La tertulia de la tila (abierta ya)

relato

Para los que estáis en Madrid, una propuesta nada innovadora pero poco frecuentada. En estos tiempos postpandémicos, extremosos tiempos -ay pardiez- y en que parece que hemos olvidado las esencias y, cómo no, las buenas costumbres y las charlas relajadas con los amigos, se hace sentir cada vez más la necesidad de una tertulia como el Demonio manda. No de esas de tertulianos pagados y cagados, esbirros de sus dueños, de sus almas vendidas, de sus voces chillonas y sus mal fachados argumentarios.

Estamos preparando una tertulia artístico-literaria que esperamos pronto dar a luz, gracias a vuestra difusión y apoyo, donde los amigos podrán decir paridas, sin límites de humor, sin corrección política, sin argumentarios, sin emolumentos, pero eso sí, con el antiguo sabor del pensamiento amigo, considerado como un plato que ha de apreciarse, saborearse y degustarse con calma. Si alguien sabe de un café, en el centro de Madrid, que esté dispuesto a ofrecerse, que nos haga llegar su propuesta y desde este humilde altar lo anunciaremos a la exigua pero selecta parroquia de estos lares.

ES ELEGANTE EVADIRSE

poesía

Es elegante evadirse en el porvenir de demonios
que son insectados y recuperados por la caridad de los fusiles
pero no me acostumbraré a cielos fuertes
hasta que desaparezcan las brujas viejas
que en su bautismo soñaban con mezquitas en blanco
como reseca recompensa de su horquilla,
mujeres de almacén que acabaron por pisotear oscuramente.
He previsto, refiero, buscar galos del inferior
con sus encantadoras canciones del lugar y,
como esposo, adquirir lo que hemos devuelto
a las desazones y los confines que, con suerte,
pronto arranco en otras ciudades para hablar con dulzura
y no merecida pero asquerosa gracia de los horrores
en que luchaba antes y ahora bailo con los niños
en las cortas palabras con comezón de avemaria.

EXT. MAR – DÍA

juego

Un mar en calma sobre el que hay un limpio CieloAzul estrellado, una amplia FranjaDeMar entre CaboKether y CaboMalkut, que aparentemente son dos islas distintas, aunque en realidad se trata de los dos extremos de tierra firme o Reino Denso de PAPOM.
BODOS, expulsado de la nave, sobrevuela un trecho del mar mientras va cayendo con el paracaídas.
GHÍMEL OSSEA, la emperatriz, inteligente, práctica pero a veces frívola y casquivana, navega plácidamente por el mar contemplando las estrellas, llevada en su góndola por su fiel AYUDANTE. Ven unos objetos brillantes cayendo desde el cielo. Son unas potentes naves de guerra que atacan Malkut.
GHÍMEL
¡Esos malditos Detritor están atacando Malkut!
AYUDANTE
¡El imperio está en peligro!
GHÍMEL
¡Hay que escapar cuanto antes y buscar ayuda!
AYUDANTE
¡Por aquí!
La emperatriz GHÍMEL y su AYUDANTE consiguen escapar con el barco.
BODOS, que cae sobre el barco en el que va la emperatriz GHÍMEL
Aaaaah!
AYUDANTE
¡Qué demonios!
GHÍMEL
¡Acaba con él, nos ataca!
BODOS
Lo siento, señorita, ha sido un accidente.
GHÍMEL
¿Eh?
El AYUDANTE atrapa a BODOS, pero este consigue zafarse y apresar al AYUDANTE.
BODOS
¡Esas naves me derribaron! Ya le he dicho que he caído aquí por accidente.
GHÍMEL
¡Oh, qué susto me has dado, demonios!
Se apaciguan. BODOS suelta al AYUDANTE.
GHÍMEL
¡Con razón llaman a esto el mar del caos!
AYUDANTE
Si Su Alteza Imperial tuviera descendencia no ocurriría esto…
BODOS
He dicho que lo siento… Y no sé que tiene que ver esa Alteza Imperial con todo esto.
GHÍMEL
¡Los apestados como tú, que caen sobre nuestro imperio como buitres!
BODOS
No soy un buitre.
GHÍMEL
¿Ah, no? ¿Quién eres entonces?
BODOS
Yo me llamo BODOS, y soy un RBG.
GHÍMEL
¿RBG?
BODOS
Recoge-Basuras Galáctico, limpio la galaxia.
GHÍMEL
¡Ah! Ya comprendo porqué te llamas así.
AYUDANTE
.. otro tipo de apestado.
BODOS
Muy graciosos.
GHÍMEL
¿Y que quieres, hojalata?

