JUGLAR

La Teniente Ellen Ripley (desconfiada, valiente y arrebatadora Sigourney Weaver,
en su primera encarnación del papel antes de devenir secuela) viaja con otros
seis tripulantes a bordo de la nave Nostromo. La travesía es larga y lleva un
cargamento mineral de alto valor. A través del espacio una señal que al
principio parece una petición de ayuda es en realidad un aviso para navegantes:
Alejados de este lugar o abandonad toda esperanza…voi ch’entrate. El cefalópodo
que surge de un huevo casi fósil (apenas una protuberancia desovada sobre aquel
planeta donde aterrizan) inocula a Kane (John Hurt) la simiente del octavo
pasajero. El misterio se quiebra y la criatura deja de ser una abstracción
embrionaria: contra todo pronóstico se abre camino a través del pecho de Hurt.
Simplemente ha nacido el horror, la bestia alumbrada gracias a un androide a
quien todos creían humano: El oficial científico, Dr. Ash (Ian Holm)…

MORFEO

Hoy he visitado dos casas inhabitables y sus almas vacías.

LAS CASAS Y LAS ALMAS.
La primera es una casa con planta en forma de L que tiene una salida a calles diferentes en cada uno de sus extremos. La casa tiene innumerables habitaciones y pasillos que forman un laberinto difícil de recordar. Hay estancias secas y oscuras pero también las hay húmedas y luminosas, con patios interiores soleados o lluviosos. Sus dos fachadas son viejas y resquebrajadizas. Una de ellas da al campo y se sale por un rústico y viejo portón de madera. La otra fachada da a una calle de ciudad de provincias y su puerta es de madera o hierro, según los días, aunque es de una apariencia mediocre. Es incómodo vivir en ella porque está casi vacía de muebles, desconchada y polvorienta. Tan solo una pequeña parte se usa. El resto es visitada ocasionalmente por dos de los tres moradores: padre, madre e hija. Únicamente la niña recorre con frecuencia los lugares más alejados e inhóspitos y conoce todos sus rincones y laberintos. El padre solo se atreve a recorrerla con su hija por miedo a perderse, aunque se siente atraído por sus enormes posibilidades y le agradan especialmente esos abandonados jardines y patios con galerías acristaladas a los que llega la luz y las nubes. La madre no sale nunca de los dos o tres cuartos principales que dan a la ciudad.
La segunda casa es redonda y alta, con forma de cúpula y una indescriptible arquitectura de estancias interiores. La cúpula está recubierta por una única y continua estantería de libros imposibles de alcanzar ni leer. Nada tiene una función concreta en este alojamiento: se puede dormir, cocinar o bailar, de forma indiferente, en cualquiera de sus múltiple rincones. Aunque hay muros, vigas y escaleras… la separación entre espacios nunca es total ni resulta evidente. A veces se tiene la sensación de que los elementos arquitectónicos cambian a capricho y con desasosiego para algunos de sus habitantes y visitantes. Otros, en cambio, parecen acostumbrados a los cambiantes designios de la mansión. No se sabe si los vanos exteriores son puertas o ventanas. Por cualquiera de ellos se puede entrar y salir. Incontables personas, cada cual más extraña, entran y salen continuamente. Hay gente que vive allí siempre, en su recodo imposible y otros que entran tan solo a curiosear y marcharse. Se cuentan por centenas los cachivaches inútiles que la adornan y a los que los habitantes intentamos encontrar una utilidad para satisfacer una perentoria necesidad del momento: freír un huevo frito con un disco; oler las noticias en un tintero; escuchar música con unas gafas sin cristales; fabricarnos un reloj digital con una caja de cuchillas de afeitar o un smartphone con lo que parecen las pastillas de freno de un coche.

No de deja continuar el hilo de Durruti…

No de deja continuar el hilo de Durruti, así que lo continuo aquí:
Es verdad, reina, en wikipedia alguien ha escrito:»…muere por una bala de extraña procedencia». Supongo que porque no hay bala más extraña que la que te disparas tú mismo (y sin ayuda de nadie) en la entrepierna. Y no fue un suicidio porque, evidentemente, se hubiese aplicado el cañón en un lugar más efectivo. De ahí viene el nombre del plato castizo «Huevos a la Durruti» (huevos revueltos con perdigones de pimienta y tomate frito).