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relato

Quería evitar herirle en los ojos e instintivamente me dirigí a la TommeO.Tal como le había dicho a NoNakis, prosiguió mi amiga, TraD pensaba proseguir los trabajos que le habían mantenido hasta ese momento.Durante esos diez años no sólo se desarrolló la nueva construcción del templo…—¿Verdad que KaeM era muy chistoso?, comentó emocionada MaoTe.—De un tiempo a esta parte, por todo el QaicmU han aparecido toda clase de GummivuT. Es realmente desagradable.Por la negra ventana se veía a Sigou abrazada a un JupcsI.Aquellas riberas eran de un amarillo quemado. Subimos hasta las colinas y nos quedamos contemplando el espectáculo de TumiT que el cielo nos regalaba en ese momento. Se respiraba olor a verdadera VoissE y extasiados por aquel inesperado goce de los sentidos mantuvimos un largo y contemplativo silencio.Me quiere como ella, libre de las cargas que la ataban a todos los convencionalismo al uso. Es así como comenzamos las construcción del MecisopVu.Reina guerrera casi inmortal, de belleza perenne y con la capacidad de hacerse entender en cualquier idioma aunque no lo domine.Por encima de toda apariencia, era necesario descubrir el camino de regreso, la puesta de sol se acercaba y nadie pensaba en otra cosa que no fuera volver, antes del trágico desenlace. Era imprescindible abrir nuevas puertas lógicas con la esperanza de dar, aunque sólo fuera por casualidad, con la salida.Un templo con suelo de baldosas rojas y negras y UnTrono entre la ColumnaJakin, columna azul que representa a una hembra joven desnuda y bella, y la ColumnaBohaz, columna roja que representa a una mujer vieja y zarrapastrosa que mira envidiosamente a la joven. Entre ambas hay UnaPuerta. HEH, el gran sacerdote, gordo y seboso, aparece sentado en su trono comiendo todo tipo de viandas de UnaCesta. El cetro termina en una triple cruz de metales y piedras preciosos, cuyos extremos redondeados dan lugar a ElSeptenario. Aparecen también dos fieles arrodillados, uno DeRojo, que levanta su mano con ira exigente como pidiendo favores, y otro DeNegro, que deja caer perezosamente su mano como pidiendo perdón. Música religiosa de órgano.Un faro dando vueltas con UnaPuerta de entrada de la que parte UnCamino, que es de piedras rectangulares a lo largo de la parte más alta de un acantilado en ElMar. Hay UnRío navegable con un pequeño embarcadero en el que hay un ViejoBote abandonado en el suelo y un carro para uncir un asno. Sonido de sirenas, marea y oleaje.Un desierto de piedras y arena, cerca hay Un Precipicio y Un Obelisco derribado. Hay Un Cocodrilo y un Lince Blanco que muerde a Tau Mat Urge, el loco del desierto. Silencio, estatismo, leve zumbido de una mosca. Zumbido progresivamente más intenso de algunas moscas hasta convertirse en un fuerte zumbido de muchas moscas.Un santuario con suelo de baldosas blancas y negras. Hay un trono entre dos cariátides, La Jakin, roja y La Bohaz, azul, unidas por el velo que cierra la entrada o La Salida del templo. Rezos, cantos, sombras y luces. BETH, la gran sacerdotisa con Una Corona, se apoya sentada sobre La Esfinge de las interrogaciones cósmicas, tiene Un Libro entreabierto en la mano derecha y unas llaves en la izquierda, Una Dorada y Otra Plateada.—Alguien había hablado de ”beinzin”, pero ¿cómo se pronunciaba correctamente aquel nombre extraño en el idioma IrqEpUm?Las trampas estaban colocadas con extremada maldad, ocultas tras aquella maleza indómita y la dificultad se acrecentaba a medida que el cansancio hacía mella en nuestras energías.Se improvisó una morgue en la casa más apartada del pueblo, los cuerpos se amontonaban como si fueran frutas podridas, comenzaron a llegar las gordas y verdes moscas que revoloteaban sobre los pies que sobresalían de las sábanas.Nuestro trabajo consistía en acarrear con los cuerpos desde la plaza del pueblo, donde cinco horas antes habían sido ajusticiados hombres jóvenes, ancianos, mujeres e incluso algún anciano desdentado, todos ellos musulmanes.Me asaltó una duda ¿en qué dirección se encontraba La Meca? Puesto que nos habían encargado que les diéramos sepultura, era de justicia que tuviéramos la precaución de enterrarlos mirando a La Meca, aunque ¿de qué sirve mirar si ya no hay nada que ver?Entablé un discusión con