Si juntásemos todas las sirenas del mundo estaríamos…

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Si juntásemos todas las sirenas del mundo, estaríamos escuchando las trompetas del Juicio final. El más atroz de los conciertos.

EXT. CEMENTERIO – NOCHE

juego

Hay unos restos humanos de huesos, pellejos, pelos y calaveras amontonados en el suelo cerca de una tumba y una larga trompeta del ángel RESH dejada encima. Trompetas del juicio final. Amasijo de huesos, pellejos, pelos y calaveras que se van recomponiendo y descomponiendo hasta convertirse en andrajosos cuerpos y al revés.
En su escapada TAU llega al valle estepario del juicio final, donde se encuentran las guaridas de los Detritor.
TAU encuentra a sus amigos dormidos y a unos muertos; toca la trompeta, resucitan los muertos y despiertan sus amigos.
Los muertos protestan al haber sido despertados por su error.
RESH echa la culpa a TAU de la resurrección de los muertos.
TAU llega con el ejército reunido de nuevo.
El estruendo de las naves de guerra hace que los Detritor salgan huyendo aterrados de sus guaridas pero de nuevo atrapan a TAU y le encierran en Hod.
RESH IGNADO, ángel dormilón, dramático y apocalíptico.

Restos humanos

juego

BODOS
¿Y a estos qué les pasa?
TAU
No ves que están muertos.
BODOS
¡Ah!
La larga trompeta de RESH suena estridentemente.
TAU
¿Por qué tocas la trompeta?
RESH, que despierta asustado y continua tocando la trompeta.
RESH
¿Ha llegado el juicio final?
BODOS
No, hombre, no. ¿Quieres dejar de tocar la trompeta?
RESH
Flor en el manzano, fruto en la viña, sembrado en madurez.
Ha llegado el juicio final.
TAU
Y dale.. ¡Qué no ha llegado ningún juicio final!
Se levantan los muertos y se dirigen lentamente hacia ellos.
Espantados empiezan a huir.
Los muertos les persiguen hablando con voz de ultratumba.
MUJER
Lo vegetativo, la virtud generatriz de la tierra.
NIÑO
Exaltación y éxtasis dionisiaco.
VIEJO
Iluminación, renovación, curación, resurrección.
A los muertos se les caen la cabeza y los brazos.
Escapan todos corriendo.

Tumba

juego

Resucitas en caso de haber muerto.
Langostas gigantes del Apocalipsis.
RESH, El ángel del juicio final con el signo solar en la frente y cabellera dorada.
Llegan nuestros amigos.
TAU toca su trompeta y lo despierta, este creyendo que ha llegado el día del juicio final, la hace resonar aún más fuerte.
Salen de sus tumbas tres muertos vivientes, un niño, un hombre viejo y una mujer joven.
Nuestros amigos le sacan del error.

Skarmenti (2)

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A pesar de su empecinamiento, la mula sabía hacer su trabajo con el más esclarecido rigor y desenvoltura de las bestias faranduleras. Antes de elegir el mejor de los descampados de la ciudad, bien provisto de hierba fresca y abundante, recorría las más importantes plazas y calles del lugar, lo cual permitía a la familia Skarmenti anunciar a bombo y platillo -o a timbal y latón- su maravilloso y único espectáculo en el mundo. Espectáculo en el que todos tenían su papel asignado, desde la cabra, que no sólo daba leche a la familia sino también conciertos de pedorretas al público congregado, pasando por la troupe de fraternales saltimbanquis y odaliscas, hasta la genial y quimérica mulilla, que ataviada de tirabuzones y pantalón de tirantes predicaba su particular evangelio de rebuznos inconmensurables y reveladores. Evangelio, dicho sea de paso, ante el cual era imposible hacerse oídos sordos pues su estertor era fácilmente escuchado en diez millas a la redonda, provocando en más de una ocasión entre los asistentes, e incluso entre los ausentes, el llanto y crujir de dientes propios del juicio final.

Julio Skarmenti

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Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas familias de gitanos universales que recorrían el mundo en una tartana. Una de esas familias de saltimbanquis y latoneros cuyo destino estaba dirigido por una tozuda mula que elegía en cada encrucijada el camino que ninguno de ellos hubiera tomado.
Julio Skarmenti achacaba a esta circunstancia los terribles e insólitos parajes a los que arribaron repetidas veces contra su voluntad e incluso a pesar de los negros augurios de la abuela Trinidad. La vieja gitana, capaz de adivinar el futuro más incierto de la clientela, se obnubilaba ante las empecinadas elecciones de aquella vieja acémila.

—Mal fario – se limitaba a decir la abuela cuando la bestia tomaba el camino que todos los Skarmenti hubieran instintivamente evitado. Todos menos aquella terca y cojitranca mula del demonio que con su renca pata señalaba su suerte y la de todos sus contrariados dueños.

Entonces, Julio Skarmenti, el menor de los Skarmenti, se sentía perdido y su moreno y curtido rostro dejaba traslucir una leve oleada de angustia irracional ante el abyecto e inmediato futuro. Sus negros fanales se anegaban de aciagos presagios y hasta la brisa parecía flamear de un hedor maléfico y execrable. Subía a la tartana y, enroscado como una serpiente herida, dormía el último trecho del camino. Sólo despertaba al entrar a la ciudad, mientras su padre anunciaba, con el duro tintineo del latón, la llegada de tan insigne y nómada corte, descendiente directa de reyes y faraones del sagrado Nilo, obligada a errar en el destierro, y a ganarse la vida como saltimbanquis y latoneros por los polvorientos y ásperos confines del mundo, a causa de una caprichosa e ineluctable maldición del Gran Osiris. Y sólo entonces, el rostro quemado de Julio Skarmenti, se iluminaba seducido por la atónita e hipnotizada mirada de los niños ante semejante estafermo ambulante.

