En la televisión se suceden imágenes de indignación…

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En la televisión se suceden imágenes
de indignación, pido el menú del día,
llega una pareja joven, se sienta en la mesa
de enfrente, desenfundan inmediatamente su teléfono
y teclean a una mano, ambos con la mirada fija en sus respectivos
aparatos, luego ella le mira de reojo y con su mano derecha
coge un tenedor,
su mirada está ya desprovista de ilusión,

Una red de 50 personas conectadas entre sí…

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Una red de 50 personas conectadas entre sí (red de teléfono, red de contactos, red social, etc.) es tan «valiosa» como la suma de dos redes más pequeñas de 40 y 30 personas conectadas únicamente entre sí (pero independientes). Aunque 30 + 40 > 50, el favor cuadrático del «efecto red» proporciona el mismo «poderío» a una red con solo añadir unas pocas personas más.

No me alcanza para una greguería sino apenas…

greguería

No me alcanza para una greguería sino apenas para,…. bueno, no sé que sea:
Tratando estaba yo de entender a algunos de ésos filósofos griegos que tanto han contribuido a que los que como yo pensemos que pensamos y pensé, vino a mí como una luz desde el punto más luminoso de nuestro Universo el siguiente cuestionamiento:
Si el hombre hiciera aplicaciones para los teléfonos no inteligentes (mensos), ¿no estaría dando con la solución del ser Humano?
Digo porque tanto los hombres como los teléfonos inteligentes ya lo son, mientras que a otros como yo muy bien nos caería tener más capacidades.
¿Y usted que piensa?

Puntos suspensivos

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Lo peor del amor, cuando termina,
son las habitaciones ventiladas,
el solo de pijamas con sordina,
la adrenalina en camas separadas.

Lo malo del después son los despojos
que embalsaman los pájaros del sueño,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole ni dueño.

Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a galeras los archivos.

Lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos.

Joaquín Sabina

PFNHDM 5.UN TIPO NORMAL EN UN SITIO ESPECIAL

relato

monje Es extraño las circunstancias que pueden llevarle a uno a hacer esas cosas. Quizás, si lo hubiera pensado seriamente, no estaría aquí. Pero ya no valen las lamentaciones. Estaba realmente en el Tíbet, aunque ni rastro de Leonard por ningún sitio, excepto en mi iPod, del que nunca me separo. Es como si los sueños siempre se cumplieran al revés. Yo tenía que venir aquí a desaparecer después de haber hecho el trabajito, no precisamente a terminar el trabajito. Y ahora ¿A dónde voy yo después? Las Bahamas no son tan baratas. Miró a través de la ventana del hotel -si es que podía llamarse así a esta covacha donde se alojaba- y vio pasar a un monje calvo con gafas de culo de vaso y dientes de roedor. Hombre, ese sí que ha venido -pensó, dibujando de nuevo su estúpida sonrisa. Este es un buen augurio -pensé.

En la recepción le habían dejado una nota. Se mosqueó. Quién coño sabía que estaba allí. Alguien sabía sus intenciones y ahora tendría que cambiar de nuevo sus planes. ¿No habrás sido tú, eh, imbécil? Abrió el sobre. Contuvo la respiración. Un telegrama de su jefe. Menos mal. Respiró. En él le indicaba el contacto que le llevaría a la casa de Alfredo en el Tíbet. Llevará una bufanda blanca y zapatos granates acharolados. Cuando acabes de leer este telegrama estará esperándote en la recepción. Él te conducirá hasta la casa. Qué jodío, el tío. Lo tiene todo controlado. Efectivamente allí estaba un tipo flaco y estirado que, con unos gestos afectados, le indicaba la salida. Y efectivamente, llevaba bufanda blanca y zapatos granates acharolados. El resto era bastante oscuro en él.
Abrió el coche negro que esperaba en la puerta y le hizo sentarse en la parte de atrás. Sin mediar palabra alguna el oriental arrancó el coche y se dirigió a la salida más estrecha de la plaza. El camino era largo y atravesamos varios tramos de bosque y prados pedregosos. La verdad es que el paisaje era reconfortante, tal y como yo lo había imaginado. El cielo era de un azul imposible y el aire era tan limpio que dolía respirarlo. No había estorbos. No había edificios. No había basura. No había imbéciles. Nada que ver con Madrid. Sólo esas montañas blancas de fondo.