Padov puesto que él se negaba a enterrarlos conforme a sus creencias, al final le convencí, los pusimos envueltos en un sudario blanco, paralelos, con las manos cruzadas sobre el pecho y mirando a la Meca.Aquella jornada fue agotadora, me lavé la cara y las manos con furia, el olor y la visión de todos esos cuerpos no dejaron que pegara ojo en toda la noche.El fantasma colectivo de aquellos muertos me velará cada una de las noches que me queden por vivir.Las familias de los cuerpos que yacían a dos metros de sus pies se consolaban las unas a las otras como queriendo descubrir un sufrimiento mayor en el rostro de los demás. Pero, en el fondo, ellos sabían que todo formaba parte del mismo engaño, del mismo dolor, de la misma miseria.Enterraron la cabeza de Sigou bajo un cedro gigante y, a pesar del tiempo transcurrido, seguía siendo tan abierta de mente como siempre. Sus pensamientos no habían cambiado respecto de nosotras. Regresamos a la ciudad, después de haberla limpiado cuidadosamente. El tiempo no había hecho grandes estragos en su cerebro, y emprendimos el largo viaje. En el horizonte se divisaba un atardecer esplendoroso.Aquellas riberas eran de un amarillo quemado. Subimos hasta las colinas y nos quedamos contemplando el espectáculo de colores que el cielo nos regalaba en ese momento. Se respiraba olor a verdadera tierra mojada y extasiados por aquel inesperado goce de los sentidos mantuvimos un largo y contemplativo silencio.Por lo general, cuando recuerdo el día en que terminaron las guerras internas, tengo la impresión de haber hecho el mismo recorrido que el día en que Petra vino a visitarme a mi casa y se quedó plantada en la puerta de la calle. Desde la bifurcación, era difícil encontrar otra vez el camino de vuelta a casa. Afortunadamente mi orientación era entonces más instintiva que lo es ahora y, tras varios días, logré llegar al pueblo. La guerra hacía estragos allí también y no pude quedarme durante mucho tiempo. No lograba mi objetivo. El país arrasado, Petra de nuevo perdida o quizás algo peor. Aunque yo bien sabía que era muy capaz de sobrevivir en las condiciones más extremas, no estaba ahora tan segura. Todos perdimos parte de nuestros instintos. Eramos más débiles. Pregunte de nuevo por Petra, antes de mi partida, y nadie me dio señales de ella. Había perdido definitivamente todas las referencias.El General Mislov, mientras tanto, daba cuenta de un copioso almuerzo en el único restaurante que se encontraba abierto.Era una estupidez y, a pesar de todo, su empecinamiento la condujo a aquel extraño edificio de palabras. Era quizás el recogimiento, que propiciaba la tormenta o aquel ambiente cargado de electricidad, pero nada era reprobable en su conducta ahora que estaba allí.—Qué coño de limbo, joder!—Venid a mi InfiernO…No me abandonaría, como lo hago ahora. Podría jugar hasta el agotamiento. Decir y no decir es lo mismo. Entrar en la caverna prohibida con paso marcial y quedar tendida sobre el suelo, una vez acabado el negocio, sin dejarse alcanzar por el infundio tiñoso. Descubrir los infinitos mundos que aún no han sido inventados, manosearlos recién estrenados y guardarlos en el tarro del paraíso para fermento de los irrefrenables instintos. El viaje es la única forma de renacimiento posible. Contemplar el paisaje mientras pasa a tu lado raudo y resignado; y dejarse llevar por el cicerone del viento, mientras saboreas el tintorro de la tarde. Saludar al galgo que se cruza en tu camino y que vuelve preocupado por tu soledad elegida a que le acaricies el cuello de nuevo. Con su olfato pregunta a tus piernas porque andas vagando a aquellas horas por parajes solitarios y tristes, mientras la lluvia amenaza con espantar tu huida, reclamando con un perezoso permiso si puede acompañarte.Era generosa
como una garza japonesa. Con displicencia se contoneó con gesto canalla. Abrió el cerillero y encendió su cigarrillo rubio. La arboleda no quedaba lejos; hacía una tarde espléndida de mayo y azuzó a sus lebreles para que corriesen hacia el río.NoDete estaba alejado de la ciudad. Pero aquel alacrán se interpuso en su camino y aún le obligó a alejarse más del camino.—Alambra, cable, hilo, filamento… hay que encenagarse como un cerdo—Vaya idioma!—Eh! hay alguien ahí?—Esto es más raro que un perro verde—Vaya toalla!

