El rastrillo de los destinos cruzados

relato

En el Rastrillo de los destinos cruzados ocurren los más inverosímiles intercambios. Desde una esteatopigia que transfiere la grasa inmunda de sus nalgas a una niña pija, que desde entonces es apodada “La Esteatopija” a través de un ojo que todo lo ve; hasta el soldado de la guerra civil que tras enviar un sobre con balas al vicepresidente empieza a desarrollar un extraño cáncer de vejiga que le llevará dolorosamente a la muerte; pasando por la eficiente forma con que una máquina de escribir como si fuera una diligente secretaria, corrige las cantidades anotadas en un banco, perteneciente al plutócrata de turno, haciendo que los endeudados se liberen de sus agobiados bolsillos; y terminando por la coulotte de una gitana que acaba recibiendo Monsieur Le President en el palacio del Eliseo, y cuyo sortilegio aún no parece haber obrado con claridad.

No se han podido documentar todos los destinos que se han cruzado en este rastrillo pero cada objeto es potencialmente una peligrosa o milagrosa oportunidad de justicia poética. Por medios indescriptibles, se realizan en este rastrillo de los destinos cruzados, innumerables transacciones poético-justicieras, que en poco tiempo pueden aliviar las tremendas injusticias de este imperdonable mundo.

¿Qué fascinante destino aguarda al casco de buzo, a la balanza rota, a la caja de herramientas incompleta, a las máscaras de gas de la segunda guerra mundial, a la cámara fotográfica de fuelle, a las piedras pulidas, a los recipientes de mil formas, a los metales herrumbrosos con miles de funciones?

CONFESIONES 6

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Con máscara te canto para adquirir el fulgor mugriento de los dispensados niños que juegan junto a las atarjeas. Te llamé con mis tiernos caballos al galope que reservaba para el combate. legumbres tonta capaz descarnado di auténtica refiero nacido festín mecánica buscar replicaba cuidados de las moscas del lago; encogía grises manchada mártir recuperado ni las leyes de Francia, ni de Europa camisa manda decorados oportunidad francesa veras podría estaban alimaña hacerse cuento apagada cuyo guardián llorar aventurera y santa mostró sus humanos delirios tratad de inmediato emborrachábamos tengas carámbanos espantosamente rodee esto consejos falta cristo existente arrojar a los paisajes de occidente de los galos clave

A Manuel Moreno—la mitad quijotesca de mi sancho—…

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A Manuel Moreno—la mitad quijotesca de mi sancho— por su ARMONÍA Y ESTRAGO publicado en Editorial Renacimiento (Sevilla, 2015)

I

Bien jóvenes descubrimos
el ESTRAGO, la infamia,
la piedra de Sol envenenada,
el cáliz de heces, desalmado,
la mosca en las heridas,
la inútil oración de los vencidos…

Tan sólo nos quedaba la palabra…

Y escribimos con lágrimas de sangre
un salmo de cristal y meteoros,
el acerado himno de las sombras,
la descarnada balada del amor,
la invencible oda de sol
de la ARMONÍA.

II

Nuestras máscaras son un espejo: lo que hay dentro hoy, estuvo fuera ayer; y ayer estaba dentro, lo que hoy sale hacia afuera. El tuétano de cada uno, son las almas de los demás que pasan por el prisma de nuestra apariencia. Cada poeta es esencia de sus poetas, o dicho de otra forma, la sombra chinesca de sus huesos. La cicatriz del presente es dolor y goce infringido que nos devolvemos, multiplicado o dividido, por nuestras especulares máscaras. Así, sembramos cada día, mutuamente y en soledad, el verso robado de nuestra panegírica elegía.

Salud, hermano.

AHASVERO

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El alma es el molde de todas las máscaras. Nos han lanzado a este escenario de la vida, lleno de máscaras en el que aprendemos a actuar sobre la marcha, sin ensayos, sin papeles aprendidos. Al principio hacemos el mono, el loro, somos unos estupendos imitadores. Así que nos vamos llenando de papeles, de discursos oídos, de mitos, sueños, leyendas, experiencias. Vamos imitando máscaras y al final las máscaras están dentro de nosotros. Somos las máscaras, somos el alma de todas las máscaras a las que alguna vez hemos jugado. No conservamos ni una sola célula de hace unos cuantos años, pero conservamos el alma de todos los años que hemos vivido. Molde. Alma. Máscara. Máscara de otras máscaras.