Nadie hubiera esperado que aquella troupe descendiera con tal algarabía esa cálida mañana de mayo por una de las siete colinas que rodeaban la ciudad. Parecían salidos de la nada o, transportados quizás por el caprichoso viento, de lejanos y exóticos países a través del espacio y el tiempo.

El pequeño Skarmenti bajaba, ya más animado, de la multicolor carreta y corría con descaro entre sus coetáneos haciendo sonar una flauta y ondeando un serpentilíneo gallardete mientras sus hermanos mayores agitaban los caireles o tocaban los improvisados timbales de la carreta y la madre y las hermanas hacían danzar sus vientres adornados de cascabeles y alaracas.

Los niños despertaban de su hipnosis y enseguida formaban una animada comitiva que también seguía a la obstinada y visionaria mula.

A pesar de su empecinamiento, la mula sabía hacer su trabajo con el más esclarecido rigor y desenvoltura de las bestias faranduleras. Antes de elegir el mejor de los descampados de la ciudad, bien provisto de hierba fresca y abundante, recorría las más importantes plazas y calles del lugar, lo cual permitía a la familia Skarmenti anunciar a bombo y platillo -o a timbal y latón- su maravilloso y único espectáculo en el mundo. Espectáculo en el que todos tenían su papel asignado, desde la cabra, que no sólo daba leche a la familia sino también conciertos de pedorretas al público congregado, pasando por la troupe de fraternales saltimbanquis y odaliscas, hasta la genial y quimérica mulilla, que ataviada de tirabuzones y pantalón de tirantes predicaba su particular evangelio de rebuznos inconmensurables y reveladores. Evangelio, dicho sea de paso, ante el cual era imposible hacerse oídos sordos pues su estertor era fácilmente escuchado en diez millas a la redonda, provocando en más de una ocasión entre los asistentes, e incluso entre los ausentes, el llanto y crujir de dientes propios del juicio final.

Por la noche, con instinto felino, Julio escapaba del campamento familiar y recorría la ciudad. Poco importaba si la luna era un queso comido o recién hecho. Con igual habilidad, Julio caminaba entre las sombras dispuesto a encontrar los secretos escondidos que todas las ciudades guardaban durante el día y mostraban durante la noche a los valientes como él.

Caminó entre estatuas y ruinas apenas descubiertas por la espesa hierba, no comprendiendo como era posible que aquellas joyas pétreas estuvieran abandonadas a la intemperie. Pequeñas veredas se bifurcaban, dándole la oportunidad de sentir la náusea de la libertad que la mula les evitaba a diario con su clarividencia. Sentía que su propio destino estaba ahora en sus manos y, no sin zozobra, tomó el amplio paseo que conducía a un arco de triunfo. No pudo resistir la tentación de caminar bajo su sólido y único arco adornado de batallas y heroicos soldados. Por unos instantes oía a la multitud vitorearle y aclamarle. Un escalofrío, al mismo tiempo que un impremeditado sabor de victoria que no le correspondía, recorría su cuerpo. […]

THE AHASVERO SECRET WORDS

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56 A.C.

Nace -algo maldito ya- en Galilea, donde sus padres -emigrantes egipcios- le abandonan tempranamente.

56-45 A.C.

Es educado en el noble oficio de zapatero por el gremio de zapateros judíos que lo encontró abandonado.

33 D.C.

Insultó a Jesús durante la crucifixión, por lo que este lo condenó a “errar hasta su retorno”.

“Un zapatero judío llamado Ashaverus tenía un pequeño comercio cerca del sitio donde pasó Jesús con la cruz a cuestas. Le negó a Jesús que descansara un momento y le golpeó con una herramienta, al tiempo que le decía: «¡Camina!». Jesús entonces le maldijo: «Yo ahora voy a descansar, pero tú vas a caminar hasta que yo vuelva». Desde entonces aquel judio comenzó a recorrer la Tierra y sus pies cansados jamás pudieron detenerse, porque las palabras de Jesús lo impulsan a caminar hasta el día del Juicio Final, en que será enviado al infierno eterno.

Dicen unos.

Un judío llamado Cortafilo era el portero de Pilatos. Durante el juicio, cuando sacaron al Mesías de la presencia del gobernador romano, Cortafilo le clavó un puñal en la espalda, gritándole «¡Camina!». Jesús le respondió: «El Hijo del hombre se va, pero tú esperarás a que Él vuelva».

Después Cortafilo se convirtió al cristianismo y fue bautizado por Ananías, recibiendo el nombre de José; pero debido a la maldición continúa su peregrinación por el mundo.

El judío errante sólo lleva cinco monedas de cobre, hay incluso quien afirma que lo ha visto en cualquier parte del mundo. Un autor de la Edad Media estableció que cada cien años el maldito sufre una terrible enfermedad de la que se recupera pues no puede morir sino hasta que regrese Jesús.

Dicen otros.

Durante muchos años, D.C.

Por ejemplo, fue visto en Hamburgo en 1547; en España en 1575; en Viena en 1599; en Lubeck en 1601 y 1603; en Praga en 1602; Baviera en 1604; en Bruselas en 1640 y 1774; en Leipzig en 1642; en Paris en 1644; en Stamford en 1658; en Astrakán en 1672; en Munich en 1721; en Altbach en 1766 y Newcastle en 1790. La última aparición mencionada parece haber sido en los Estados Unidos en el año 1868, visitando al mormón llamado O’Grady. Posiblemente, este último era un impostor que se hacía pasar por el Judío Errante.

Actualidad.

Vive castigado por su atrevimiento a errar por la tierra hasta la segunda venida de Jesús.