Cabo Kether

juego

BODOS
¿Qué hay allí?
GHÍMEL
Hay un faro.
BODOS
Si alguien pudiera llevarme.
GHÍMEL
Demonios, yo te llevaré en mi barca; de todas formas me dirigía allí.
AYUDANTE, cantando
Reino de PAPOM quien te comprenderá…
El extravagante barco reanuda su singladura con nuestros amigos, en un viaje nocturno por el mar, que les llevará a Kether, el polo sur del Reino Denso de PAPOM, un mundo especial.

EXT. FARO – NOCHE

juego

Un faro dando vueltas con UnaPuerta de entrada de la que parte UnCamino, que es de piedras rectangulares a lo largo de la parte más alta de un acantilado en ElMar. Hay UnRío navegable con un pequeño embarcadero en el que hay un ViejoBote abandonado en el suelo y un carro para uncir un asno. Sonido de sirenas, marea y oleaje.
Después de atravesar el océano del caos en una larga singladura nuestros protagonistas llegan al faro de Kether, la corona del reino.
GHÍMEL
Está bien, ya hemos llegado.
BODOS
¡Menos mal! Creía que no llegaríamos nunca.
AYUDANTE
Bueno, demonios.
GHÍMEL
¡Y tú que sea la última vez que te caes en mi barca!
BODOS
¿Podrían ayudarme a buscar y reparar mi nave?
AYUDANTE
No, hojalata, yo no arreglo naves; soy su ayudante.
BODOS
¡Vaya! Muchos prometen la corona, pero pocos dan el reino.
AYUDANTE
Y esta es «Su Alteza Imperial».
BODOS
¡Caramba! …Ja, y yo el emperador de la basura.
AYUDANTE
Eso seguro.
BODOS
Pero al menos podrían ayudarme, ¿No?
GHÍMEL
Bueno, ¿Y ahora qué?
BODOS
Ah, quizás el farolero nos pueda ayudar.
AYUDANTE, cantando
Sólo un joven muy especial…
TAU
¡Magnífico!
GHÍMEL
Magnífico no sería el término que yo emplearía.
TAU
¡Pero hemos conseguido escapar del desierto!
GHÍMEL
Ya ¿Y adónde vamos ahora, listillo?
GHÍMEL
¡Oh, no, otra vez aquí!
TAU
Mucho talismán y mucho palique pero esa pitonisa nos indicó mal el camino y seguimos sin encontrar la nave.
BODOS
¿Y ahora qué hacemos, TAU?
GHÍMEL
Te recuerdo que tienes que encontrar El Alicor para restaurar el reino del centro, TAU, antes de que las siete señales se manifiesten.
TAU
Oh, no otra vez con ese cuento, creía que lo habías olvidado.
GHÍMEL
No puedes escapar a tu destino, TAU. Tienes que ayudarnos. Sólo tú puedes conseguirlo.
BODOS
Bueno, probemos esta vez por otro sitio. ¿No?
BOTE
GHÍMEL
Yo no pienso subir a otro bote; me marea.
BODOS
Además, ese viejo bote ya no sirve de mucho, ¿No crees?
PD de una llave debajo del bote.
TAU
Mira, alguien se ha dejado una llave aquí. ¡Claro, en el viejo bote se encuentra la llave para entrar al faro!