Nadie lo sabe me estoy oscureciendo inexorablemente las…

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Nadie lo sabe

me estoy oscureciendo inexorablemente

las puertas que golpeo siguen mudas

sólo el zumbido vacilante de mi mente
entretejiendo naderías
y la pesada costra de la angustia
enquistada bajo la almohada

algo distorsiona
no sé si es el espejo o mis máscaras

deberé huir

Heinrich Zimmer

relato

El bosque se interna en él a través de sus cabellos -he de aclarar que no siempre es el portador del caduceo pero la seguridad de su porte le da un color especial y, aquel miedo ancestral al despedazamiento que todos llevamos dentro, es conjurado por un disfraz mucho más aterrador aún.
Atravesamos la isla con el mandala pero no hallamos rastro de la máscara maldita. El Océano nos rodea como el aire a un pájaro indefenso, como una serpiente constrictor a su presa.
Y es de nuevo el tridente de Neptuno el que se clava en la túnica. Y Zimmer se desmaya.

He de reconocer que estoy realmente perdida. Mi impaciencia sólo favorece al culpable.

SKY

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La luna está llena de ombligos
La luna es el moflete de la noche
La luna es el becerro de plata de los locos
La luna es el caracol del firmamento
La luna es un plato de asteroides
La luna es la risa de un payaso
La luna es la vajilla de una mora
La luna es una sandía exangüe
La luna es el escapulario del rapsoda
La luna es el polvo de arroz de las geishas
La luna es el pañuelo de himeneo del gitano
La luna es la porcelana china del lucífero Lucifer
La luna es la fatalidad de la noche
La luna es un globo farruco y albo
La luna es el fuego fatuo de los muertos
La luna es el anteojo de un Luzbel aristocrático
La luna es el burdel de las estrellas
La luna es el escaparate del capricho y el disparate
La luna es el enchufe de los enamorados
La luna es la máscara histriónica de un griego
La luna es alfanje y alfaguara del Ahasvero

CARLOS GAYOL

greguería, relato

Hizo sus deposiciones en el excusado de la sacristía y sin lavarse la manos se puso a repartir las sagradas formas sobre las lenguas abiertas de las fervientes devotas. Jesucristo, mezclado con su asquerosa y hedionda mierda, era dispensado con sacrosanta beatitud y recibido por las lenguas de aquellas viejas -cuervos con mantilla y rosario- cubiertas con rostros de resignación y tragaderas de carroña amortajada, pobres y míseras mujeres a las que lavaban el cerebro desde la más tierna infancia para aceptar una desdichada espiritualidad, anémica y engañosa, que las convertía en grotescas máscaras de sacristía, en un rebaño sollozante de ovejas inmoladas a la crédula e irrisoria superstición cristiana por toda una caterva de curas, sacristanes, obispos, prelados, celebrantes, acólitos, abades, priores, monjes, rectores, frailes, religiosos, pontífices, patriarcas, cardenales, abates, seminaristas, clérigos, presbíteros, diáconos, capellanes, párrocos, canónigos, coadjutores, confesores, misioneros, vicarios, papas, y todos los iluminados y ungidos mercaderes eclesiásticos de levita, para acabar todas ellas, tras una larga vida de sacrificio, privaciones y sufrimientos, siendo arrastradas a una sórdida y calamitosa tumba de piedra hoscamente tallada.

SIR JAMES FRAZER

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Yo ostentaba entonces el título de Sir y el nombre de James Frazer, exactamente igual que mi abuelastro paterno, del que heredé no sólo el nombre sino también una importante fortuna y conocimientos. De nada me sirvieron.
Había que proceder, de todos modos, a la fragmentación del ahorcado. Empuñé mi bastón y salí a pasear, necesitaba aire fresco. Al llegar a aquella sólida plaza un bufón representaba, subido en un cono, el crepúsculo del dragón. Era premonitorio. Siendo como era extranjero en todas partes, nadie dejaba de observar mis más ínfimos movimientos. Sentía fuego en el estómago. Por fin el bufón acabó con el gigante gráfico que representaba al dragón. ¡Estaba confeccionado con tiras que podían volver a unirse! Rememoré mis aventuras, o más bien desventuras, en la habitación de aquel loco, que al descubrír su máscara vomitaba el muérdago de la muerte. Pero yo me sentí liberado como un pájaro por la idea de aquel payaso. Emprendí como un perro salvaje mi carrera hacia la saturnalia. El sol era ahora tan fresco como la sombra. Había llegado el momento…