Abrió la ventanilla hasta que el frío penetró en sus pulmones. Le dolía el pecho de tanto camel y tanta mierda de Madrid pero aguantó las gélidas bocanadas de aire. El tipo estirado le miraba de reojo por el retrovisor. Esto le incomodó un poco pero trató de olvidarlo. Parecía sonreír con esa enigmática sonrisa de los orientales tan distinta a la de los occidentales. Qué hubiera pensado la Gioconda. Nunca sabes que piensan estos tíos. Es una sonrisa servil y a la vez asesina y traicionera. Después de todo, tampoco va a ser un chollo vivir en el Tíbet -pensé. No soportaría esa sonrisa todo el rato. En todas las caras. Centuplicándose a cada paso. Mientras divagaba vi pasar una especie de caravana de búfalos o algo por el estilo –he de confesar que yo no distingo una vaca de un burro. Esos campesinos de duras arrugas no parecen sonreír así -pensé. Y me tranquilicé de mis inquietantes zozobras anteriores. Por poco tiempo. Enseguida comenzaron otras.
De nuevo nos internamos en un bosque y esta vez el camino se hizo más incómodo. El coche se atascaba de vez en cuando. Me temía lo peor. Me veía empujando. Menudo fastidio. El oriental, en cambio, no parecía preocuparse. Seguía impasible con esa sonrisa servil y traicionera a la vez, aunque el coche patinara como un conejo en una pista de hielo. Así que me relajé. Justo en ese momento el coche paró. No. Mierda. Me lo temía. Cogí los guantes, dispuesto a empujar. El oriental bajó y para mi sorpresa y alivio me indicó con gestos que habíamos llegado. Señaló con el brazo hacia un claro del bosque y también que debía seguir a pie. Una casa se adivinaba a medio kilómetro de allí. El tipo se metió en el coche y dando media vuelta se alejó de nuevo por el mismo camino que había venido. Mi auténtica sonrisa de estúpido se congeló en mi cara.
tienda
Llegué a la casa. No era la entrada principal sino una trasera. Era una especie de cabaña de pastores. Una casa de piedra y madera. No una tienda de pastores nómadas de piel de búfalo, como las que había visto en el camino. Aproveché para fisgonear un poco antes de decidirme a entrar. Algo me estaba mosqueando. Me sentía observado, quizás desde el bosque o desde dentro de la casa misma. Busqué en las dos ventanas que estaban a mi vista. No parecía haber nadie en ellas. Busqué en mi bolsillo para asegurarme de que mi pipa seguía allí. Fiel a su cita. Bueno, ya no queda otra cosa que entrar. Así que lo hice. Llamé a la puerta educadamente. Como un occidental. La puerta estaba abierta y cedió a mis coscorrones. Nadie parecía darse por enterado. No contestaba nadie. ¿Hola? -dije. ¿Hola? ¿Hay alguien? Fui pasando lentamente por el oscuro lugar hacia otra puerta. Era la que más luz parecía ofrecer. Igualmente sin ningún resultado. ¿Alfredo? ¿Hay alguien? Recorrí toda la casa, no era grande, apenas unas cuantas estancias. Nadie por aquí. Nadie por allí. Nadie. ¿Qué coño de broma es esta? -pensé. Así que salgo de nuevo, esta vez a la puerta principal. Justo delante de la puerta tropiezo con un cadáver. ¡Joder!
El cadáver está boca abajo. Una nota en su espalda escrita en mayúsculas y en perfecto español dice: Por favor, no hables de mí. Y firma Nicolette. Mi frase favorita. Mi jodida frase favorita. Qué coño es todo esto. Qué clase de broma macabra me están gastando. Levanto un poco el cadáver para ver su cara. Ni idea. No conozco a este tío. Bonita situación. A ver qué hago yo ahora. Lejos de toda civilización. Sin ningún medio de transporte. Sin teléfono. Sin saber dónde estoy. Sin nada de nada. Con un cadáver que no se quién es, ni quién coño lo ha matado, ni porqué. Definitivamente algo funciona al revés.
