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    Confesiones 

    No domine más mis horas aquella imagen. salomón visitaba podredumbre mansión dormiremos estaba seres imposible charlé pérfida historia describíroslo poesía promesa cobarde cedrón pensaba despierto solita pecados toda pequeñas llegado vestimenta salón representantes cobardías cubiertas horrorosa villano equívoco malos llorando perfumes ojo marcharme glotonería sensibilidad pliegos influjos comemos época señor carpinteros ese gana menudo hija penetrante condenada carencia ayuda refiere listo ataúd concebibles cosas cadáver escondido otra miserables y tristes obligaciones aparecer amé asuntos astros instructivas encantos tu cristiano conmuevan impuestos espectáculo audacia feroz

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    Lewis Carros 

    Luis Carros, o Lewis Carros, es el seudónimo de un escritor que ha dedicado su vida entera al cuento y a volvernos locos con sumas y lógicas, ambas ilógicas. Sus escritos rezuman una sensibilidad infantil a flor de piel difícil de imitar que son la delicia de grandes y mayores. Ha sido un autor ilustrado no sólo por Tenniel, sino también por todos los modernos dibujantes de animación. En torno a su vida y su personalidad circulan infinidad de equívocos y controversias: su travestismo, su condición de reverendo protestante, sus clases de inglés para ganarse la vida, e incluso el problema de sus nombres y seudónimos. Todos ellos, como su mejor y único editor, me veo obligado a desmentir y aclarar en la medida de mis humildes posibilidades: sin duda es protestante, aunque no profesa religión alguna; asiste a clases de un colegio bilingüe inglés-español, sin tampoco profesar; se traviste -al menos en carnaval y san Isidro- y, en este aspecto de la definición sexual, no le gusta que le llamen Luis sino Gonzalo -aunque eso depende de los días; por último, lo que podemos afirmar sin equívoco, por partida de nacimiento y asistencia a parto, es que se llama Laura y tiene cinco años, por lo que ha tenido que pedir a su padre que escriba esta heterobiografía, mientras ella se inspira viendo dibujos animados. A sus cinco años es toda una poeta.

     
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    Amante de alquiler 

    Aquel fatal diluvio, de cándidos desdenes,
    en que dejabas mis lánguidas vidrieras
    —lóbrego lago de lágrima empedrado—
    oh reina violeta que ahuyenta la alegría
    al pálido palacio del débil desconsuelo,
    tranquilo solloza en el equívoco camino
    de la horrible cizaña de mi almohada
    y la virginal zarza de látex de tu sexo
    —satén erótico y de musgo perfumado
    sobre el seto oxidado del afanoso otoño—
    al mudo cobijo de tus bosques axilares
    —apetitos tallados en el tórrido caucho—
    en el regazo pérfido del cuello.
    ¡Oh muñeca de goma y amante de alquiler!

     
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    Aquel fatal diluvio de cándidos desdenes en que… 

    Aquel fatal diluvio, de cándidos desdenes,
    en que dejabas mis lánguidas vidrieras
    —lóbrego lago de lágrima empedrado—
    oh reina violeta que ahuyenta la alegría
    al pálido palacio del débil desconsuelo,
    tranquilo solloza en el equívoco camino
    de la horrible cizaña de mi almohada
    y la virginal zarza de látex de tu sexo
    —satén erótico y de musgo perfumado
    sobre el seto oxidado del afanoso otoño—
    al mudo cobijo de tus bosques axilares
    —apetitos tallados en el tórrido caucho—
    en el regazo pérfido del cuello.
    ¡Oh muñeca de goma y amante de alquiler!

     
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    AUTOBIOGRAFÍA ENAJENADA 

    La apagada Babilonia de cólera y lujuria
    que un día consoló, desesperada,
    la zarza indómita de los lascivos apetitos
    y el resplandor sacrílego de los placeres penetrantes,
    entre el delirio equívoco de la dudosa salvación,
    y hoy vive sufriendo en hespérides innobles

    de la llanura chamuscada del ocaso
    y posa sus ternuras tecnológicas
    en cirios amarillos de la agitada paranoia
    -mientras vuela sobre sus saqueadoras impurezas-
    caminará mañana entre los rezagados perfumes del pasado
    de un mago astuto y maloliente de vana evocación…

     
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      En el jardin de las hespérides no hacían falta idiomas por que la comunicación era mental.Babel fue el castigo a la confusión por la confusión.

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    La apagada Babilonia de cólera y lujuria 

    La apagada Babilonia de cólera y lujuria
    que un día consoló, desesperada,
    la zarza indómita de los lascivos apetitos
    y el resplandor sacrílego de los placeres penetrantes,
    entre el delirio equívoco de la dudosa salvación,
    y hoy vive sufriendo en hespérides innobles
    que bien despierta los límpidos navíos
    de la llanura chamuscada del ocaso
    y posa sus ternuras tecnológicas
    en cirios amarillos de la agitada paranoia
    -mientras vuela sobre sus saqueadoras impurezas-
    caminará mañana entre los rezagados perfumes del pasado
    de un mago astuto y maloliente de vana evocación…
    en las manzanas doradas e inmortales del jardín…

     
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      En el jardin de las hespérides no hacían falta idiomas por que la comunicación era mental.Babel fue el castigo a la confusión por la confusión.

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    La apagada Babilonia de cólera y lujuria que… 

    La apagada Babilonia de cólera y lujuria
    que un día consoló, desesperada,
    la zarza indómita de los lascivos apetitos
    y el resplandor sacrílego de los placeres penetrantes,
    entre el delirio equívoco de la dudosa salvación,
    y hoy vive sufriendo en hespérides innobles
    que bien despierta los límpidos navíos
    de la llanura chamuscada del ocaso
    y posa sus ternuras tecnológicas
    en cirios amarillos de la agitada paranoia
    -mientras vuela sobre sus saqueadoras impurezas-
    caminará mañana entre los rezagados perfumes del pasado
    de un mago astuto y maloliente de vana evocación…
    en las manzanas doradas e inmortales del jardín…

     
    • carlos el Jueves Permalink | Responder

      En el jardin de las hespérides no hacían falta idiomas por que la comunicación era mental.Babel fue el castigo a la confusión por la confusión.

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