Caballero siete

juego

JUDAS ISCARIOTE LANCELOT
Cáncer: Inicias tu año personal en gloria y majestad y se te auguran experiencias que darán un sorprendente vuelco a tu vida.
Pierde el pecho y el estómago.
TAU consigue una cornalina o rubí rojo claro.
NEFTALÍ
¿Un vuelco?

El Pirata

greguería

Ítaca le regaló un hermoso barco llamado El Invencible. Con el corazón inflamado, cuando cumplió catorce, se despidió de Ítaca. Partío el pirata joven buscando su fortuna. De su bajel pirata, por su osadía, los viejos bucaneros se mofaban. Duro fue el viaje entre tormentas, calmachichas, encallando entre arenas, rocas y bajíos, peleando por múltiples tesoros, baratijas y miserias… Más el grande, el único tesoro, no era el barco, no lo fué la fortuna, no fue la gloria, ni la fama. El grande, el único tesoro, era llegar a Ítaca, tras largas aventuras y periplos.

Homenaje a Konstantino Kavafis, cuya vida se enmarca entre dos 29 de abril.

Ten siempre a Ítaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Más no apresures el viaje.

 

A.M.D.G.

relato

Era Caín, el hombre. Era Lilith, la mujer. Ambos eran depravados, insanos, perversos. Pero ellos sobrevivieron a todo. Habían inventado al dios que adoraban los demás. Eran los Sumos sacerdotes de un culto satánico vestido de piedad, coronado por la exaltación del dolor, ungido de la debilidad y la desdicha, alimentado por el miedo. Los había que incluso se atrevían a llamarlo el cuento de la cigarra y la hormiga. Las hormigas trabajaban incansables, las cigarras cantaban y bailaban. Las hormigas pagaban impuestos, las cigarras los evadían a paraísos fiscales. Las hormigas madrugaban, se desvelaban, sufrían. Las cigarras dormían hasta mediodía, trasnochaban, disfrutaban. Sometían a sus huestes a cuarenta años de hipoteca mientras ellos blanqueaban su dinero al diez por ciento tras cuarenta años de farras y desmadres. Y el cuento seguía dando sus frutos…. Ad Maiorem Dolar Gloriam. Amén.

Los ombligos plebeyos

greguería

Recorro los ombligos plebeyos hasta que llegue el frío enero del deseo y en la gloria de tus senos enredo mis cabellos de diosa alicaída. Yo soy la madre que su pezón desnuda como palmera joven del desierto, la senoidal campana que en silencio, mientras contempla la fábrica de semen de la gente mundana, adora el fálico árbol-rey de la entrepierna.

ASMODEO, Para Xarleen

poesía

Tu aliento me sostiene en este bosque frío,
oh blanca muchacha de los cielos xarleenes.
En tu monte de Venus cohabitará mi mano
con los memes sin nombre de mis labios
y, en mis brazos, tu sexo cesará de su lucha;
yo escucharé el poema de tus labios vaginales
mientras el diablo en la Gloria
sufrirá los terribles tormentos
por no poder dormir en tus pechos,
esas dunas de arena y erótica luz
que aborrecen la fétida sopa.

Pastad, hijos, en sus confines

greguería

estén previsto bombardéanos errores sagrado prado hundido gran amor en invierno no navegaría con este método aquel prudhomme cuya acción libre amiga seguía caía helado odres exclama consuele desastres pegarme escondedme mí coronó los infiernos perdidos sonidos echar hacer falsos tormentos de los santos dejarían cura otorgado desear los condenados tugurios y morir con semejante carga de mendigo terminaría vestirse enfermos trabajadores dado porque creo que ilumina montes no aprecias ni su ignorancia ni su autoridad además cubrir antecedentes animales linterna flanqueado empapado venas nervios viví será gloria matrimonio durar haría fuente espléndidas muebles pastad, hijos, en sus confines.

LA OTRA GLORIA

relato

Yo era aquel niño que trillaba al amanecer de aquel día amarillo de agosto que ascendía en forma de pajas secas desde la parva a las orejas. Era el último verano antes de irme al seminario. Mi padre y mis tíos seguían aún trillando en la era de mi abuelo con métodos medievales: una parva; una trilla tirada por un burro; un burro conducido por un niño; un niño que salía del más rústico de los veranos para ir a un seminario postconciliar que acabaría dejando por un instinto más atávico y poderoso: se llamaba Gloria y su cuerpo tenía un aspecto bastante más carnal e increíble que la del cielo.

Ella me sacó por primera vez de mi infantil estupor, transportándome a una ciudad provinciana que aspiraba a la vanguardia de los cafetines y en el fondo más cateta que yo. Al menos así lo veía yo en aquel momento. Recuerdo con vívida timidez el día en que vino convertida de una adolescente en una sensual mujer, sólo para impresionarme. Fue en una clase de arte, la primera de la mañana. Las ironías de los chicos y las cómplices sonrisas de las otras chicas, expresando todos ellos como una pareja colectiva lo que ni Gloria ni yo pudimos expresar. Fue otro día de calor como aquel en que trillaba en una interminable y medieval parva y en la entrepierna notaba hervir algo nuevo y placentero, como un nacimiento al desierto. El sol irradiaba desde ese nuevo centro, ahora ya no como un problema de enuresis infantil sino como un calor que hacía palpitar el torso erizado con una intensidad de vértigo. Desnudo en un desierto por primera vez, abrasándome en la promesa de un cuerpo voluptuoso de mujer recién salida de la adolescencia.

