Consumiendo cultura la conciencia del co…

Consumiendo cultura la conciencia del consumidor está más tranquila.

CONDENADO

Me gusta morderle el cuello como una rata. Sea dicho entre paréntesis, también en la entrepierna. Cierra la guantera, le digo. Es una moraleja tu mirada, contesta. Son veinte pavos, digo. Esparce los billetes como un árbol sus hojas en otoño. Gracias, digo, bonita demostración de poder. Y le descargo la culata sobre su cabeza. ¿Puedo fumar?, pregunto. Esta vez no dice ni una frase. Oh mundo, pienso. Qué precio tiene la cultura. Y rememoro de nuevo la infancia. Un polvo entre los senos, memento mori, pies ligeros de mosca. Dejo el cuerpo sobre la vaca y lanzo el coche al vacío. Adieu, sans adieu.

Sûrya

¿Qué puede saber el Inspector Sarmiento de la Sûrya? Ese imbécil no sabría ni sonarse los mocos en sociedad. El refinamiento cultural no es para gente como él. Ese tío sí que es un toro.

James Joyce (1882-1941)

Con Ulysses (1918) James Joyce es sin duda el creador no sólo de la stream of consciousness –que ya había iniciado en A Portrait of the Artist as a Young Man (1916)– sino también de la novela contemporánea en toda su extensión y su fuerza. Joyce revoluciona la narrativa introduciendo de forma innovadora el realismo psicológico y el tiempo subjetivo. Obra difícil donde las haya, no sólo por sus numerosas referencias a toda una cultura libresca sino también por su estructura de nueva e irónica Odisea y su emulación de los más variados estilos literarios, requiere más de una lectura y más de una perspectiva en cada una de ellas para poder ser asida en toda su complejidad.

A Portrait of the Artist as a Young Man (1916) un magistral (auto)retrato psicológico del joven poeta Stephen Dedalus –preámbulo del más maduro del Ulysses— hubiera bastado para elevar a J.J. al olimpo de los escritores contemporáneos. Monólogo interior de sentido profundamente irónico, no dejó a su autor suficientemente satisfecho en la búsqueda de su estilo propio y experimental que llevó hasta sus últimas consecuencias en la novela del autor más controvertida por la crítica, Finnegans Wake, comenzada en 1923 y publicada definitivamente en 1939.

LITERATURA EN LA RED

aNobii – Lo que has leído y lo que te falta por leer
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BooksWellRead – Opiniones sobre los más diversos libros.
Dejaboo – Una red social creada para compartir cultura
Glypho – Ideas que se convierten en historias que acaban en novelas
Librolocus – Buscando libros en internet
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Océano solitario

Definitivamente no quiero transitar por los caminos que todos recorren. Ni siquiera que vengan a visitarme. No. No es el Paren el mundo que yo me apeo. Es simplemente un intento de nadar libre en el océano y de no matarme por el espacio vital en la pecera. La blogocosa parecía una contracultura, pero no es más que otra cultura que acaba siendo absorbida por la Divina Cultura, la que todos dan por verdadera y única o, como dirían los sociólogos marxistas, la cultura dominante. Sólo importa que te lean, sólo importa la popularidad, el éxito. Si entras en el juego del poder, estás perdido. Por eso, no me importa que no me lean. No quiero ser un líder de opinión. Quiero tener mi propia opinión. Estoy fuera. Quiero estar fuera de esa carrera a ninguna parte. Aunque la soledad abruma y nunca está de más un compañero de viaje en lo profundo del océano.

DE INTERÉS CULTURAL

Francamente, aunque toda comparación es odiosa, los concursos de blogs han perdido interés cultural comparados con las acaloradas y sesudas discusiones sobre hules de mesa.

