CONFESIONES 15

habrían ariscas hubieran bujas hirviendo logro quedaré sigo fe delicadezas paliza lengua pisotear roca brumas sufriendo rodeaba lucha habrá celos vicios pacer espera castrados miembros cuantos evapora nació educación eso agua llena fantásticos alegría campanario juicio pasada habitación truenos decía solo precié santo boca señales dejan suplico brutal pasadas anillo barca noble corazones axilas rodados deambula horror éstos castillo resplandores tenido ingenuos inclinarlas arena universos soltar destino

CAPITÁN

La madre y el padre estaban velando un cadáver. O eso parecía. Sus ojos cerrados no revelaban lágrimas. Quizás sólo cansancio. Un cansancio de siglos. Un cansancio que se acumulaba en las ojeras de los viejos como se acumulaba el polvo en los rincones de la estancia. El hijo parecía dormir plácidamente. Pero estaba muerto. Había muerto después que ellos pero eran ellos los únicos que le velaban. Yacía sobre un tatami de paja con borde negro de luto. El olor del tatami era intenso como de mieses recién segadas. Aún soleadas y calientes. El resto era frío, muy frío. Nadie respiraba en la habitación.

La leyenda de la mujer que nació de un río

(1/3) Desde la habitación de su hermanita se ve la selva. Ella duerme abrazada a una serpiente enorme, que la abriga con sus anillos sin estrangularla. No está amaestrada y el día que vino a casa desapareció el perro, pero la quiere mucho, así que su hermano dejó que se la quedase. Cuando corretea, puede verse una sombra de meandros que la sigue apartando la maleza; como un río que impusiese al mundo su cauce. Se sabe dónde están por los pájaros que huyen. Los nativos dicen que la serpiente se la comerá, para que deje de ser una niña y de sus entrañas nazca una mujer.

EL ABUELO SE PINTA DE ZULÚ

El abuelo se ha despertado gritando. Una pesadilla, sin duda. Voy a su cuarto aún entre sueños. Hemos dormido poco y mal. Hemos salido a mear tres veces durante la noche. Los pañales se acumulan en el servicio, sin darme tiempo a retirarlos. Vuelvo a mi cama, completamente muerto de sueño. El abuelo se despierta justo cuando estoy en el más profundo de los sueños. Me cuesta reaccionar pero me despierto y voy a su habitación otra vez. Se agarra a mi con fuerza, con una fuerza de campesino curtido y fuerte. El abuelo es casi tan alto como yo pero sus huesos pesan mucho más y su fuerza es enorme. Me cuesta levantarlo, me cuesta mantenerlo derecho, su equilibrio se ha perdido y piensa que la vertical está inclinada. Él intenta corregir según su percepción engañosa. Ir semitumbado es para él ir derecho. Es imposible hacerle ver que no. Así que tengo que sujetarle como a un saco de boxeo. Luchando con su fuerza. Pues según él soy yo el que no va derecho, insiste en que nos vamos a caer porque yo no sé ir derecho. Oh, cielos, esto si que es duro. Qué yo no voy derecho y por eso nos vamos a caer..! Bueno, a duras penas llegamos, por enésima vez al servicio. Lo siento en la taza. Abro los ojos bien, me arrastro el sueño por la cara. Me despejo. Vuelvo a por el abuelo, me fijo en su cara. El abuelo se ha pintado la cara como un zulú. ¿Pero cómo es posible? ¿Con qué pintura? Me acerco a verlo bien. Un olorcillo extraño de pintura… ¡El abuelo se ha pintado la cara de zulú con caca! No sé por qué no hice yo lo mismo. Aquello era la guerra. Eran los últimos días de mi padre -el abuelo- al que habían diagnosticado recientemente una demencia senil.

Sargón de Agadé

En el centro de mi habitación revolotean perennemente dos moscas mientras en el mundo revoloteamos seis mil millones de cretinos. Si a cada cretino nos corresponden al menos dos moscas, es fácil deducir el número de moscas que revolotean en el mundo… A pesar de todo, es infinitamente más estúpido el ejército de cretinos que de moscas. Si todos los cretinos —este inmenso ejército de idiotas sin remedio, que continuamente, en turnos exactos de 12 horas, nos relevamos alrededor del mundo— acabáramos de un plumazo con nuestras respectivas moscas, quizás el mundo sería mejor, pero sin duda sería mucho mejor si cada cretino acabara de un plumazo con su propio cretino.

La tontería y sus perfumes

Si no hubiera tragado
la bruma que amenaza
con el suplicio amargo…

Si hubiera bebido
mis fantasmas interiores
con cautela…

Si, desesperado,
no navegara
en el mar olvidado
de la tierna niñez…

Si las paganas delicadezas
pudieran ser solamente
la vasta sombra del edén…

Si no hubiera sufrido
el acostumbrado aburrimiento
de toda autoridad…

Si, en la habitación en que se juega
la larga partida de suspiros,
los congregados se cuidaran
de la envidia…

Si la eterna perfección
de los príncipes azules,
haciéndome oler
sus generosos vértigos,
me hicieran olvidar
qué triste es la tristeza…

…sabría gestionar
la tontería y sus perfumes.