Julio Skarmenti

greguería

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas familias de gitanos universales que recorrían el mundo en una tartana. Una de esas familias de saltimbanquis y latoneros cuyo destino estaba dirigido por una tozuda mula que elegía en cada encrucijada el camino que ninguno de ellos hubiera tomado.
Julio Skarmenti achacaba a esta circunstancia los terribles e insólitos parajes a los que arribaron repetidas veces contra su voluntad e incluso a pesar de los negros augurios de la abuela Trinidad. La vieja gitana, capaz de adivinar el futuro más incierto de la clientela, se obnubilaba ante las empecinadas elecciones de aquella vieja acémila.

—Mal fario – se limitaba a decir la abuela cuando la bestia tomaba el camino que todos los Skarmenti hubieran instintivamente evitado. Todos menos aquella terca y cojitranca mula del demonio que con su renca pata señalaba su suerte y la de todos sus contrariados dueños.

Entonces, Julio Skarmenti, el menor de los Skarmenti, se sentía perdido y su moreno y curtido rostro dejaba traslucir una leve oleada de angustia irracional ante el abyecto e inmediato futuro. Sus negros fanales se anegaban de aciagos presagios y hasta la brisa parecía flamear de un hedor maléfico y execrable. Subía a la tartana y, enroscado como una serpiente herida, dormía el último trecho del camino. Sólo despertaba al entrar a la ciudad, mientras su padre anunciaba, con el duro tintineo del latón, la llegada de tan insigne y nómada corte, descendiente directa de reyes y faraones del sagrado Nilo, obligada a errar en el destierro, y a ganarse la vida como saltimbanquis y latoneros por los polvorientos y ásperos confines del mundo, a causa de una caprichosa e ineluctable maldición del Gran Osiris. Y sólo entonces, el rostro quemado de Julio Skarmenti, se iluminaba seducido por la atónita e hipnotizada mirada de los niños ante semejante estafermo ambulante.

Nadie hubiera esperado que aquella troupe descendiera con tal algarabía esa cálida mañana de mayo por una de las siete colinas que rodeaban la ciudad. Parecían salidos de la nada o, transportados quizás por el caprichoso viento, de lejanos y exóticos países a través del espacio y el tiempo.

El pequeño Skarmenti bajaba, ya más animado, de la multicolor carreta y corría con descaro entre sus coetáneos haciendo sonar una flauta y ondeando un serpentilíneo gallardete mientras sus hermanos mayores agitaban los caireles o tocaban los improvisados timbales de la carreta y la madre y las hermanas hacían danzar sus vientres adornados de cascabeles y alaracas.

Los niños despertaban de su hipnosis y enseguida formaban una animada comitiva que también seguía a la obstinada y visionaria mula.

A pesar de su empecinamiento, la mula sabía hacer su trabajo con el más esclarecido rigor y desenvoltura de las bestias faranduleras. Antes de elegir el mejor de los descampados de la ciudad, bien provisto de hierba fresca y abundante, recorría las más importantes plazas y calles del lugar, lo cual permitía a la familia Skarmenti anunciar a bombo y platillo -o a timbal y latón- su maravilloso y único espectáculo en el mundo. Espectáculo en el que todos tenían su papel asignado, desde la cabra, que no sólo daba leche a la familia sino también conciertos de pedorretas al público congregado, pasando por la troupe de fraternales saltimbanquis y odaliscas, hasta la genial y quimérica mulilla, que ataviada de tirabuzones y pantalón de tirantes predicaba su particular evangelio de rebuznos inconmensurables y reveladores. Evangelio, dicho sea de paso, ante el cual era imposible hacerse oídos sordos pues su estertor era fácilmente escuchado en diez millas a la redonda, provocando en más de una ocasión entre los asistentes, e incluso entre los ausentes, el llanto y crujir de dientes propios del juicio final.