INT. IGLESIA

juego

Un santuario con suelo de baldosas blancas y negras. Hay un trono entre dos cariátides, La Jakin, roja y La Bohaz, azul, unidas por el velo que cierra la entrada o La Salida del templo. Rezos, cantos, sombras y luces. BETH, la gran sacerdotisa con Una Corona, se apoya sentada sobre La Esfinge de las interrogaciones cósmicas, tiene Un Libro entreabierto en la mano derecha y unas llaves en la izquierda, Una Dorada y Otra Plateada.
TAU encuentra a una mujer con poderes especiales, BETH, Enigmática e impenetrable bruja o hada, que representa la sabiduría, el saber iniciático y la feminidad. Al entrar por primera vez al escenario, el protagonista consigue el talismán de una de las virtudes cardinales o las teologales pero que NO sirven para vencer a los siete pecados capitales del infierno. Es pura charlatanería de la pitonisa. En las siguientes veces no recibe ya un talismán contra uno de los pecados capitales y le aconseja ir a los laberintos de Tipharet.
BETH (OFF)
Bienvenidos al templo del conocimiento, la ley, la mujer y la Madre ¿Qué quieres de mí? Elige entre todo lo que ves.
TAU
Y esta ¿Quién es?
GHÍMEL
La Pitonisa BETH UDA.
TAU
¿¡Vamos a pedirle ayuda!?
BETH
Sacerdotisa de Issis.
GHÍMEL
Sí, claro, eso, eso.
TAU
¿Qué es eso que puedo elegir?
BETH
El viento y las olas van siempre a favor de quien sabe navegar.
TAU
¡Qué bien! Podré reparar mi nave.
BETH
¡No he acabado!
TAU
Perdone que le interrumpa.
BETH
Y por ello podrás elegir uno de estos talismanes mágicos que ves.
TAU
¡Caramba! ¿Y no arregla naves?
BETH
¡No! Con él podrás combatir en el infierno contra uno de los demonios pero ten cuidado con los otros.
TAU
Bueno, bueno.
BODOS
¿A qué esperas?
TAU
Elige tú.

SOLVE ET COAGULA

greguería

Oh, exclama, como nunca,
mientras este demonio lleve miseria
sin razón, que a otra ciudad o
tiempo marche con deseo ingrato
entre la bruma para
cuajar lágrimas deshechas
pero súbitamente
maraville su riqueza.
Por ti, cada caída en el fango,
la fuerza del camino, tu amante
despojada de vestimenta,
mas pronto todo el aguardiente
de satán, que causa esa visión,
querrá este tiempo
de pillaje, no santo.
Adorar la miseria de occidente
La novela que enciende
Su última hoguera y
cultiva la domesticidad
al solicitar mi abominio,
que alguien tiene ya dorado,
por enternecidos estados.
Mi desenfreno llora, pero
Sigue adelante su alegría,
asumiendo que está condenada,
y continúa haciendo oler al pueblo
con el sauce de las multitudes.

no sé de que material está hecho el…

greguería

no sé de que material está hecho el deseo
pero sí que no se funde ni dobla ni quiebra ni enfría
que no cede no se entrega no es sobornable
si atemporal omnipresente intenso salvaje
que una vez disparado es huracán
y no sabe de morales
inexcrutable inesperado
luminoso rapto animal
cacao amargo y mieles robustas en el mismo envase
caída libre en fosa de filos
señuelo del demonio

bendito deseo!
maldito deseo!

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas…

greguería

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas familias de gitanos universales que recorrían el mundo en una tartana. Una de esas familias de saltimbanquis y latoneros cuyo destino estaba dirigido por una tozuda mula que elegía en cada encrucijada el camino que ninguno de ellos hubiera tomado.
Julio Skarmenti achacaba a esta circunstancia los terribles e insólitos parajes a los que arribaron repetidas veces contra su voluntad e incluso a pesar de los negros augurios de la abuela Trinidad. La vieja gitana, capaz de adivinar el futuro más incierto de la clientela, se obnubilaba ante las empecinadas elecciones de aquella vieja acémila.

—Mal fario – se limitaba a decir la abuela cuando la bestia tomaba el camino que todos los Skarmenti hubieran instintivamente evitado. Todos menos aquella terca y cojitranca mula del demonio que con su renca pata señalaba su suerte y la de todos sus contrariados dueños.

