterrar mis manos en tu jaula de pan
y liberar uno a uno los gorriones que te habitan

te quiero con el alma llena
de inquietos pececitos de colores
y tu carne dulce ofrendada a nuestro vandálico festín

pero mas allá del verso y la metáfora
mas allá de lo que quiero
lo que muy seriamente necesito hoy
es tu sanador soplo de luz

LAS MUJERES Toda mujer sin importar raza estatus…

greguería

LAS MUJERES
Toda mujer sin importar raza, estatus social, situación económica, preparación académica, ideología, ni religión; es hermosa de por sí por el simple hecho de ser mujer.
Todas ellas tienen al menos una u otra gracia para atraerte, para enamorarte, para cautivarte; son realmente las Diosas del Amor en todos los niveles y en todas las tonalidades.
Pero sin lugar a dudas el milagro que se da en su vientre las revela como el centro de Universo.
La entrega de la mujer a tal tarea es un acto maravilloso, sublime; aun cuando ellas lo entiendan como parte de su condición.

LAS MUJERES

greguería

Toda mujer sin importar raza, estatus social, situación económica, preparación académica, ideología, ni religión; es hermosa de por sí por el simple hecho de ser mujer.
Todas ellas tienen al menos una u otra gracia para atraerte, para enamorarte, para cautivarte; son realmente las Diosas del Amor en todos los niveles y en todas las tonalidades.
Pero sin lugar a dudas el milagro que se da en su vientre las revela como el centro de Universo.
La entrega de la mujer a tal tarea es un acto maravilloso, sublime; aun cuando ellas lo entiendan como parte de su condición.

AHASVERO

relato

Flotaré, nadaré, me enterraré en tu cuerpo,
Navegando en las cálidas olas de tu vientre,
Entre las erizadas islas de tus pechos,
Tras el naufragio en tu voraginal ombligo,
Entrando en la lúbrica cueva de tu boca,
Cayendo en el abismo marino de tu lengua,
Perdido en la nacarada espuma de tus dientes,
He arribado a las violetas rocas de tus labios.

Escuché los cuentos de dragones
que tu ombligo me contaba,
abrazado a las olas azules de tus brazos.
Me dijiste, ¿relajado, corazón?
pues flotemos…
Hagamos un PERIPLO ERÓTICO POR TU CUERPO…

Golpes de mar

greguería

Las vísperas de los éxodos sólo se visten de grises, se calzan de zapatos famélicos, se perfuman de silencios y se abrigan de gabanes harapientos. Varas golpean los ríos y los convierten en sangre y el hedor es insoportable y los peces mueren, y hay plagas de ranas y piojos, langostas, úlceras, granizo y tinieblas.
Y llega el holocausto.

La plenitud de los regresos sólo se viste de amarillos, se calza de sandalias, se perfuma de entrañas y se abriga de manos lujuriosas. Y cantan los cantares a los pies, curvas, ombligos, vientre, pechos, ojos y sólo corren entre dientes y labios vinos deliciosos.
Y llega la resurrección.

Sin aliento dejo el cabello chino con color…

greguería

Sin aliento, dejo el cabello chino con color a desagüe y, errante, intento escribir, como un fantasma, el libro que mi musa me dicta. Nadie dice nada nuevo, olor a página de siempre. El presente, satanes, es semen derramado como sopa en un sueño sobre la teta o el vientre de una yegua. Web bye.

Julio Skarmenti

greguería

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas familias de gitanos universales que recorrían el mundo en una tartana. Una de esas familias de saltimbanquis y latoneros cuyo destino estaba dirigido por una tozuda mula que elegía en cada encrucijada el camino que ninguno de ellos hubiera tomado.
Julio Skarmenti achacaba a esta circunstancia los terribles e insólitos parajes a los que arribaron repetidas veces contra su voluntad e incluso a pesar de los negros augurios de la abuela Trinidad. La vieja gitana, capaz de adivinar el futuro más incierto de la clientela, se obnubilaba ante las empecinadas elecciones de aquella vieja acémila.

—Mal fario – se limitaba a decir la abuela cuando la bestia tomaba el camino que todos los Skarmenti hubieran instintivamente evitado. Todos menos aquella terca y cojitranca mula del demonio que con su renca pata señalaba su suerte y la de todos sus contrariados dueños.