Lo más gracioso de todo es que al tranquilizarme y volver a examinar la escena del crimen -como dicen- me percato de un maletín bajo sus piernas. Y ¿A que no adivinas, imbécil, que contiene el maletín? Un jodido millón de euros en billetes pequeños. ¿El jodido millón de euros que mi jefe me había prometido por el trabajito? -pienso. No puede ser. Yo tenía que ver a Alfredo para acabar el trabajito con él. Se supone que no había nadie muerto todavía. Que no iba a tener el millón hasta que no hubiera llegado a mi jefe la prueba del finamiento del canalla. En ese jodido momento me entran unas ganas enormes de cagar. Lo que faltaba. Vuelvo al bosque -no voy a hacerlo en la casa- y mientras -pienso- podré vigilar al cadáver desde lejos -aunque no creo que vaya a coger el maletín y a salir corriendo. Cuál no será mi sorpresa cuando en plena faena depositiva veo volver al oriental en el coche negro hasta la mismísima puerta de la casa -el muy capullo- y tranquilamente comienza a recoger el cadáver, el maletín y no se qué otra cosa más -vaya despiste el mío- como si se tratase de un atrezzo de teatro. Sin inmutarse lo más mínimo, el tío. Tengo que alcanzarle -pienso. No tengo papel para limpiarme y, con las prisas, utilizo la nota de la tal Nicolette -vaya día que llevo, joder. Arranca el buga y se va con el fiambre y el maletín y … lo que sea. Así de fresco. Sin más explicación. Ahora sí que no entiendo nada. Así que voy a sacar mi pipa para hacer un disparo y avisarle para que no me deje aquí colgado, cuando me doy cuenta de que me he dejado la pistola al lado del cadáver. Mierda, mierda y mil veces mierda. Esa era la otra cosa que ha cogido del suelo el muy ladino. No tienes remedio, Sonso -me digo a mí mismo sintiéndome el más estúpido de los hombres.
Es inútil contar cómo y cuánto tiempo me llevó salir de allí, gracias a los pastores nómadas del Himalaya. El caso es que consigo volver al hotel-covacha pero de inmejorables vistas. En la recepción me avisan de que la policía está esperando en mi habitación. La cagaste -pienso. La cagaste burlancaster. Pero no. Si realmente tuvieran algo contra mí, no estarían avisándome ahora de ello -pienso. Así que decido subir a mi magnífica suite con vistas al Everest. No tengo nada que esconder, ni que temer. Yo no he hecho nada ilegal. Todavía. Lo mejor es comportarse con sangre fría y averiguar qué quieren, qué saben o qué quieren saber. No voy a salir corriendo y acusarme de esta forma de algo que no he hecho. Mientras voy mascando estos razonamientos, oigo una acalorada discusión en el fondo del pasillo, justo en donde se encuentra mi habitación. Mosqueo… ¿Será en mi habitación? Para asegurarme me escondo tras un saliente del pasillo y espero oculto en la oscuridad. La discusión sube de tono y puedo distinguir con relativa claridad dos timbres diferentes de hombre y uno de mujer. Todos hablando -mejor dicho gritando- en oriental. Ni pajolera idea de qué, pero, ahora sí, estoy seguro que es en mi habitación. Vaya, alguien está organizando una fiestecita tibetana, con chica y todo, en mi suite. Sin contar conmigo y ni siquiera me invitan -pienso. O tal vez sí. ¿No me estaban esperando? ¿Seré el invitado o el anfitrión? De pronto dos disparos me dejan más tieso que el rabo de un potro en celo. Se acabó la fiesta. ¿Son los cohetes finales? ¿O más bien la fiesta sólo acaba de empezar? Silencio. Nadie parece tener nada que celebrar. La discusión ha cesado. Durante un largo rato, que a mí me parece interminable, no se oye nada. Nadie parece darse por aludido. Ni siquiera el recepcionista o la seguridad del hotel. Nadie acude. Nadie escapa. Nadie grita. Ninguna sirena. Nada. ¿Estarán todos muertos, joder? De nuevo mi oportuna incontinencia, esta vez de carácter mingitorio. Aguanto como sea, pero yo no me muevo de aquí hasta que sepa a qué atenerme.