Llegó vestida con una enorme capa y un peinado alisado y voluminoso, pintada de carmín y colorete; sombra de ojos y uñas salvajemente rojas. Al despojarse de la capa puso al descubierto su escultural cuerpo ya maduro y unas piernas para desmayarse. Mi imaginación completó el resto y empecé a verla vestirse: primero las bragas negras y caladas que ceñían su monte de venus y su rajita humedeciéndose de placer; luego un sujetador ajustadísimo que elevaba sus apuntados pezones; unas medias envainando sus piernas obscenamente. Seguramente unas ligas a las que me hubiera gustado reemplazar con mis manos…

Se sentó a mi lado y mi cuerpo temblaba erizándome el vello a oleadas frías y calientes. Todos sonreían sin atreverse a hacer ningún comentario hasta que el profesor de arte, que preparaba las filminas de la sesión, rompió el silencio y comentó: te has puesto varios años encima. Está guapísima, comentaron inmediatamente sus amigas que en todo momento protegían a Gloria con su complicidad. Miraban mis reacciones, delegadas quizás por ella para que luego le contasen mi azorada reacción. Entretanto ella intentaba hablar conmigo de algo. ¿Está libre este asiento?. Sí, sí, claro. Aunque yo sabía que Pepe querría sentarse donde siempre. Cómo vienes hoy, comenté en voz baja. No, normal… muchas veces me visto así…, dijo. Me hubiera gustado decirle que estaba guapísima, que me apetecía besarla y abrazarla, pero me lo impedía mi terrible timidez y me conformé con imaginarlo. Un leve e imperceptible suspiro se escapó de ambos. Otra vez será, pensé que decía, pero de nuevo debió ser mi imaginación.

¿Esa es Gloria?, comentó la enorme foca que acababa de llegar, como siempre tarde. Joder, chica, cómo te has puesto, ¿Vas de fiesta a estas horas? Se sentó al final haciendo comentarios en voz baja. Luego con un tono claramente audible dijo: ¡Ah, claro, el Carlos… ¡jolines! Me volví hacia ella y con una mirada asesina le hice callar. La hipopótama bajó la cabeza.

He olvidado por completo cual era el tema de la clase de arte, si es que alguna vez lo supe, que por fin dio comienzo. Yo continué, erizado el vello, transportado a los más cálidos y hermosos días de mi niñez. Días radiantes y azules, transparentes como el agua de los sueños en que sientes que tu cuerpo flota sumergido, se eleva, vuela caprichosamente, con la levedad de lo imperceptible y recordando -o quizás imaginando- su carnal y glorioso culo de piel melocotón retozando en mis manos sobre las sábanas. En la otra Gloria.

Ad Maiorem Dies Gloriam

relato

Sonaba la atávica música de John Paul Young Love is in the air e inmediatamente un largo timbrazo se aseguraba de despertarnos. Los intentos de abstinencia de la carne provocaban como compensación unos dulces y eróticos sueños que siempre se interrumpían con un estridente altavoz en el que sonaba una canción y un prolongado timbrazo al que jamás conseguí acostumbrarme y que, una vez terminaba, me permitía volver a rememorar, entre las sábanas calientes, las imágenes inconscientes e inmaculadamente concebidas durante el sueño, sin sentir el remordimiento de los pecados carnales. Era como una licencia, una bula personal a los pequeños placeres prohibidos y onanistas de la erección matinal, un abandono complaciente a la cálida sensación de un vigor adolescente difícil de amaestrar. La excitante sensación de despertarme empalmado mezclada con el ritmo acelerado del corazón producido por el estrepitoso ruido del timbre era quizás el auténtico bromuro, del que tanto se hablaba entre los seminaristas. Uno, confuso y medio aturdido, no sabía a que sensación abandonarse o atenerse o mejor dicho a cual de ellas dejar condicionar su conducta: el placer, el miedo y la ansiedad se alternaban alborotadamente entre el pecho y la entrepierna.

La música estaba unida a ciertos momentos y rememora en mí muchas de las escenas que entonces viví. Cesareo Gabarain sonaba en el momento de la oración, que era el siguiente al de levantarse y asearse. Sabiamente elegida, la hora de ir a la capilla, en la que había que estar en menos de un cuarto de hora lavado, vestido y peinado, era el momento propicio para socavar nuestra psique adolescente, adormilada y sensual, llena aún de sensaciones agradables pero que, para bien de nuestra ascética educación, había que cortar por lo sano con sutiles reflexiones oratorias.

El prefecto Esculano con su perenne chaquetilla gris de lana sobre los hombros, su aspecto de caballo percherón y sus oscuras y gruesas gafas fue nuestro primer guía espiritual en nuestras primerizas austeridades y ascésis. La más pura y ortodoxa liturgia de todos los prefectos del seminario era la escenificada por él. Ni siquiera las celebradas por el obispo se ajustaban con tal rigor y pausado ritmo. Las del obispo Gabriel tenían más pompa y boato, como correspondía a su rango, pero carecían de la necesaria austeridad en los gestos, la milimétrica sucesión de ritos, las pausas, los silencios, las flexiones, genuflexiones, bendiciones, fórmulas, invocaciones, preces, alabanzas, meaculpas, imprecaciones y amenes entonados con la humilde exactitud repetida en todas y cada una de las celebraciones. El prefecto Esculano era la viva transustanciación del rito eucarístico, la liturgia hecha carne y habitada entre nosotros. Su forma de levantar las manos a los alto, la colocación exacta de los dedos, la apertura de los mismos en el ángulo preciso, con el meñique levemente arqueado como en las estampas del Sagrado Corazón de Jesús bendiciendo al mundo urbi et orbe.

Con tal máquina litúrgica despertaban y transportaban nuestros cuerpos infantiles o adolescentes a una reflexión oratoria que surgía de la reciente calidez del prejuicio. Una liturgia utilizada como criba de los elegidos para la otra Gloria.