PANDEMONIA

relato

Recuerdo aquel voluptuoso verano del año que pasé viviendo con mi abuelo, en el que se disiparon todos mis problemas. Venus me era favorable y mis uñas abiertas arañaban el día desde el amanecer hasta la tarde. Mis sueños eran azules y yo besaba hasta el centro de las sombras. El calor del sol, el silencio de la ciudad, el color de las sábanas… crepitaban en mi salvaje cabeza, en mis hasta entonces, desiertos pezones, ahora en llamas. La desnudez de las fiestas, las miradas que lo decían todo, mis montes de mujer arrasados por sus manos y sus ojos… han sido sacralizados por mi imaginación y mi memoria para siempre. Yo era aquel verano la Venus de las sombras.

Los ombligos plebeyos

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Recorro los ombligos plebeyos hasta que llegue el frío enero del deseo y en la gloria de tus senos enredo mis cabellos de diosa alicaída. Yo soy la madre que su pezón desnuda como palmera joven del desierto, la senoidal campana que en silencio, mientras contempla la fábrica de semen de la gente mundana, adora el fálico árbol-rey de la entrepierna.

PFNHDM 3.UNA DECISIÓN DIFÍCIL

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Se despertó sobresaltado. La música seguía sonando en el iPod. Y era de nuevo Aretha Franklin con su Think quién le devolvía a la realidad. ¿Dónde había dejado la tableta de chocolate? Le dolía la cabeza. Le había metido garrafón, el jodido camarero, ese jodido novato le había metido garrafón y él sin enterarse. Para que luego presumas de distinguir el Jack Daniels a cien metros sólo por el olor. Un poco de Milka y se me pasa esta jaqueca -pensó.
Miró a la almohada y le hizo un gesto de desprecio. Últimamente no me ayudas en nada, jodida perra, tendré que decidirlo yo solito. Dio un mordisco al chocolate y un trago a su auténtico Jack Daniels. ¿Le gustará el güisqui a Leonard Cohen? Seguro que sí. Esa voz no se fabrica sin un poco -que digo un poco- con una buena cantidad de Jack Daniels. Y tú, imbécil, qué, sigues ahí, dándole a la tecla. Pero, por favor, como tengo que decirte que no hables de mí. Sobre todo ahora que tengo que decidirme.
Aquello era más difícil que chuparme los pezones.
Un fiambre. Un millón. La cárcel. Todo o Nada. Una apuesta fuerte. Huir para siempre. Adiós a los problemas o problemas para siempre. Un trago más. No puedo hacerlo yo solo. No. Tendría que hacerlo solo. Es poco un millón. Tendría que hacerlo solo. No todos los días te hacen una oferta así. No voy a compartirla. Debería pedirle más. No va a querer. ¿Escrúpulos? No. Yo no tengo. Pero ¿Y si me trincan? En chirona te hacen eso por detrás. Otro trago. Relajarse. Es mejor relajarse. Te destrozan el culo y a ver a quién reclamas. A ver a quién reclamas. Ciento sesenta y seis millones de pesetas. El doble son… casi trescientos treinta y … No querrá. Es mucho. Sería suficiente para mí. No. No va a querer. Cualquiera de esos lo haría por menos. Pero no puede darle publicidad. No puede ir por ahí diciendo si matas a este te doy un millón. No va a poner un anuncio. No conoce a muchos matones. Basta con uno. Claro. Basta con uno. Un trago. Y si le hago chantaje… No. Me liquida él a mí. Un trago. Ah, me duele la jodida cabeza.
Con dos millones se puede contratar un buen abogado. Que te limpie la mierda. Y sales del trullo ¿Y qué te queda? Nada ni un puto duro. Otra vez a empezar. Ni un puto duro. Joder. Esos si que saben cobrar por su limpieza. Y ni siquiera se manchan. Ni guantes, ni nada. Bueno sí. Con su lengua. Lo hacen con su lengua. Qué jodíos los tíos. Bla, bla, bla. Lamen por aquí, lamen por allá. Y si pagas lo suficiente, limpio. Como el culito de un bebe recién cambiado. Y ni se manchan. Qué tíos. Tú matas a un tío. Y ellos, bla, bla, bla, que no, que no, que este tío es más bueno que el pan, que le confiaría a mi madre, que no mataría a una mosca… Y se quedan tan tranquilos. Ni remordimientos les quedan. Tampoco tienen escrúpulos. Todo por la pasta. Lo juro. Como todos. Todo por la pasta. Te limpian limpiamente. La conciencia y los bolsillos. Qué tíos. Y tú estás limpio pero ya no puedes ir de copas. No. Ni un duro para copas. Estás limpio. Aunque acabes masturbándote por el ano. Estás listo.