Entonces, Julio Skarmenti, el menor de los Skarmenti, se sentía perdido y su moreno y curtido rostro dejaba traslucir una leve oleada de angustia irracional ante el abyecto e inmediato futuro. Sus negros fanales se anegaban de aciagos presagios y hasta la brisa parecía flamear de un hedor maléfico y execrable. Subía a la tartana y, enroscado como una serpiente herida, dormía el último trecho del camino. Sólo despertaba al entrar a la ciudad, mientras su padre anunciaba, con el duro tintineo del latón, la llegada de tan insigne y nómada corte, descendiente directa de reyes y faraones del sagrado Nilo, obligada a errar en el destierro, y a ganarse la vida como saltimbanquis y latoneros por los polvorientos y ásperos confines del mundo, a causa de una caprichosa e ineluctable maldición del Gran Osiris. Y sólo entonces, el rostro quemado de Julio Skarmenti, se iluminaba seducido por la atónita e hipnotizada mirada de los niños ante semejante estafermo ambulante.

Nadie hubiera esperado que aquella troupe descendiera con tal algarabía esa cálida mañana de mayo por una de las siete colinas que rodeaban la ciudad. Parecían salidos de la nada o, transportados quizás por el caprichoso viento, de lejanos y exóticos países a través del espacio y el tiempo.

El pequeño Skarmenti bajaba, ya más animado, de la multicolor carreta y corría con descaro entre sus coetáneos haciendo sonar una flauta y ondeando un serpentilíneo gallardete mientras sus hermanos mayores agitaban los caireles o tocaban los improvisados timbales de la carreta y la madre y las hermanas hacían danzar sus vientres adornados de cascabeles y alaracas.

Los niños despertaban de su hipnosis y enseguida formaban una animada comitiva que también seguía a la obstinada y visionaria mula.

A pesar de su empecinamiento, la mula sabía hacer su trabajo con el más esclarecido rigor y desenvoltura de las bestias faranduleras. Antes de elegir el mejor de los descampados de la ciudad, bien provisto de hierba fresca y abundante, recorría las más importantes plazas y calles del lugar, lo cual permitía a la familia Skarmenti anunciar a bombo y platillo -o a timbal y latón- su maravilloso y único espectáculo en el mundo. Espectáculo en el que todos tenían su papel asignado, desde la cabra, que no sólo daba leche a la familia sino también conciertos de pedorretas al público congregado, pasando por la troupe de fraternales saltimbanquis y odaliscas, hasta la genial y quimérica mulilla, que ataviada de tirabuzones y pantalón de tirantes predicaba su particular evangelio de rebuznos inconmensurables y reveladores. Evangelio, dicho sea de paso, ante el cual era imposible hacerse oídos sordos pues su estertor era fácilmente escuchado en diez millas a la redonda, provocando en más de una ocasión entre los asistentes, e incluso entre los ausentes, el llanto y crujir de dientes propios del juicio final.

Por la noche, con instinto felino, Julio escapaba del campamento familiar y recorría la ciudad. Poco importaba si la luna era un queso comido o recién hecho. Con igual habilidad, Julio caminaba entre las sombras dispuesto a encontrar los secretos escondidos que todas las ciudades guardaban durante el día y mostraban durante la noche a los valientes como él.

Caminó entre estatuas y ruinas apenas descubiertas por la espesa hierba, no comprendiendo como era posible que aquellas joyas pétreas estuvieran abandonadas a la intemperie. Pequeñas veredas se bifurcaban, dándole la oportunidad de sentir la náusea de la libertad que la mula les evitaba a diario con su clarividencia. Sentía que su propio destino estaba ahora en sus manos y, no sin zozobra, tomó el amplio paseo que conducía a un arco de triunfo. No pudo resistir la tentación de caminar bajo su sólido y único arco adornado de batallas y heroicos soldados. Por unos instantes oía a la multitud vitorearle y aclamarle. Un escalofrío, al mismo tiempo que un impremeditado sabor de victoria que no le correspondía, recorría su cuerpo. […]

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas…

greguería

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas familias de gitanos universales que recorrían el mundo en una tartana. Una de esas familias de saltimbanquis y latoneros cuyo destino estaba dirigido por una tozuda mula que elegía en cada encrucijada el camino que ninguno de ellos hubiera tomado.
Julio Skarmenti achacaba a esta circunstancia los terribles e insólitos parajes a los que arribaron repetidas veces contra su voluntad e incluso a pesar de los negros augurios de la abuela Trinidad. La vieja gitana, capaz de adivinar el futuro más incierto de la clientela, se obnubilaba ante las empecinadas elecciones de aquella vieja acémila.