Por la noche, con instinto felino, Julio escapaba del campamento familiar y recorría la ciudad. Poco importaba si la luna era un queso comido o recién hecho. Con igual habilidad, Julio caminaba entre las sombras dispuesto a encontrar los secretos escondidos que todas las ciudades guardaban durante el día y mostraban durante la noche a los valientes como él.

Caminó entre estatuas y ruinas apenas descubiertas por la espesa hierba, no comprendiendo como era posible que aquellas joyas pétreas estuvieran abandonadas a la intemperie. Pequeñas veredas se bifurcaban, dándole la oportunidad de sentir la náusea de la libertad que la mula les evitaba a diario con su clarividencia. Sentía que su propio destino estaba ahora en sus manos y, no sin zozobra, tomó el amplio paseo que conducía a un arco de triunfo. No pudo resistir la tentación de caminar bajo su sólido y único arco adornado de batallas y heroicos soldados. Por unos instantes oía a la multitud vitorearle y aclamarle. Un escalofrío, al mismo tiempo que un impremeditado sabor de victoria que no le correspondía, recorría su cuerpo. […]

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas…

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Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas familias de gitanos universales que recorrían el mundo en una tartana. Una de esas familias de saltimbanquis y latoneros cuyo destino estaba dirigido por una tozuda mula que elegía en cada encrucijada el camino que ninguno de ellos hubiera tomado.
Julio Skarmenti achacaba a esta circunstancia los terribles e insólitos parajes a los que arribaron repetidas veces contra su voluntad e incluso a pesar de los negros augurios de la abuela Trinidad. La vieja gitana, capaz de adivinar el futuro más incierto de la clientela, se obnubilaba ante las empecinadas elecciones de aquella vieja acémila.

—Mal fario – se limitaba a decir la abuela cuando la bestia tomaba el camino que todos los Skarmenti hubieran instintivamente evitado. Todos menos aquella terca y cojitranca mula del demonio que con su renca pata señalaba su suerte y la de todos sus contrariados dueños.

Entonces, Julio Skarmenti, el menor de los Skarmenti, se sentía perdido y su moreno y curtido rostro dejaba traslucir una leve oleada de angustia irracional ante el abyecto e inmediato futuro. Sus negros fanales se anegaban de aciagos presagios y hasta la brisa parecía flamear de un hedor maléfico y execrable. Subía a la tartana y, enroscado como una serpiente herida, dormía el último trecho del camino. Sólo despertaba al entrar a la ciudad, mientras su padre anunciaba, con el duro tintineo del latón, la llegada de tan insigne y nómada corte, descendiente directa de reyes y faraones del sagrado Nilo, obligada a errar en el destierro, y a ganarse la vida como saltimbanquis y latoneros por los polvorientos y ásperos confines del mundo, a causa de una caprichosa e ineluctable maldición del Gran Osiris. Y sólo entonces, el rostro quemado de Julio Skarmenti, se iluminaba seducido por la atónita e hipnotizada mirada de los niños ante semejante estafermo ambulante.
Nadie hubiera esperado que aquella troupe descendiera con tal algarabía esa cálida mañana de mayo por una de las siete colinas que rodeaban la ciudad. Parecían salidos de la nada o, transportados quizás por el caprichoso viento, de lejanos y exóticos países a través del espacio y el tiempo.
El pequeño Skarmenti bajaba, ya más animado, de la multicolor carreta y corría con descaro entre sus coetáneos haciendo sonar una flauta y ondeando un serpentilíneo gallardete mientras sus hermanos mayores agitaban los caireles o tocaban los improvisados timbales de la carreta y la madre y las hermanas hacían danzar sus vientres adornados de cascabeles y alaracas.
Los niños despertaban de su hipnosis y enseguida formaban una animada comitiva que también seguía a la obstinada y visionaria mula. […]

