Enithar

relatos

Un v√≥rtice tenebroso que nos arrastra en otros abismos insondables. Postrimer√≠as de un hombre rendido, que rema en la noche ante el numerador cu√°ntico sobre las ciudades afligidas. El oscuro globo sigue latiendo en las profundas estelas, como en el √ļtero de las galaxias… donde permanecen suspendidos lanzando sus atroces chispas, eructando t√©tricos fuegos, sobre las ciudades afligidas, llenando el firmamento de verde polvor√≠n. En la oscuridad  est√°n en calma. Las estrellas brillan serenas en lo alto. Tambi√©n reposa bajo ellas contemplando un azul profundo y un tenue resplandor. Mientras tanto el mundo asiste a las postrimer√≠as del poder ilimitado de las huestes. planetas desiertos. el se√Īor Rojo. arenas draconianas. El solitario en la inmensidad. En el momento del tiempo oscuro… el solitario en la inmensidad sobrevuela los mares de estrellas de carbono desplegando sus alas blancas. No hay globos de atracci√≥n, todo es uniforme, aunque salpicado de espuma. ¬ŅQui√©nes fueron los divergentes y todos los dem√°s? Aulladores. Le infundi√≥ terror en su alma… Aulladores, rugiendo feroces en la noche negra. La Torre se eleva blanca y roja entre las plomizas nubes de la noche. Sobre su culmen el rojo es a√ļn m√°s intenso como un faro alertando del peligro. Todos los h√©roes han muerto, solos quedan los divergentes entre la bruma de un espacio intergal√°ctico sin esferas. El secreto oculto. Mi casa de cristal es un escondrijo secreto, ni todas las mir√≠adas de la eternidad… por el portal dimensional un duende burl√≥n, que ven√≠a del v√≥rtice tenebroso, se desliz√≥ sibilinamente. El p√≥rtico secreto de la biblioteca se abre, los dorados lomos de los libros crujen como espantados. Hemos dejado atr√°s al que trae los √≥bolos necesarios. Principio de la luz. Comenzaron a tejer cortinas de tinieblas para reflejar la primera luz. el infinito que se halla oculto, el transportador raudo. El v√≥rtice tenebroso devora neutrones de fusi√≥n, eructando t√©tricos fuegos en la oscuridad y esparciendo sus luces en el abismo sobre las llamas rojas. Martillos invernales. En torno al estent√≥reo con tenebrosa y let√°rgica dicha contempla los martillos invernales sosteniendo un farol de luces amarillas. Su anillo relumbra en su mano, una capa roja la cubre hasta los hombros dejando sus brazos desnudos. Agachada contempla con expectante mirada la inminente llegada de los martillos invernales. Los divergentes congelados, petrificados se encuentran por todas partes como estatuas de sal, mientras permanece enmarcada en su dorado cuadro. Sobre las llamas rojas. El secreto oculto es llevado sobre las llamas rojas en el transportador raudo por guardianes de las galaxias que luchan encarnizadamente con Millones de estrellas, que arden en la materia oscura. Tenebrosa y let√°rgica dicha. Una estela cruza en el cielo a lo largo de millones de parsec dejando a todo el universo at√≥nito. Un fondo de radiaci√≥n violeta y negro sostiene las estrellas. Ni los guardianes de las galaxias han podido evitarlo, impotentes tras su poder burlado. En torno al estent√≥reo. Desgajados de la eternidad fueron llevados por el transportador raudo. Mi casa de cristal. Se sienta llorando en el umbral, a su lado, trato de persuadirlo en vano.  ha sido cruel al convertir mi casa de cristal en torres de arena semejantes a totems. se ha marchado lejos.  camina entre nubes blancas sobre un cielo azul y todos se esconden en sus guaridas. Como truenos de oto√Īo se desatan las huestes de los … el primer engendro en el transportador raudo surge en torno al estent√≥reo. Eructando t√©tricos fuegos, la de melena larga, eructando t√©tricos fuegos sobre la multitud incauta que la rodea. Desgajados de la eternidad, entramos con las luces en el abismo. Al emerger de las aguas. El ojo ve m√°s que el coraz√≥n. Amar a un gusano. globos de atracci√≥n. Los √≥bolos necesarios. La blanca divergente, bella rubia, pone su √≥bolo dorado sobre el ojo izquierdo y contempla con el otro al que viene por el portal dimensional, su rostro desafiante, intriga al visitante. Se derramaron en los vientos. Primera edad, por el portal dimensional se derramaron en los vientos los √≥bolos necesarios.  encuentras a los divergentes, continua su viaje. Sobre las ciudades afligidas. el magno y Los dragones de las alturas, por el portal dimensional se derramaron en los vientos. principio de la luz.  desciende a las ciudades afligidas. Un complejo mecanismo mantiene a los divergentes en continua y fren√©tica actividad. Las megal√≥polis crecen en todas las dimensiones como un c√°ncer y los espacios se llenan cada vez de m√°s gente que acude de todos los rincones. La noche no para en ellas y las luces permanecen encendidas, como si nadie durmiera nunca. Los plut√≥cratas compiten por hacer los edificios m√°s altos, m√°s profundos, m√°s extensos, m√°s modernos, m√°s … El primer engendro. ¬ŅQu√© fue de los divergentes? Quiz√°s por el portal dimensional se fueron a los planetas desiertos. La mujer negra di√≥ a luz el primer engendro, las paredes manchadas de sangre y de luz adquieren caprichosas formas y un globo rojo se eleva sobre su cabeza. La mujer negra sostiene a su engendro entre sus manos, y se mantiene firme y altanera, orgullosa y fuerte. La vemos de perfil pues no quiere mirarnos, parece ignorarnos, toda la noche nos rodea y enmarca. S√≥lo hay rojo y negro.  la desea. Los divergentes la admiran y temen. Con crujidos, punzadas y palpitaciones. Las tormentas se desgarraron, las olas se extendieron y las aguas hirvieron con crujidos, punzadas y palpitaciones, se derramaron los vientos sobre las ciudades afligidas y un lobo surgi√≥ de la nieve entre los cargados pinos de nieve y de neutrones. Guardianes de las galaxias. Un divergente contempla las estrellas y ve descender por el portal dimensional los guardianes de las galaxias que caen en la noche sobre las llamas rojas, el globo gira y derrama polvo negro sobre el suelo, todo queda oculto, el templo de la vida se tambalea. Luces en el abismo. los ciclos legendarios se conservan en la torre cumular. principio de la luz. El agujero negro primordial. la casa, el solitario en la inmensidad. Apresada en las tinieblas. Brota la bestia como un claro manantial en la oscuridad. Apresada en las tinieblas. buscando el secreto oculto por el portal dimensional. Los ciclos legendarios primera edad. sube a la torre m√°s alta y se lanza al vac√≠o, flota en el √©ter y se desvanece entre luces carmines y blancas. Su vestido blanco ondula suavemente y se derrama en los vientos solares. aunque forma no ten√≠a, neutrones de fusi√≥n. Postrimer√≠as del derecho y del rev√©s V√≥rtice tenebroso planetas desiertos, primera edad.  entierra a. Una c√°lida luz ilumina la caverna frente al mar embravecido. Galaxia. v√≠a l√°ctea Seg√ļn el m√©todo se puede atravesar el universo por el portal dimensional, un agujero de gusano intergal√°ctico. el roble eterno aulladores de, laberintos delusorios, templo de la vida Arrancas una flor y asciendes por el valle entre truenos. Entre desiertos helados y abrasadores transcurre El camino. Todo el espacio intergal√°ctico puede ser recorrido por los neutrones de fusi√≥n… numerador cu√°ntico. Comenz√≥ a andar. Nadie … El camino no es de nadie. Surgen espirales de humo desde el oc√©ano y se condensan en llamas.