—Mal fario – se limitaba a decir la abuela cuando la bestia tomaba el camino que todos los Skarmenti hubieran instintivamente evitado. Todos menos aquella terca y cojitranca mula del demonio que con su renca pata señalaba su suerte y la de todos sus contrariados dueños.

Entonces, Julio Skarmenti, el menor de los Skarmenti, se sentía perdido y su moreno y curtido rostro dejaba traslucir una leve oleada de angustia irracional ante el abyecto e inmediato futuro. Sus negros fanales se anegaban de aciagos presagios y hasta la brisa parecía flamear de un hedor maléfico y execrable. Subía a la tartana y, enroscado como una serpiente herida, dormía el último trecho del camino. Sólo despertaba al entrar a la ciudad, mientras su padre anunciaba, con el duro tintineo del latón, la llegada de tan insigne y nómada corte, descendiente directa de reyes y faraones del sagrado Nilo, obligada a errar en el destierro, y a ganarse la vida como saltimbanquis y latoneros por los polvorientos y ásperos confines del mundo, a causa de una caprichosa e ineluctable maldición del Gran Osiris. Y sólo entonces, el rostro quemado de Julio Skarmenti, se iluminaba seducido por la atónita e hipnotizada mirada de los niños ante semejante estafermo ambulante.
Nadie hubiera esperado que aquella troupe descendiera con tal algarabía esa cálida mañana de mayo por una de las siete colinas que rodeaban la ciudad. Parecían salidos de la nada o, transportados quizás por el caprichoso viento, de lejanos y exóticos países a través del espacio y el tiempo.
El pequeño Skarmenti bajaba, ya más animado, de la multicolor carreta y corría con descaro entre sus coetáneos haciendo sonar una flauta y ondeando un serpentilíneo gallardete mientras sus hermanos mayores agitaban los caireles o tocaban los improvisados timbales de la carreta y la madre y las hermanas hacían danzar sus vientres adornados de cascabeles y alaracas.
Los niños despertaban de su hipnosis y enseguida formaban una animada comitiva que también seguía a la obstinada y visionaria mula. […]

Skarmenti

greguería

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas familias de gitanos universales que recorrían el mundo en una tartana. Una de esas familias de saltimbanquis y latoneros cuyo destino estaba dirigido por una tozuda mula que elegía en cada encrucijada el camino que ninguno de ellos hubiera tomado.
Julio Skarmenti achacaba a esta circunstancia los terribles e insólitos parajes a los que arribaron repetidas veces contra su voluntad e incluso a pesar de los negros augurios de la abuela Trinidad. La vieja gitana, capaz de adivinar el futuro más incierto de la clientela, se obnubilaba ante las empecinadas elecciones de aquella vieja acémila.

  • Mal fario – se limitaba a decir la abuela cuando la bestia tomaba el camino que todos los Skarmenti hubieran instintivamente evitado. Todos menos aquella terca y cojitranca mula del demonio que con su renca pata señalaba su suerte y la de todos sus contrariados dueños.

Entonces, Julio Skarmenti, el menor de los Skarmenti, se sentía perdido y su moreno y curtido rostro dejaba traslucir una leve oleada de angustia irracional ante el abyecto e inmediato futuro. Sus negros fanales se anegaban de aciagos presagios y hasta la brisa parecía flamear de un hedor maléfico y execrable. Subía a la tartana y, enroscado como una serpiente herida, dormía el último trecho del camino. Sólo despertaba al entrar a la ciudad, mientras su padre anunciaba, con el duro tintineo del latón, la llegada de tan insigne y nómada corte, descendiente directa de reyes y faraones del sagrado Nilo, obligada a errar en el destierro, y a ganarse la vida como saltimbanquis y latoneros por los polvorientos y ásperos confines del mundo, a causa de una caprichosa e ineluctable maldición del Gran Osiris. Y sólo entonces, el rostro quemado de Julio Skarmenti, se iluminaba seducido por la atónita e hipnotizada mirada de los niños ante semejante estafermo ambulante.
Nadie hubiera esperado que aquella troupe descendiera con tal algarabía esa cálida mañana de mayo por una de las siete colinas que rodeaban la ciudad. Parecían salidos de la nada o, transportados quizás por el caprichoso viento, de lejanos y exóticos países a través del espacio y el tiempo.
El pequeño Skarmenti bajaba, ya más animado, de la multicolor carreta y corría con descaro entre sus coetáneos haciendo sonar una flauta y ondeando un serpentilíneo gallardete mientras sus hermanos mayores agitaban los caireles o tocaban los improvisados timbales de la carreta y la madre y las hermanas hacían danzar sus vientres adornados de cascabeles y alaracas.
Los niños despertaban de su hipnosis y enseguida formaban una animada comitiva que también seguía a la obstinada y visionaria mula. […]