ALFONSO TIPODURO

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Salió a la calle, el suelo estaba mojado y se respiraba aire fresco. Poco habitual en esta mierda de ciudad ¿Eh, imbécil? Lo normal es tener el moco más espeso del país y, en un solo día que te las pongas, los cuellos de las camisas más sucios que el rabo de una vaca. Maldita contaminación de mierda. En fin. Necesito despejarme. Encendió otro cigarrillo. Aspiró profundamente. Qué poco nos queda, imbécil -pensó. El coche no había sido robado y dibujó de nuevo su estúpida sonrisa. Qué seguro se sentía de sí mismo. Un millón por un fiambre. Era para pensarlo detenidamente. Por un millón podría retirarse. Tendría que hacerlo por narices. Quién iba a continuar en Madrid después de eso. ¿Tendría bastante para irse a Las Bahamas, por ejemplo? A lo mejor no. Y a un monasterio del Tíbet, ¿Qué tal? Su imaginación empezó a volar. Sí, con ese cantautor, joder, sí, ese que me gusta tanto… Joder, el güisqui hace estragos en la memoria, imbécil. Tenía que dormir. Sería mejor consultarlo con la almohada. Era una decisión muy importante. No podía hacerse a la ligera. Tendría que sopesarlo bien. Y de nuevo volvía a llover. Definitivamente en casa había mejor música y apretó el acelerador. De pronto le vino a la mente, el puto Leonard Cohen, ese era el cantautor que no recordaba hace un momento. Y se vio viviendo en el Tíbet con Leonard Cohen y un monje calvo con gafas de culo de botella y dientes de roedor. De nuevo esa estúpida sonrisa afloró en su comisura.
A estas alturas debería haberme presentado. Ojos y sienes algo hundidos, frente prominente, orejas pequeñas, mentón partido, labios finos -últimamente también partidos- y pómulos salientes. Cualquiera diría que soy un frankestein pero en realidad suelen decir que le doy un aire a Ralph Fiennes. Yo no creo que sea tan atractivo, aunque opiniones hay para todas. Desde luego mis ojos no son azules sino verdes. Creo.
Decir que llevo una vida ordinaria es un halago para esta anodina y rutinaria inactividad que la caracteriza. Lo más exótico que me sucede es echar a los miembros borrachos del club a la puta calle cuando mi jefe me lo ordena. Me da cierta sensación de poder sobre esos ricachones. Maldita sea. Y ocurre tan pocas veces que finalmente mi jefe ha decidido llamarme por teléfono sólo cuando hay algún problema en el club. La gente que lo frecuenta es muy civilizada. Al menos en apariencia. Creo que lo decidió así, para que no fuera yo el primer borracho que acababa todas las noches vomitando en el servicio de su trastienda. Ya ves. Había tan poco trabajo para mí que todas las noches trasegaba varios güisquis y poco más. Mi jefe debió pensárselo mejor y amablemente rehizo mis obligaciones. La música que ponen es buena, aunque siempre sea la misma. Yo no soy un portero. Se supone que me paga para mantener la seguridad del club y de mi propio jefe. Sin embargo, los que entran al club, son miembros selectos y adinerados. Escogidos personalmente por mi jefe. No parece equivocarse mucho y eso me deja a mí sin acción. La verdad es que, para mi descargo, borrachos, lo que se dice borrachos, no he echado jamás a ninguno. Esa es la excusa que utiliza mi jefe para quitarse de en medio a los miembros del club que no aprecian sus trapicheos financieros. Les expulsa y punto. Y yo me encargo de quitarles las ganas de volver, calentándoles un poco las costillas. Tengo un trabajito para ti, dice, y yo me acerco por el club. Él me indica desde la ventanilla de su trastienda quién es el afortunado y yo procedo a darle el premio gordo de la noche. Eso es todo. Entonces tengo derecho a güisqui gratis y a cobrar mi jodido sueldo de matón -que no está nada mal. Así pueden pasar meses hasta que me encarga un nuevo trabajito. En ese paréntesis he de vivir sin otra ocupación que mis maquinaciones mentales y mi propio güisqui y mi propia música en mi propia covacha y con mi propia soledad de matón de tres al cuarto.
Antes de ser este tipo desagradable al que todos temen he sido cosas peores -peor sobre todo por la falta de la pasta gansa que mi actual ocupación me proporciona. Por ejemplo, investigador privado -como dicen los finolis- o sabueso -como todos nos llamamos en la profesión… antes de esto… madero, y aún antes guarda de seguridad, tramoyista, mozo de almacén, barrendero, pocero, guarda de puercos y, excepcionalmente, el único oficio en el que no tenía que limpiar la mierda de la gente, pinchadiscos, gracias al cual me viene mi afición por la música.
Mi flamante y ascendente curriculum se está completando, ahora que me sobra mucho tiempo, con estudios de derecho -otra demostración de mi tendencia a acabar ejerciendo profesiones con inclinación a la coprofilia, aunque esta vez se supone que más refinadamente malolientes. Muy limpias, si señor.
Sin embargo, soy un tío obscenamente feliz.

He decidido ser escritor. La divina trinidad formada por el lector, el personaje y el autor en una sola persona me atrae como un agujero negro.

Era, como todos la llamaban, la dame de voyage. Una auténtica muñeca.