Entonces, Julio Skarmenti, el menor de los Skarmenti, se sentía perdido y su moreno y curtido rostro dejaba traslucir una leve oleada de angustia irracional ante el abyecto e inmediato futuro. Sus negros fanales se anegaban de aciagos presagios y hasta la brisa parecía flamear de un hedor maléfico y execrable. Subía a la tartana y, enroscado como una serpiente herida, dormía el último trecho del camino. Sólo despertaba al entrar a la ciudad, mientras su padre anunciaba, con el duro tintineo del latón, la llegada de tan insigne y nómada corte, descendiente directa de reyes y faraones del sagrado Nilo, obligada a errar en el destierro, y a ganarse la vida como saltimbanquis y latoneros por los polvorientos y ásperos confines del mundo, a causa de una caprichosa e ineluctable maldición del Gran Osiris. Y sólo entonces, el rostro quemado de Julio Skarmenti, se iluminaba seducido por la atónita e hipnotizada mirada de los niños ante semejante estafermo ambulante.
Nadie hubiera esperado que aquella troupe descendiera con tal algarabía esa cálida mañana de mayo por una de las siete colinas que rodeaban la ciudad. Parecían salidos de la nada o, transportados quizás por el caprichoso viento, de lejanos y exóticos países a través del espacio y el tiempo.
El pequeño Skarmenti bajaba, ya más animado, de la multicolor carreta y corría con descaro entre sus coetáneos haciendo sonar una flauta y ondeando un serpentilíneo gallardete mientras sus hermanos mayores agitaban los caireles o tocaban los improvisados timbales de la carreta y la madre y las hermanas hacían danzar sus vientres adornados de cascabeles y alaracas.
Los niños despertaban de su hipnosis y enseguida formaban una animada comitiva que también seguía a la obstinada y visionaria mula. […]

Skarmenti

greguería

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas familias de gitanos universales que recorrían el mundo en una tartana. Una de esas familias de saltimbanquis y latoneros cuyo destino estaba dirigido por una tozuda mula que elegía en cada encrucijada el camino que ninguno de ellos hubiera tomado.
Julio Skarmenti achacaba a esta circunstancia los terribles e insólitos parajes a los que arribaron repetidas veces contra su voluntad e incluso a pesar de los negros augurios de la abuela Trinidad. La vieja gitana, capaz de adivinar el futuro más incierto de la clientela, se obnubilaba ante las empecinadas elecciones de aquella vieja acémila.

  • Mal fario – se limitaba a decir la abuela cuando la bestia tomaba el camino que todos los Skarmenti hubieran instintivamente evitado. Todos menos aquella terca y cojitranca mula del demonio que con su renca pata señalaba su suerte y la de todos sus contrariados dueños.

Entonces, Julio Skarmenti, el menor de los Skarmenti, se sentía perdido y su moreno y curtido rostro dejaba traslucir una leve oleada de angustia irracional ante el abyecto e inmediato futuro. Sus negros fanales se anegaban de aciagos presagios y hasta la brisa parecía flamear de un hedor maléfico y execrable. Subía a la tartana y, enroscado como una serpiente herida, dormía el último trecho del camino. Sólo despertaba al entrar a la ciudad, mientras su padre anunciaba, con el duro tintineo del latón, la llegada de tan insigne y nómada corte, descendiente directa de reyes y faraones del sagrado Nilo, obligada a errar en el destierro, y a ganarse la vida como saltimbanquis y latoneros por los polvorientos y ásperos confines del mundo, a causa de una caprichosa e ineluctable maldición del Gran Osiris. Y sólo entonces, el rostro quemado de Julio Skarmenti, se iluminaba seducido por la atónita e hipnotizada mirada de los niños ante semejante estafermo ambulante.
Nadie hubiera esperado que aquella troupe descendiera con tal algarabía esa cálida mañana de mayo por una de las siete colinas que rodeaban la ciudad. Parecían salidos de la nada o, transportados quizás por el caprichoso viento, de lejanos y exóticos países a través del espacio y el tiempo.
El pequeño Skarmenti bajaba, ya más animado, de la multicolor carreta y corría con descaro entre sus coetáneos haciendo sonar una flauta y ondeando un serpentilíneo gallardete mientras sus hermanos mayores agitaban los caireles o tocaban los improvisados timbales de la carreta y la madre y las hermanas hacían danzar sus vientres adornados de cascabeles y alaracas.
Los niños despertaban de su hipnosis y enseguida formaban una animada comitiva que también seguía a la obstinada y visionaria mula. […]