a las 10 en casa

LILITH

greguería

Pero admitía su amor por aquella serpiente, que arrastraba en el limo esencial su libidinoso vientre. Hércules fue vencido por las Hécates y Brunildas, Amazonas descendientes de Eva.

Crimilda cazaba Liebres como una loba en celo. Demostraba un dominio que ni Adán al conjuro del misal de los Símbolos hubiera imaginado al separarse de la Madre terrible.

Cantadas por los Nibelungos… Así eran ambas, y también todas sus descendientes.

Devoración

greguería

Así fue: el Lobo surgió de las aguas en el preciso instante en que cruzamos el mar de Jonás. No era a causa del Incesto, como hubiera supuesto C. G. Jung, después de su pesada Digestión. Nuestro barco crujía tras el Envolvimiento y ya no pudimos zafarnos del Viaje nocturno por el mar, al que tanto temía Paul Diel. Viaje al vientre de la Ballena de los Símbolos. ¿Sería posible la Resurrección? La idea me asqueaba enormemente.

CELIA OQUENDO. 7 DE MAYO

poesía

Cuando en tu seno reclino mi cabeza, el amor calienta nuestras noches de insomnio, palpitar de un alma dolida entonando una triste canción. Ni a susurrar me atrevo lo que me quema dentro. Vivir sin vos puede ser un tormento letal. Cuando me amas se acalla mi dolor, y mi deseo se aplaca ante tu rostro y tu vientre. Como a los pétalos de una rosa, como a los rayos del sol, como a las perlas heridas y como a los acantilados inalcanzables, el rayo del amor calentando nuestras noches de insomnio.

CONDENADOS5

greguería

negro demasiada compondrán tesoro extraviadas aromas verano sabiduría mendigos desearía poderes puño camino entrega golpe andar vírgenes avisaba muy enseñes sombra cuyas contesta edad amable encontrado atar conozca paganas otorgada dicha desenvolvimientos. Yo también sentía entonces la magia de la cruz. tras queridos armad hallo quienes zarzas vaciado oxida temporada esperanza fingía mirada seguirlo abismo familias vientre habían expliqué han gira luego aquí instintivos guijarros mantuviera pensemos moda haya llevaba dormir tumbado trague tres muda adopté acciones horrores existencias mejor ambiciones no tengo otra manera de gritar.

Pero que sorda eres, oh dicha!

greguería

He nacido sin Dios, sin cielo, sin estrellas. Por encima vacío y, aparte de un vientre acariciado, posiblemente otras cien veces antes de morir, no hay nada. Oh, la dicha, ¿A dónde va corrida a palos como un asno? Haz el favor de quedarte, que no habrá huesos que roer, ni venas que chupar, ni carnes que morder allí donde te vayas. !Pero que sorda eres, oh dicha!

Adán

greguería

La falsa idea de que Adán fue expulsado del paraíso ha provocado un desconocimiento de la verdad que me veo obligado a desmentir. Siempre se ha escrito que, una vez probado el fruto del árbol, Dios le castigó a salir para siempre del paraíso. No fue así en absoluto. Adán fue condenado a vagar por la tierra al perder su inocencia primordial. Siempre es así: cualquier nuevo conocimiento nos expulsa de algún paraíso. Sólo que Adán no murió por ello y vive aún acosado por su atrevimiento. Difícil es verlo por ahí, desde luego, pues sus cabellos han crecido a lo largo de los siglos y ya no puede arrastrarlos por el lodo, sin embargo, es posible encontrarlo junto a Lilith, aquella terrible madre que le ofreció la manzana y que también derrama su vientre por el fango como la serpiente que les obsequió con la sabiduría prohibida. ¡Lástima que no la hayamos heredado los descendientes de Caín!

