El rastrillo de los destinos cruzados

En el Rastrillo de los destinos cruzados ocurren los más inverosímiles intercambios. Desde una esteatopigia que transfiere la grasa inmunda de sus nalgas a una niña pija, que desde entonces es apodada «La Esteatopija» a través de un ojo que todo lo ve; hasta el soldado de la guerra civil que tras enviar un sobre con balas al vicepresidente empieza a desarrollar un extraño cáncer de vejiga que le llevará dolorosamente a la muerte; pasando por la eficiente forma con que una máquina de escribir como si fuera una diligente secretaria, corrige las cantidades anotadas en un banco, perteneciente al plutócrata de turno, haciendo que los endeudados se liberen de sus agobiados bolsillos; y terminando por la coulotte de una gitana que acaba recibiendo Monsieur Le President en el palacio del Eliseo, y cuyo sortilegio aún no parece haber obrado con claridad.

No se han podido documentar todos los destinos que se han cruzado en este rastrillo pero cada objeto es potencialmente una peligrosa o milagrosa oportunidad de justicia poética. Por medios indescriptibles, se realizan en este rastrillo de los destinos cruzados, innumerables transacciones poético-justicieras, que en poco tiempo pueden aliviar las tremendas injusticias de este imperdonable mundo.

¿Qué fascinante destino aguarda al casco de buzo, a la balanza rota, a la caja de herramientas incompleta, a las máscaras de gas de la segunda guerra mundial, a la cámara fotográfica de fuelle, a las piedras pulidas, a los recipientes de mil formas, a los metales herrumbrosos con miles de funciones?

El Castillo

Variación poética sobre el Labrador de Oro.

En el recodo del río,
sobre el cerro tizón:
El Castillo,
otrora sede de nobles,
de siervos y de poetas,
hoy corral de gallinas,
de gallos y de macetas.
El Guadalén que lo riega,
lo abraza y lo encandila.
En lo alto del Castillo,
se ve la Haza del Moro,
pero en ella ya no ara,
ni siembre, ni recolecta,
nuestro labrador de oro.

Gran Vargas. El regreso.

Por fin el Gran Vargas, desafiando a los electrónicos impulsos que le separaban de nosotras, consigue burlar los «Términos de Servicio» y aterrizar en nuestro humilde tablón comunitario de pegatinas —verborréicas aunque exiguas— para dejar sus inmarcesibles poemas y haikus, imperecederas bagatelas e inmortales divertimentos y retruécanos… justo en el momento en que el cansancio más mella hace en nuestras seudónimas fuerzas y seudopoéticas labias. La conjura ha merecido la pena. Bienvenido de nuevo, Gran Vargas.