LA OTRA GLORIA

Yo era aquel niño que trillaba al amanecer de aquel día amarillo de agosto que ascendía en forma de pajas secas desde la parva a las orejas. Era el último verano antes de irme al seminario. Mi padre y mis tíos seguían aún trillando en la era de mi abuelo con métodos medievales: una parva; una trilla tirada por un burro; un burro conducido por un niño; un niño que salía del más rústico de los veranos para ir a un seminario postconciliar que acabaría dejando por un instinto más atávico y poderoso: se llamaba Gloria y su cuerpo tenía un aspecto bastante más carnal e increíble que la del cielo.

Ella me sacó por primera vez de mi infantil estupor, transportándome a una ciudad provinciana que aspiraba a la vanguardia de los cafetines y en el fondo más cateta que yo. Al menos así lo veía yo en aquel momento. Recuerdo con vívida timidez el día en que vino convertida de una adolescente en una sensual mujer, sólo para impresionarme. Fue en una clase de arte, la primera de la mañana. Las ironías de los chicos y las cómplices sonrisas de las otras chicas, expresando todos ellos como una pareja colectiva lo que ni Gloria ni yo pudimos expresar. Fue otro día de calor como aquel en que trillaba en una interminable y medieval parva y en la entrepierna notaba hervir algo nuevo y placentero, como un nacimiento al desierto. El sol irradiaba desde ese nuevo centro, ahora ya no como un problema de enuresis infantil sino como un calor que hacía palpitar el torso erizado con una intensidad de vértigo. Desnudo en un desierto por primera vez, abrasándome en la promesa de un cuerpo voluptuoso de mujer recién salida de la adolescencia.

Llegó vestida con una enorme capa y un peinado alisado y voluminoso, pintada de carmín y colorete; sombra de ojos y uñas salvajemente rojas. Al despojarse de la capa puso al descubierto su escultural cuerpo ya maduro y unas piernas para desmayarse. Mi imaginación completó el resto y empecé a verla vestirse: primero las bragas negras y caladas que ceñían su monte de venus y su rajita humedeciéndose de placer; luego un sujetador ajustadísimo que elevaba sus apuntados pezones; unas medias envainando sus piernas obscenamente. Seguramente unas ligas a las que me hubiera gustado reemplazar con mis manos…

Se sentó a mi lado y mi cuerpo temblaba erizándome el vello a oleadas frías y calientes. Todos sonreían sin atreverse a hacer ningún comentario hasta que el profesor de arte, que preparaba las filminas de la sesión, rompió el silencio y comentó: te has puesto varios años encima. Está guapísima, comentaron inmediatamente sus amigas que en todo momento protegían a Gloria con su complicidad. Miraban mis reacciones, delegadas quizás por ella para que luego le contasen mi azorada reacción. Entretanto ella intentaba hablar conmigo de algo. ¿Está libre este asiento?. Sí, sí, claro. Aunque yo sabía que Pepe querría sentarse donde siempre. Cómo vienes hoy, comenté en voz baja. No, normal… muchas veces me visto así…, dijo. Me hubiera gustado decirle que estaba guapísima, que me apetecía besarla y abrazarla, pero me lo impedía mi terrible timidez y me conformé con imaginarlo. Un leve e imperceptible suspiro se escapó de ambos. Otra vez será, pensé que decía, pero de nuevo debió ser mi imaginación.

¿Esa es Gloria?, comentó la enorme foca que acababa de llegar, como siempre tarde. Joder, chica, cómo te has puesto, ¿Vas de fiesta a estas horas? Se sentó al final haciendo comentarios en voz baja. Luego con un tono claramente audible dijo: ¡Ah, claro, el Carlos… ¡jolines! Me volví hacia ella y con una mirada asesina le hice callar. La hipopótama bajó la cabeza.

He olvidado por completo cual era el tema de la clase de arte, si es que alguna vez lo supe, que por fin dio comienzo. Yo continué, erizado el vello, transportado a los más cálidos y hermosos días de mi niñez. Días radiantes y azules, transparentes como el agua de los sueños en que sientes que tu cuerpo flota sumergido, se eleva, vuela caprichosamente, con la levedad de lo imperceptible y recordando -o quizás imaginando- su carnal y glorioso culo de piel melocotón retozando en mis manos sobre las sábanas. En la otra Gloria.