LA OTRA GLORIA

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Yo era aquel niño que trillaba al amanecer de aquel día amarillo de agosto que ascendía en forma de pajas secas desde la parva a las orejas. Era el último verano antes de irme al seminario. Mi padre y mis tíos seguían aún trillando en la era de mi abuelo con métodos medievales: una parva; una trilla tirada por un burro; un burro conducido por un niño; un niño que salía del más rústico de los veranos para ir a un seminario postconciliar que acabaría dejando por un instinto más atávico y poderoso: se llamaba Gloria y su cuerpo tenía un aspecto bastante más carnal e increíble que la del cielo.

Ella me sacó por primera vez de mi infantil estupor, transportándome a una ciudad provinciana que aspiraba a la vanguardia de los cafetines y en el fondo más cateta que yo. Al menos así lo veía yo en aquel momento. Recuerdo con vívida timidez el día en que vino convertida de una adolescente en una sensual mujer, sólo para impresionarme. Fue en una clase de arte, la primera de la mañana. Las ironías de los chicos y las cómplices sonrisas de las otras chicas, expresando todos ellos como una pareja colectiva lo que ni Gloria ni yo pudimos expresar. Fue otro día de calor como aquel en que trillaba en una interminable y medieval parva y en la entrepierna notaba hervir algo nuevo y placentero, como un nacimiento al desierto. El sol irradiaba desde ese nuevo centro, ahora ya no como un problema de enuresis infantil sino como un calor que hacía palpitar el torso erizado con una intensidad de vértigo. Desnudo en un desierto por primera vez, abrasándome en la promesa de un cuerpo voluptuoso de mujer recién salida de la adolescencia.

Llegó vestida con una enorme capa y un peinado alisado y voluminoso, pintada de carmín y colorete; sombra de ojos y uñas salvajemente rojas. Al despojarse de la capa puso al descubierto su escultural cuerpo ya maduro y unas piernas para desmayarse. Mi imaginación completó el resto y empecé a verla vestirse: primero las bragas negras y caladas que ceñían su monte de venus y su rajita humedeciéndose de placer; luego un sujetador ajustadísimo que elevaba sus apuntados pezones; unas medias envainando sus piernas obscenamente. Seguramente unas ligas a las que me hubiera gustado reemplazar con mis manos…

Se sentó a mi lado y mi cuerpo temblaba erizándome el vello a oleadas frías y calientes. Todos sonreían sin atreverse a hacer ningún comentario hasta que el profesor de arte, que preparaba las filminas de la sesión, rompió el silencio y comentó: te has puesto varios años encima. Está guapísima, comentaron inmediatamente sus amigas que en todo momento protegían a Gloria con su complicidad. Miraban mis reacciones, delegadas quizás por ella para que luego le contasen mi azorada reacción. Entretanto ella intentaba hablar conmigo de algo. ¿Está libre este asiento?. Sí, sí, claro. Aunque yo sabía que Pepe querría sentarse donde siempre. Cómo vienes hoy, comenté en voz baja. No, normal… muchas veces me visto así…, dijo. Me hubiera gustado decirle que estaba guapísima, que me apetecía besarla y abrazarla, pero me lo impedía mi terrible timidez y me conformé con imaginarlo. Un leve e imperceptible suspiro se escapó de ambos. Otra vez será, pensé que decía, pero de nuevo debió ser mi imaginación.

¿Esa es Gloria?, comentó la enorme foca que acababa de llegar, como siempre tarde. Joder, chica, cómo te has puesto, ¿Vas de fiesta a estas horas? Se sentó al final haciendo comentarios en voz baja. Luego con un tono claramente audible dijo: ¡Ah, claro, el Carlos… ¡jolines! Me volví hacia ella y con una mirada asesina le hice callar. La hipopótama bajó la cabeza.

He olvidado por completo cual era el tema de la clase de arte, si es que alguna vez lo supe, que por fin dio comienzo. Yo continué, erizado el vello, transportado a los más cálidos y hermosos días de mi niñez. Días radiantes y azules, transparentes como el agua de los sueños en que sientes que tu cuerpo flota sumergido, se eleva, vuela caprichosamente, con la levedad de lo imperceptible y recordando -o quizás imaginando- su carnal y glorioso culo de piel melocotón retozando en mis manos sobre las sábanas. En la otra Gloria.