Laberintos delusorios /1

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La Aventura termina aqu√≠. El camino apenas acaba de empezar. La Tierra se encuentra arrasada, plana, g√©lida. No se encuentra nadie en el camino. El Desierto se extiende mucho m√°s all√° de lo que nuestra vista puede alcanzar. Se elevan en la inmensidad vac√≠a unos picos oscuros que no anuncian mejores jornadas. Un duende burl√≥n tira tu cetro y tu t√ļnica y recoge una flor. El hombre cavernoso. Momento del tiempo oscuro, espacio intergal√°ctico. Primera edad. El anciano estaba frente a las puertas de su hermoso palacio… en estado de t√©trica penuria, la caverna hambrienta, con su estriada garganta, avanz√≥ hacia el norte en cerradas espirales… Unas escaleras de caracol descienden a los abismos, entrar en ella es hacerse cada vez m√°s peque√Īos, en consonancia con una espiral que se cierra. Desde nuestro punto de vista, somos iguales, pero desde fuera somos cada vez m√°s peque√Īos. En su centro crecen unas flores amarillas sobre el verd√≠n luminoso y fresco. Nuestra vista se obnubila con las ilusiones √≥pticas que nos provoca una tenebrosa y let√°rgica dicha en los planetas desiertos. La casa acoge a los divergentes. La costa est√° silenciosa, las praderas desfallecen, las sombras se extienden. Laberintos delusorios otra vez. Atravesamos las emanaciones y entramos en los laberintos delusorios. La claridad y el silencio se apoderan de los eternamente huidos… si crees ir recto, nada m√°s lejos de la verdad. Vagas d√≠a y noche… por los planetas desiertos. El palacio es s√≥lo un reflejo en el agua ondulante, neutrones de fusi√≥n atraviesan la atm√≥sfera, haciendo a√ļn m√°s irreal el paisaje de verdes √°rboles y un cielo de azules ondas. La puerta est√° cerrada y las columnas, antes rectas y colosales parecen salom√≥nicas, endebles, barrocas. Una balaustrada parece la dentadura del paisaje. Sobre su cima, la estatua parece clamar al cielo, cuando antes parec√≠a imperiosa y altiva, dos copas negras culminan sus flancos, extasiadas en la contemplaci√≥n.