Eso decía él. Yo lo vi de otra forma. Qué juzgue el lector.

PFNHDM 1.LA LLAMADA DE MISTER DOLAR

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El teléfono suena con insistencia, cómo si alguien al otro lado tuviera una prisa desmesurada. Estaba dormitando. Me ha costado salir del sueño. Pero finalmente he descolgado el auricular.
–¿Hola? ¿Alfonso?
–Sí, diga.
–Soy yo, Gonzalo.
–Ah, hola, jefe.
–Tengo un trabajito para ti. ¿Puedes venir al local esta misma tarde?
–Sí claro, jefe.
–Vale. Aquí te espero.
–Vale.
Acabo de recibir una llamada de mi jefe. Tendré que ponerme en marcha cuanto antes. No le gusta esperar. Es de esas personas que están acostumbradas a que todo el mundo le obedezca inmediatamente y sin rechistar. Para eso te pago -dice. Y no hay más que hablar. Resuelve todos los problemas de la misma forma. Firma un cheque y chasquea sus dedos. Mueve tus ancas -dice, como si fuéramos ranas. Y problema resuelto. No le falta razón. Normalmente la gente nos rendimos a Mister Dolar sin la más mínima resistencia. Cogemos el cheque y acallamos nuestra conciencia para otro momento, si es que la tenemos. Yo no, desde luego. Mis ancas se mueven. Vaya sí se mueven.
El club estaba vacío a esas horas pero la música sonaba como si el humo pudiera cortarse. Sonaba Please, don’t talk about me de Amstrong. Entré. Recordé que había dejado el coche abierto pero no quise volver a cerrarlo. De alguna forma sabía que nadie iba a llevárselo. Pregunté por el jefe al nuevo camarero -un tipo feo que no había dejado de observarme desde que entré en el local.
club
–No está.
–¿No está…?
–No, no está.
–¿Pero vendrá?
–Sí, claro vendrá.
–¿Cuándo?
–Eso nunca se sabe. Es muy libre de venir a cualquier hora.
–Me llamó para un trabajito.
–¿Y no le dijo cuando vendría?
–No, no lo dijo, creía que estaba aquí ahora.
–Pues tendrá que esperarle.
–Está bien. Póngame un güisqui.
–Claro, como no.
Ahora sonaba Charles Lloyd. El bajo se metía en el estómago cosquilleando el alcohol de mi tripa. Algo agradable pasó por mi cabeza a pesar de la depresiva tarde. Recordé un buen polvo echado con esta misma música. Qué lejano. Sin embargo, volví a excitarme como aquella vez. El camarero no comprendía aquella sonrisa estúpida que se me dibujaba. ¿Acaso no estaba contrariado? ¿Cómo podía reírme así? ¿De qué?
El Jack Daniels comenzó a darme ardor. No había momentos perfectos. Ya lo sabía desde hacía mucho, pero me fastidiaba perder tan rápidamente esos atisbos de gozo sensual. Sentí la necesidad de encender un cigarrillo, como si efectivamente acabara de echar un polvo. El Camel me calmaba el desasosiego. Me sentía como aquellos días en que discutía toda la noche con mi amiga Fiora sobre esas tonterías que tanto me hacían reír.
–No soporto a Nino Bravo.
–Yo tampoco.
–Y ¿Por qué lo pone?
–Yo no lo pongo, es una grabación con todo eso grabado, sin que se pueda cambiar. Es siempre la misma música. Una mezcla de jazz y música latina.
–El jazz está bien pero considerar a Nino Bravo como música latina me parece excesivo.
–Eso pienso.
– …
–Bueno, por fin se acabó.
–También lo malo dura poco.
–A veces.
–La gran Aretha.
–Eso está mejor.
–Oye, ¿Por qué los camareros siempre estáis secando vasos cuando no hay nadie en el local?
–Es una costumbre. Una de esas cosas que no tiene explicación.
–Ya.
–De esas tengo varias. Por ejemplo, colocar los posavasos completamente alineados…
El camarero siguió hablando pero ya no le escuchaba seducido por la sensual y profunda voz de Aretha Franklin. Se sentía de nuevo transportado. El camel le había sabido a poco y encendió otro.
El güisqui empezaba a hacer efecto. Radio Futura. Cuánto tiempo sin escuchar esa canción. Ahora el camel sabía a maría. Eh, tú. Sí tú. Ese escritor que se sienta en su portátil y venga a darle a la tecla. Como si los personajes que salen de su… -iba a decir pluma- pero no. ¿De sus dedos? ¿De su teclado? ¿De su pantalla? Sí, eso de su pantalla. Salen y se ponen a hablarle directamente a la cara, sin necesidad de escribirlo en la pantalla. Porque los personajes se escriben a sí mismos. No necesitan de un imbécil que transcriba lo que dicen, lo que hacen, lo que sienten, lo que perciben, lo mucho o poco que sufren o gozan. Por favor, no hables de mí. Va. Ese imbécil que también está