Era la hora del cuerpo ardiente Tomamos ron…

Era la hora del cuerpo ardiente. Tomamos ron, mucho ron. El sudor intenso desciende por nuestro cuerpo mientras andamos por el malecón. Ya estamos cerca. Las palmeras nos saludan. Una recuerda aquellos domingos de ramos no tan calurosos. Babalú Ayé está cerca. Lo presentimos. Lo sentimos. Lo vemos al fin con sus langostas rojas colgadas al cuello, mientras sonrie a los turistas. Un fotógrafo con cámara oscura nos inmortaliza. Adiós Hemingway.

Los ombligos plebeyos

Recorro los ombligos plebeyos hasta que llegue el frío enero del deseo y en la gloria de tus senos enredo mis cabellos de diosa alicaída. Yo soy la madre que su pezón desnuda como palmera joven del desierto, la senoidal campana que en silencio, mientras contempla la fábrica de semen de la gente mundana, adora el fálico árbol-rey de la entrepierna.

Ouahe

Me reclaman en los desiertos humeantes, siento el clamor de las caravanas y de los raudos traficantes de camellos, me esperan en el oasis los dóciles dromedarios de Alá, el cascabeleo hipnótico de las serpientes y la danza del vientre de las cobras, los yunques de sol del mediodía de Arabia y el fuerte sabor testicular del cordero, las altas palmeras de la media luna y los salobres y profundos pozos de la noche en Ouahe…