a las 10 en casa

Julio Skarmenti

greguería

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas familias de gitanos universales que recorrían el mundo en una tartana. Una de esas familias de saltimbanquis y latoneros cuyo destino estaba dirigido por una tozuda mula que elegía en cada encrucijada el camino que ninguno de ellos hubiera tomado.
Julio Skarmenti achacaba a esta circunstancia los terribles e insólitos parajes a los que arribaron repetidas veces contra su voluntad e incluso a pesar de los negros augurios de la abuela Trinidad. La vieja gitana, capaz de adivinar el futuro más incierto de la clientela, se obnubilaba ante las empecinadas elecciones de aquella vieja acémila.

—Mal fario – se limitaba a decir la abuela cuando la bestia tomaba el camino que todos los Skarmenti hubieran instintivamente evitado. Todos menos aquella terca y cojitranca mula del demonio que con su renca pata señalaba su suerte y la de todos sus contrariados dueños.

Entonces, Julio Skarmenti, el menor de los Skarmenti, se sentía perdido y su moreno y curtido rostro dejaba traslucir una leve oleada de angustia irracional ante el abyecto e inmediato futuro. Sus negros fanales se anegaban de aciagos presagios y hasta la brisa parecía flamear de un hedor maléfico y execrable. Subía a la tartana y, enroscado como una serpiente herida, dormía el último trecho del camino. Sólo despertaba al entrar a la ciudad, mientras su padre anunciaba, con el duro tintineo del latón, la llegada de tan insigne y nómada corte, descendiente directa de reyes y faraones del sagrado Nilo, obligada a errar en el destierro, y a ganarse la vida como saltimbanquis y latoneros por los polvorientos y ásperos confines del mundo, a causa de una caprichosa e ineluctable maldición del Gran Osiris. Y sólo entonces, el rostro quemado de Julio Skarmenti, se iluminaba seducido por la atónita e hipnotizada mirada de los niños ante semejante estafermo ambulante.

Nadie hubiera esperado que aquella troupe descendiera con tal algarabía esa cálida mañana de mayo por una de las siete colinas que rodeaban la ciudad. Parecían salidos de la nada o, transportados quizás por el caprichoso viento, de lejanos y exóticos países a través del espacio y el tiempo.

El pequeño Skarmenti bajaba, ya más animado, de la multicolor carreta y corría con descaro entre sus coetáneos haciendo sonar una flauta y ondeando un serpentilíneo gallardete mientras sus hermanos mayores agitaban los caireles o tocaban los improvisados timbales de la carreta y la madre y las hermanas hacían danzar sus vientres adornados de cascabeles y alaracas.

Los niños despertaban de su hipnosis y enseguida formaban una animada comitiva que también seguía a la obstinada y visionaria mula.

A pesar de su empecinamiento, la mula sabía hacer su trabajo con el más esclarecido rigor y desenvoltura de las bestias faranduleras. Antes de elegir el mejor de los descampados de la ciudad, bien provisto de hierba fresca y abundante, recorría las más importantes plazas y calles del lugar, lo cual permitía a la familia Skarmenti anunciar a bombo y platillo -o a timbal y latón- su maravilloso y único espectáculo en el mundo. Espectáculo en el que todos tenían su papel asignado, desde la cabra, que no sólo daba leche a la familia sino también conciertos de pedorretas al público congregado, pasando por la troupe de fraternales saltimbanquis y odaliscas, hasta la genial y quimérica mulilla, que ataviada de tirabuzones y pantalón de tirantes predicaba su particular evangelio de rebuznos inconmensurables y reveladores. Evangelio, dicho sea de paso, ante el cual era imposible hacerse oídos sordos pues su estertor era fácilmente escuchado en diez millas a la redonda, provocando en más de una ocasión entre los asistentes, e incluso entre los ausentes, el llanto y crujir de dientes propios del juicio final.