Recuerdo de la Navidad futura

relatos

Una mujer canosa es vista junto a la ventana de un viejo salón de una casa de pueblo. Es a primeros de noviembre por la tarde. Una caldera de calefacción ruge como un león hambriento. Oye, chico (siempre me llama así), tenemos que hacer tartas, muchas tartas. Trae tu carro, me dice. Lo miro y con desgana mi perro, Karko, adivina que tiene que levantarse del carro. Se viene a mi lado y me mira. Qué hacemos ahora, parece querer decirme. Vamos, le digo.

Tenemos ya todas las gavillas recogidas y esperando en la cocina. Karko se relame. Yo salivo también pero no recibo nada. No puedes comértelas todas antes de haber empezado, me dice.

EXT. CABA√ĎA – D√ćA

juego

Una extra√Īa casa con una sola puerta al lado de un gran acantilado que cae vertical al mar con un cruce de caminos en la parte alta cerca de un bosque. Hay un carro destrozado en la calzada romana, una maza dejada en el tronco de un √°rbol y una balanza con espada en la pared de la casa. Rumor de las hojas del bosque. Murmullo de viejas comadres.
TXT (SUBT√ćTULOS): “GeburahPotest” (Potestades del juicio)
Se encuentran con el comerciante LAMED y la juez KAPH.
El avaro y viejo comerciante LAMED, que quiere casarse con la bella CHETH, convence a ZAYN, fanfarrón pero tonto, para que mate a TAU.
KAPH, que es la madre de CHETH, est√° de acuerdo.
Llegan nuestros protagonistas y sorprenden en la conversación a los personajes.
KAPH
¬ŅSeguro que saldr√° bien?
LAMED
Ya est√° todo arreglado. T√ļ d√©jalo de mi cuenta.
KAPH
No pueden sospechar de nosotros.
LAMED
Tranquila, futura suegra, no tienes que preocuparte de nada.
LAMED se dirige a ZAYN.
LAMED
Entonces, t√ļ le retas y le matas.
ZAYN
Pero…
LAMED se frota las manos maliciosamente y traga saliva ruidosamente.
LAMED
Nada de peros.
El rigor de un guerrero como t√ļ no admite peros.
Tienes que acabar con él.
Ah, y olvídate de ella.
No te conviene en absoluto.
Est√° enamorada de otro.
TAU ha sido colgado por los bandidos y descolgado por.
KAPH
Silencio, alguien llega.
ZAYN, con miedo
Eh, ¬ŅQui√©n anda ah√≠?
LAMED
¬°Ah, son ellos!
KAPH
¡Ajá, por fin aquí!
LAMED
¬°A ellos, a ellos!

Tu espacio para navegar

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Todas mis inseguridades, todas mis aristas nunca me hicieron parpadear ni una sola vez. Me rendir√≠a para siempre por tocarte, porque s√© que me sientes de alguna manera. Eres lo m√°s cercano al cielo que nunca estar√© y no quiero irme a casa ahora mismo. Estoy pensando en ti, en mi insomne soledad de esta noche. Si est√° mal amarte, entonces mi coraz√≥n simplemente me ha dejado sin raz√≥n. Podr√≠a hacerte feliz, hacer tus sue√Īos realidad. Nada hay que yo no har√≠a. Ve a los confines de la tierra sentada en el sol para que te haga sentir mi amor. Y cuando necesites tu espacio para navegar un poco, estar√© aqu√≠ esperando pacientemente para que me encuentres. No me rendir√©.

√öltimos golpes

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Tres razones, principalmente, os pueden sacar de casa y acercaros al teatro a ver la obra que os sugiero. Si os interesan las propuestas sobre temas sociales candentes y que os ayuden a la reflexión más allá de las meras y crudas noticias. Si os gusta compartir experiencias que no os dejen impasibles y, tercera pero esencial, si disfrutáis con puestas en escena sencillas y con garra, de las que no te dejan indiferente.
La obra es Últimos golpes, dirigida por Fernando Calatrava, en la que la actriz Beatriz Grimaldos interpreta a una mujer, víctima de la violencia de género, que decide armarse de valor para poner fin a un largo camino de violencia y humillación.
Se representar√° en el Teatro Galileo durante todo el mes de abril dentro del proyecto dramat√ļrgico Los martes fronterizos que dirige Sanch√≠s Sinisterra y que tambi√©n es el autor del texto de esta obra.