A la vuelta te espero -sentenciaba Boomerang

Willend…

relato

Era como una enorme venus de Willendorf y todos sus clientes eran pequeños. Flotaban sobre sus ciclópeos senos y su coloso vientre de ballena como pinochos traviesos y perdidos. Por supuesto, la nariz les crecía con cada entrega hasta encajar en su enorme culo de estatua de Botero. Le llamaban la Willendgorda o Willendgorfa (los andaluces) y Willendgolfa (los castellanos), dependiendo de si la querían herir o halagar, respectivamente. Y, sólo con oír su nombre, Casca-Vito –llamado así por ser pequeño, además de un masturbador compulsivo– se ponía rijoso y atropellado. Su nariz era entonces digna del más genuino rey de los pinochos y hasta las “chicas de la esquina” se corrían de vergüenza… y de gusto al verla crecer.

MEMORABLE

relato

Estaba pensando en eso. Un día te das cuenta que has agotado tu vida sentimental -por llamarle de una forma suave. Recuerdas aquel día, que quizás fue el clímax de tus relaciones amorosas, en que mantuviste cinco coitos con tres amantes diferentes -el segundo de ellos fue, sin duda, el más agraciado, con tres polvos en una sesión inolvidable de virilidad inusitada. Y te das cuenta que ahora ya no volverán esos días jamás. Que se te ha acabado el tiempo, la energía y -claro está- las oportunidades. Has perdido tu último tren y ya no hay más amantes antes de tu final. Pasan de largo a tu lado. Realmente están como trenes y pasan como trenes, pero tu no vas a entrar en ninguno, porque la última vez que entraste en uno era para volver del trabajo.
Al menos queda el recuerdo. Qué día aquel. Yo no creo haber producido nunca más adrenalina -entre otras cosas- que aquella gloriosa jornada de ****** en celo. Mi **** salía y entraba incansable -mañana, tarde y noche- en los ***** de aquellos amantes, dueños de mi ajetreada vida sexual, rellenándolos de ****** crema por su ****** hasta hacerles rebosar de semen desde sus enculadas nalgas hasta sus piernas.
Aquellas abundantes e intensas ******* fueron sin duda mi cenit y el principio de mi decadencia. Tras la cumbre ya sólo cabe el descenso, más o menos precipitado.
Ninguno de ellos sospechó ser uno más aquel día. Se sentían únicos depositarios de mi magmática y láctea ****** y me lo agradecían con sus arrebatados y roncos gritos de placer y sus aullidos de ****** en celo. A todos les di por detrás con toda mi alma lo que tan hirviente e irrefrenable brotaba de mis *******. Fue quizás por esa sobreabundancia con cada uno de ellos, que ninguno se sintió traicionado ni cornudo y, más bien al contrario, hincaban entusiasmados sus -para ellos- imperceptibles astas en la almohada y -arqueando sus excitados vientres- elevaban sus redondos y hermosos ***** hasta al altar de sacrificio. Yo les esperaba, sujetando con firmeza sus caderas, con mi duro y gordo ariete, ejecutando el ritual más salvaje y placentero que jamás hubieran soñado. Los atravesaba una y otra vez haciéndoles correrse repetidas veces mientras gritaban “más, más, más…” Y yo les daba, generosa y prolongadamente, “más, más, más…” jadeando y sudando como un sátiro, como un cerdo asquerosamente feliz de revolcarse en el fango de nuestras lubricidades.
Yo era afortunado entonces. Obscenamente feliz y afortunado, y también ellos. Pero la vida es una única cumbre y muchas fosas. Memorables también.

[Nota: el editor ha suprimido algunas palabras con asteriscos por demasiado obscenas; me es igual. Que la imaginación del lector lo supla con creces y probablemente con mejor fortuna que yo mismo.]

Ouahe

greguería

Me reclaman en los desiertos humeantes, siento el clamor de las caravanas y de los raudos traficantes de camellos, me esperan en el oasis los dóciles dromedarios de Alá, el cascabeleo hipnótico de las serpientes y la danza del vientre de las cobras, los yunques de sol del mediodía de Arabia y el fuerte sabor testicular del cordero, las altas palmeras de la media luna y los salobres y profundos pozos de la noche en Ouahe…