bebiendo un Jack Daniels y que en el fondo desearía ser ese personaje que se ha fabricado a base de malditismo de pacotilla. Es patético ver como se devanan los sesos con la primera hoja en blanco. Hasta que el propio personaje empieza a vivir por sí mismo, a poco que le hallan dibujado la cara, la boca, el cerebro. Sale de la cuartilla -perdón, de la pantalla- y empieza a hacer su vida. A pesar del escritor y sobre todo por encima y más allá del escritor, que no es más que un mero mecanógrafo del personaje. Una secretaria al dictado del verdadero artífice, del verdadero maestro de la pluma -perdón, de la pantalla. El personaje, el héroe o el antihéroe. El personaje que se escribe a sí mismo en su anti-biografía imaginaria. El autor que sueña con ser su anti-personaje. El personaje que sueña con ser su anti-autor. Dos personas y una sola personalidad. Uno y dúo. Jugando a ser dioses. Y luego está el lector que completa la Santísima Trinidad literaria. Uno y trino.
–Eh, el jefe ya está ahí. En la trastienda. Ha llegado por la puerta de atrás. Te está esperando.
–Gracias, Charli.
–Yo no me llamo Charli.
–Es mi costumbre inexplicable, yo llamo así a todos los camareros.
Apuró el güisqui y masticó el hielo que le quedaba al vaso, era otra de sus costumbres inexplicables. Hubiera cogido el sombrero pero no lo llevaba. Eso sólo ocurría en las novelas de gánsters de los años treinta y estábamos en el siglo XXI. Algunos imbéciles llevaban sombrero, como para distinguirse del resto de los mortales. Resultaba ridículo. En la ciudad no hacía frío para llevar la cabeza cubierta. Quizás con ello intentaban atrapar a esos personajes. Para que no escaparan de sus cabezas. Se ponían sombrero. Y luego, una vez le daban un nombre al personaje, le dejaban vagar por las calles, ya identificado, con carnet de identidad y pasaporte. No siempre para la fama. Por cierto, ¿Cómo me llamo, imbécil? ¿Lo adivinas? Pero, por favor, no hablemos de mí.
–Alfonso, necesito que me hagas un trabajito.
–Usted dirá, jefe.
–Ya sabes que no me gusta que me llamen jefe.
–Está bien, jefe, digo, Gonzalo.
–Hay un canalla que está haciendo la vida imposible a mi familia. Quiero que lo liquides.
–No te andas con rodeos.
–No.
–¿Y cómo se llama?
–Eso no importa.
–Pero tendré que saber quién es para hacerlo líquido.
–Viene por aquí, por el bar.
–Ya, por aquí vienen doscientas personas cada noche. ¿No querrás que los liquide a todos? ¿Te vas a deshacer de la clientela de esa forma?
–No estoy para bromas, joder.
–Bueno, bueno… Vas a decirme de una vez quién es. Y yo le doy el premio, como siempre.
–No, no como siempre. Ya te he dicho que hay que liquidarlo, liquidarlo, sabes, liquidarlo.
–Vaya. Eso… Yo no… Quién es…
–Todo a su debido tiempo. Quiero que me jures que lo harás.
–Hombre… jefe, digo, Gonzalo, nunca he hecho un trabajito de esos. Yo nunca he pasado del mamporrazo y el susto de muerte pero sin muerto.
–Tienes que jurármelo.
–Joder, jefe… Yo le doy una paliza que no se acuerda ni de su madre, pero lo de darle pasaporte para el otro mundo…
–Te daré lo que quieras, el dinero no es problema, ¿Qué quieres? ¿Un millón?
–¿Un millón de qué…?
–Euros, joder, euros.
–¡Euros! Madre mía, ¿Va en serio?
–Pero no ves como estoy de desesperado. Si mi mujer se entera de mis negocios, gracias a ese capullo…
–¿Ah, pero tu mujer no..?
–No, no lo sabe.
–No, si digo que si no es la acosada.
–¿Mi mujer acosada?
–Vamos a ver, jefe, has dicho que un canalla le estaba haciendo la vida imposible a tu familia ¿No?
–Sí, pero no a mi mujer, imbécil, a mis hijos.
–Eso de imbécil ¿Por quién iba? ¿Por mí o por ese?
–Ese canalla es el que está amenazando a mis hijos, los persigue, los asusta. Si mi mujer se entera me quitarán la custodia.
–Siempre amenazan con lo mismo.
–¿Esos canallas?
–No, esas zorras.
–Cuidadito con lo que dices, Alfonso.
–Perdón, jefe, si lo decía por la mía. Dama, dama, de alta cuna, de baja cama…
–Y ahora a qué viene esa cancioncita de Cecilia, se puede saber.
–No nada, jefe, estaba recordando.
–Bueno, basta ya. Si lo vas a hacer, dímelo. Ya sabes lo que hay de recompensa. Si no lo haces tú, lo hará cualquier otro.
–Por ese dinero, seguro… pero tengo que pensármelo un poco ¿Vale, jefe?
–Hazlo pronto. No puedo esperar más. ¿Entendido?
–Joder, jefe.