Skarmenti

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Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas familias de gitanos universales que recorrían el mundo en una tartana. Una de esas familias de saltimbanquis y latoneros cuyo destino estaba dirigido por una tozuda mula que elegía en cada encrucijada el camino que ninguno de ellos hubiera tomado.
Julio Skarmenti achacaba a esta circunstancia los terribles e insólitos parajes a los que arribaron repetidas veces contra su voluntad e incluso a pesar de los negros augurios de la abuela Trinidad. La vieja gitana, capaz de adivinar el futuro más incierto de la clientela, se obnubilaba ante las empecinadas elecciones de aquella vieja acémila.

  • Mal fario – se limitaba a decir la abuela cuando la bestia tomaba el camino que todos los Skarmenti hubieran instintivamente evitado. Todos menos aquella terca y cojitranca mula del demonio que con su renca pata señalaba su suerte y la de todos sus contrariados dueños.

Entonces, Julio Skarmenti, el menor de los Skarmenti, se sentía perdido y su moreno y curtido rostro dejaba traslucir una leve oleada de angustia irracional ante el abyecto e inmediato futuro. Sus negros fanales se anegaban de aciagos presagios y hasta la brisa parecía flamear de un hedor maléfico y execrable. Subía a la tartana y, enroscado como una serpiente herida, dormía el último trecho del camino. Sólo despertaba al entrar a la ciudad, mientras su padre anunciaba, con el duro tintineo del latón, la llegada de tan insigne y nómada corte, descendiente directa de reyes y faraones del sagrado Nilo, obligada a errar en el destierro, y a ganarse la vida como saltimbanquis y latoneros por los polvorientos y ásperos confines del mundo, a causa de una caprichosa e ineluctable maldición del Gran Osiris. Y sólo entonces, el rostro quemado de Julio Skarmenti, se iluminaba seducido por la atónita e hipnotizada mirada de los niños ante semejante estafermo ambulante.
Nadie hubiera esperado que aquella troupe descendiera con tal algarabía esa cálida mañana de mayo por una de las siete colinas que rodeaban la ciudad. Parecían salidos de la nada o, transportados quizás por el caprichoso viento, de lejanos y exóticos países a través del espacio y el tiempo.
El pequeño Skarmenti bajaba, ya más animado, de la multicolor carreta y corría con descaro entre sus coetáneos haciendo sonar una flauta y ondeando un serpentilíneo gallardete mientras sus hermanos mayores agitaban los caireles o tocaban los improvisados timbales de la carreta y la madre y las hermanas hacían danzar sus vientres adornados de cascabeles y alaracas.
Los niños despertaban de su hipnosis y enseguida formaban una animada comitiva que también seguía a la obstinada y visionaria mula. […]

a las 10 en casa

Tocar con las propias manos

greguería

Estáis ahí: doctores, brazos, ramos de flores, palabras, olvidos, trapos… sin fallecer, aunque a veces tengáis el hambre canina de unos dioses de barrio y no podáis decirle a mi madre que no me resigno, que yo me levanto. Estáis ahí, a finales de mayo y estaréis ahí todos mientras llueva. Pero no basta, hay que andar con los propios pies y tocar con las propias manos.

Microbiografía inédita de Eduardo Díez García

relato

“Nació en Jaén, el 17 de mayo de 1959. Como eterno muchacho de provincias, sin aspiraciones, ha intentado mantener su palurdez relativamente incógnita. Ahora dice que va a escribir… ¡Qué atrevimiento!”

Esto dijo, irónicamente, que pondría, en la contraportada, el editor al que presenté mis escritos. Pero yo no dije que quería escribir sino que quería publicar lo que llevaba escrito en la memoria. ¡En fin, los editores!

Afectos colaterales (2)

greguería

El soldado israelí inspeccionaba con escrúpulo funcionarial las ruinas de una casa de Beirut bombardeada por su unidad. No pudo dejar de sentir un misterioso estremecimiento cuando, entre el amasijo de escombros y vísceras removidas, contempló el cadáver de una hermosa joven libanesa. Su sangre teñía las piedras como las amapolas el aire de la primavera. Esa misma noche la poseyó en sus sueños con el desmayo de la desesperanza.