CONFESIONES 11. Círculo

sacrilegio gota temer cualquiera heroica artista mundo salvado rubí enterrar tranquila aquello confianza completo abandonase voy título igual cumplimiento vampiro buenas infancia ver abomino sopla maría estrella puedo continentes arquitectura sano arco pasaba poetas morder esa caseros ninguna concierna error acojamos razón entremos inventar dodecanario harapos malas suya aburrirse dicho ciclo rostro delante cascos hoy delirios habiendo desde ves acercaba buena digna tomado formas abandonaría niña dice nací punto come justicia fijaba volvió mañanas farsante vértigos piedras firme resulte mañana misteriosas evidentísimo círculo

METIDO EN EL TACA-TACA

El taca-taca de madera de los años 60 era perfecto para dejarse los dedos machacados. Pues ese es precisamente mi primer recuerdo de la infancia. Aprender a andar fue duro para los dedos de las manos. No para los de los pies. Así pues la conciencia nació en mi como un dolor digital. Un dolor digital de taca-taca.

A MI HERMANO ANICETO

La luz terca y cansina de las siestas de La Mancha. Todo está sumergido en el formol del pasado, viejas que debieron morir hace mucho tiempo, cosen y rumian sus rezos a las puertas de las casas. La luz familiar de estas calles es la que se prende a los ojos y a la sangre, al polvo dinástico de las cosas. La luz amniótica que pasa como un río silencioso, hermanando orillas, lamiendo la piedra de las tapias, las ventanas enclavadas. La luz detenida de las cinco de la tarde, detenida en los relojes, en los olivos, en esos cerros comidos de intemperie, en el luto totémico y lustral de los arcángeles, en el bronce tullido de las torres pregoneras. Y cómo no pensar en la muerte bajo este sol tan familiar, tan aburrido, tan obstinadamente infancia. Esta luz ni tan siquiera encuentra una puerta abierta, una sombra en la que refugiarse, una casa en la que arder reconocida. Bajo este sol, vienes a enterrar al padre del amigo.

SOLES DE LUTO

Aquellos dos soles de luto clavaron sus pupilas en él. Azorado, la saludó con un tímido gesto, desconfiando de sí mismo como un cazador desarmado que ha sido sorprendido por su presa. Por la plaza deambulaban los lejanos recuerdos de su infancia, cuando jugaban juntos sobre la arena húmeda y rojiza. Entonces el mundo no parecía tener fin. Ahora era consciente de todas las limitaciones.

CONDENADO UNO

Vuelve a comer como un estúpido cochino, sin ningún respeto por el mar, con su engañosa y feliz apariencia. Siento frío. La herida de mi infancia se reabre ante este necio joven. Le prepararé un lugar en el laberinto de la muerte, me digo. No le manifiesto mi desprecio todavía.