THE AVISO

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Siempre he odiado los pelotas. Como últimamente abundan mucho en el trabajo, ayer me hice con una escopeta de cazar elefantes y me la traje al curro, convenientemente provista de munición. El segurata se reía cuando le conté lo que venía dispuesto a hacer y, claro, me dejó pasar el tío.
Puse un aviso bien visible en mi mesa: “He venido a cazar pelotas. Tengo una escopeta de cazar elefantes y estoy dispuesto a usarla”.
Me puse la gorra, me parepeté tras el ordenata, oculto entre la maleza de camuflaje –incluida gratuitamente en el pack junto con la escopeta– y me dispongo a pasar una bucólica mañana de safari.
¡Leches!, con los nervios se me olvidó ir al lavabo. Así que me la saco allí mismo, tras el árbol de plástico del camuflaje, y me despacho a gusto. Me la sacudo y continúo al acecho.
Es ridícula la jodida gorra –pienso– ¿no me habrán engañado los de la tienda? En cambio los pantalones me dan un aire tan marcial…
Estaba en estos pensamientos cuando el jefe me llama por el teléfono móvil.
Me va a estropear la caza -pienso y, a regañadientes, salgo del escondrijo. Me dirijo a su despacho. En el largo pasillo que circunda el edificio me encuentro a dos. Uno con patas de bandoneón y el otro con cuello de jirafa. Bang!, bang!
En la puerta del despacho otros tres, una urraca (Garrulus glandarius) y dos cuervos. Bang!, bang!, bang!
¡Al fin y al cabo, no va a estar tan mal este safari, es mejor salir a los pasillos que quedarse quieto tras el arbusto plastificado!
Entro –bastante contento, todo hay que decirlo– en el despacho y el jefe no está. Así que me siento en su silla. No sé por qué extraña razón se ha comprado un camuflaje como el mío y ha puesto un cartel igualito que yo… ¡Leches!

RPC

relato

Hay personas que levantan pasiones, países, guerras, revoluciones, catástrofes, inundaciones, huracanes, ruinas, desenlaces dramáticos, cataclismos, desastres, hecatombes, destrucciones, desgracias, accidentes, trastornos, quiebras, males, abatimientos, aniquilaciones, demoliciones, descalandrajos, descomposiciones, desintegraciones, desmembramientos, desmoronamientos, desolaciones, daños, destrozos, devastaciones, zafarranchos, estragos, estropicios, exterminios, deshechos, discordias, desavenencias, desvalijamientos, terribles consecuencias por la simple fruslería de un destripacuentos que diabólicamente, infernalmente, satánicamente, malignamente no reconoce sus deyecciones.

Esa mañana Ester había desayunado un enorme tazón de cereales. Se sentía con mucha energía para emprender un nuevo día de trabajo en Radio Patraña Continental, la magnífica emisora de noticias.

Mientras se trasladaba en el taxi hacia la calle en que se hallaban los estudios de RPC pudo percatarse de unos insólitos personajes que discutían en las calles de la ciudad. En todas ellas había varios grupos de personas formando un círculo que parecían mantener una discusión un tanto acalorada para ser tan temprano. Como tenía un poco de sueño, no le concedió importancia y simplemente pensó en otra cosa. Había que tener muchas ganas para mantener esas absurdas polémicas matutinas. Cuando dejó el coche el taxista le gruño malhumorado y estuvo a punto de lanzarle un improperio pero se contuvo. Al llegar a la emisora Ester encontró también al jefe de programas discutiendo con el técnico de sonido y, de nuevo, no le concedió gran importancia, aunque ya le empezaba a cansar la enervación que se respiraba en todos sitios a esas horas de la mañana.