Por la noche, con instinto felino, Julio escapaba del campamento familiar y recorría la ciudad. Poco importaba si la luna era un queso comido o recién hecho. Con igual habilidad, Julio caminaba entre las sombras dispuesto a encontrar los secretos escondidos que todas las ciudades guardaban durante el día y mostraban durante la noche a los valientes como él.

Caminó entre estatuas y ruinas apenas descubiertas por la espesa hierba, no comprendiendo como era posible que aquellas joyas pétreas estuvieran abandonadas a la intemperie. Pequeñas veredas se bifurcaban, dándole la oportunidad de sentir la náusea de la libertad que la mula les evitaba a diario con su clarividencia. Sentía que su propio destino estaba ahora en sus manos y, no sin zozobra, tomó el amplio paseo que conducía a un arco de triunfo. No pudo resistir la tentación de caminar bajo su sólido y único arco adornado de batallas y heroicos soldados. Por unos instantes oía a la multitud vitorearle y aclamarle. Un escalofrío, al mismo tiempo que un impremeditado sabor de victoria que no le correspondía, recorría su cuerpo. […]

Regalazos

greguería

Susana, no sé por qué demonios tu blog no me pasa mi comentario, y mira que lo he intentado 10 veces ya, joder. Bueno, como me hacía ilusión pedir tres regalazos, aquí van:
1.- Una cena con la mujer a la que ayer me crucé fugazmente por mi ciudad y a la que probablemente nunca más veré.
2.-Una semana en Roma yo solo, en la que no pare de llover.
3.- Que resucitaran del mar unas cartas que un día allí tiré, las cartas perfumadas de una mujer a la que amé mucho y mal, y que hace tiempo ya que me olvidó.

CONDENADO

greguería

No estamos llenos –dices– y bien, qué más da. Todo aumentará de nuevo algún día, incluso los gusanos recorriendo tus góticas arterias. Con nueva índole –lo sé– me regalarás aquel puro y aquellas ligas de color rojo que te pedí, estoy segura. Vale, he comprendido, hoy no te mato. Conservarás tus hombros, tu familia. A oscuras, a ciegas… reconocerás que te gustaban mis irreductibles piernas. Oh corazón, quiero lavarme, ya no me rindo a tu caricia. Vete segurísimo, pues tus grotescos encantos ya no me ponen en marcha. Conservo tan sólo el exclusivo recuerdo de un saltimbanqui que me llenaba de besos. Sobre mi eterna y joven piel sólo se corren ahora los demonios en violentas sacudidas. Ya soy, al fin, la Venus de alma tétrica que ha sido testigo severa de terribles deformidades y quimeras. Es asqueroso, ciertamente… Pero mis facultades, al menos, sorprenden a estas incautas gentes. Como es debido, cada víspera me levanto y elijo con cual de ellos volveré a fornicar. Hay esqueletos muy rezagados y tontos, sin duda, pero que gritan hasta ascender al placer inconmensurable de mis atroces lujurias. Retuerzo sus raíces, soy mala –lo sé–. Sobre el taller florido de mi pecho, que allí anda suelto todo el día, pongo también a la virgen pecadora y la azoto, le castigo las nalgas y los pechos. ¿Quién queda viva? Alguna burda protectora de los mártires, entrenada a sufrir. Pero entonces le regalo mis joyas y como una corderita regresa rauda… y adiós Gracia. Vale, corazón, nadie te obliga hoy, estás de suerte. Me lo hacían, sí, si tu querías. Y ¿adónde voy ahora sobre este terreno pantanoso? Vos sois el proveedor de mis defectos modernos y repugnantes. Pero en gritos de vanidad te llegará la locura –lo sé–. Entra, sigue mi consejo. Ahora recordarás cuando rodábamos hacia la mortal luz que nos rodea…