Ester se acercó al teletipo, que estaba escupiendo las noticias frescas. Había un atentado en el extranjero; unas elecciones con muchos disturbios en África; la subida del petróleo; la ruptura de los acuerdos de los países de Oriente Próximo; un acalorado debate en el Congreso de los diputados…; y una extravagante noticia que no comprendió pero que le llamó enormemente la atención. Como tenía mucha prisa, pues ya sólo faltaban veinte minutos para empezar el programa y aún no había preparado el comentario, dejó la noticia aparte para volver sobre ella luego. Hizo un resumen y decidió cual de ellas sería la noticia comentada del día.

En pocos minutos estaban emitiendo el programa de Ester, el más famoso de todo el continente. Después de comentar la noticia del día, Ester daba paso a sus infinitos oyentes. Estos llamaban por teléfono para hacer sus propios comentarios sobre la noticia.

Al principio pensaron que se trataba de problemas técnicos, pues no llegaba ninguna llamada. Era realmente raro que no telefonease nadie. Cualquier otro día el cúmulo de llamadas era tal que los técnicos de la emisora se volvían locos para seleccionarlas. Pero curiosamente hoy no entraba ninguna. Ester un poco abochornada se disculpó ante su supuesto auditorio por estos aparentes problemas técnicos e incluso pidió un poco de paciencia a los que intentaban llamar. Toda fue inútil. Los técnicos no encontraban ninguna avería y empezaron a discutir acaloradamente entre ellos. En toda esta discusión alguien entró de la calle gritando. Nadie le escuchó. Ester, un poco enfadada, quiso poner orden y, empezando por el que acababa de entrar, se puso a repartir improperios.

—salid a la calle – dijo de nuevo con rabia el que acababa de entrar. Nadie le hizo caso. Tan solo Ester, que era muy curiosa, se asomó a la ventana. El espectáculo que contempló le dejó estupefacta. A pesar del estupendo cielo azul y el sol radiante, desde la calle del ferrocarril hasta la del parque y también en todas las calles aledañas, que habitualmente estaban transitadas por una pequeña cantidad de personas, se habían convertido en una auténtica y sorprendente romería de gentes que se gritaban y lanzaban trastos unos a otros. Ester no daba crédito a sus ojos. Todo el mundo parecía estar loco y no comprendía nada de lo que estaba ocurriendo. Incluso sus compañeros habían salido ya a la calle y continuaban allí la discusión que habían comenzado en el estudio. Ester pensó que estaba teniendo una pesadilla y para cerciorarse se pellizcó en los mofletes. Estaba despierta y bien despierta.

Bajó, ella también, a la calle con su grabadora, como habitualmente hacía cuando iba a la caza de noticias. Un predicador estaba subido en un púlpito improvisado con unas grandes cajas de transporte y arengaba a las multitudes. Recordó la noticia que había leído en el teletipo. Hablaba de una secta, del fin del mundo y no recordaba que otros presagios de mal agüero, pero no le otorgó importancia en vista de los tumultos que se arremolinaban a su alrededor.

—De los muchos disturbios que se produjeron, ninguno fue tan sonado como el que recorría las calles de Madenera a la hora del almuerzo. “Ardieron troyas”, como decía ufana Ester de Clementín y Zárate de Sopichanche, conocidísima diva de la radio y la primera que descubrió el asunto en la mañana del 18 de julio de 1963.
Mientras se fumaba aquel gran Coíbas fálico que caracterizaba a Ester de Clementín y Zárate de Sopichanche, contempló como el predicador se esforzaba vanamente hasta llegar a la extenuación, pues más bien parecía provocar las alergias de los concurrentes que sus adhesiones y amenes. Ya desde que entró en la secta se caracterizaba por su fulgor fatuo al predicar. Y es que, como decía mi difunta abuela, “una cosa es predicar y otra dar trigo”.

Ester, por esa curiosidad innata que la caracterizaba, empezó a escuchar a aquel energúmeno propagandista.
— y una nube dejará su rastro de discordia y desolación entre los que no escuchan a “los enviados encima de las cajas”, pues el Señor es justo y compasivo con los que le escuchan – vociferaba el predicante.

Emilio Sobeque. Cuentos escogidos. Madrid, 1987.