Gotas de lluvia.

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En el antiguo reloj hacia un rato que hab√≠an sonado las cinco. En la casa sonaba el silencio del domingo. Fuera el viento mov√≠a lentamente las hojas del olivo. Las ramas de los √°rboles desnudos permanec√≠an impasibles. Las gotas del agua de la lluvia, caida poco antes, brillaban en la hierba reflejando los rayos del t√≠mido y acuoso sol de la tarde, pugnando en ocasiones con los nimbos y cirros que cubr√≠an trechos del azul celeste. Todo llamaba a la tranquilidad y el sosiego. El libro clamaba, con celos, para recibir sus caricias y ofrecer su envolvente historia. La m√ļsica colaboraba para ofrecer un ambiente acogedor, intensamente relajado y profundamente propenso para hacer una inmersi√≥n disfrutando de la lectura. La escritura pod√≠a esperar un poco m√°s, ya estaba acostumbrada a ello.

Nefastissimus Poetarum

poesía

guada√Īa que le alarga
de regalo forzoso
sobre el héroe primero
qué hacer con lo que vivo?
ley rige el cruel tablero
labor ser√° quimera
me rodea su presencia
la orilla que sutura
dudando en el alero
que todavía excitada
alegre pulse un verso
la lluvia no era suave
a las esferas del seis
viste letal esencia
lo que me est√°s pidiendo
al muro encaramada
ensalza al que se inclina
miradas de serpiente
sólo quedó poesía
como duna que emerge
desteje incertidumbres
por n√°car irisado
de fraterna indolencia
de los carros ajenos
acaso es el destino
por todo su dinero
como labio ligero
por los pelos aferra
publicamos primero
infunde nuevo fuero
con labia laborable
mas tus deseos no valen
se extiende el derrotero
oculto en la sentina
extraiganle a los mares
bella hasta en la demencia
porque en lo impropio nada
de ti me ha hecho sincero
de la rabia indomable
sangre que se detiene
de unidad, qué profunda
o t√ļ o lo venidero
pezones de estricnina
si sólo fuera helada
viles o repelentes
alusión a la fiebre
no inventó la carencia
del estado latente
memoria que imagina
amarga piel besada
madre tan submarina
el malestar hechizo
dando un sentido nuevo
que primero recuerde
hermano que ama a hermano
alarga un huso ausente
el pan que no germina
en franca disciplina
hay que darle en el pecho
lo distinto es hermoso
solo en las negaciones
no est√° en venta el paisaje
atroces días mudos
sonriendo indulgente
m√°s no se difumina
mis sue√Īos de clemencia
cabeza es espantosa
tornase en aguacero
por paradoja, el río
haciéndome a mí pobre
cabeza que, postrera
bullente el hormiguero
agonizan muchachos
de los oscuros tiempos
reverdece en afluente
mayo, dolor, morfina
la gota suspendida
también piel insurgente
nuestros sue√Īos imberbes
linde o flujo voraz
imposible aguacero
nuestros sue√Īos deciden
la luz que ríe y declina
límite, umbral, paso postrero
latente en la neblina
por nuevo derrotero
rodeada de ausencia
quiero que ya lo sepas
me pregunto intrigado
su figura esplendente
bajo un cielo infinito
mi casa silenciosa
conjugando los verbos
por qué se equivocaba
el alma ya es certera
no corran por las playas
hasta en el desespero
que avanza cual la sed
con gur√ļs sin solvencia
buscaba en sus calores
tus labios que se cierran
por huir de lo adyacente
la fuente que bebiste
que al fin estalla el gesto
en similar secuencia
en el gran laberinto
tenebrosa conciencia
que jam√°s se termina
agotó mi paciencia
con m√°s fiebre termina
mezcl√°ndose en tus venas
pateras y decencia
libre y vital me hermano
todo texto indolente
con rigor que se instala
la ecuación sea servida
acercarse, con prisa
tan fugaz cual esquina
un temblor que se inicia
da pie a la disidencia
sangre que riega el torso
radical risa alpina
de cuerpo lastimero
criatura m√°s salvaje
el ritmo de las olas
materia o carne muerta
se encara codiciosa
por temor al intruso
lo que en ti m√°s quiero
con manto de guerrero
sube por la pendiente
igual que una pechina
hallé solo su inquina
llega el com√ļn hast√≠o
si tanto la quería
esparce el fruto amargo
lo que de ti m√°s quiero
sangre que niega al corso
que todavía conservo
acaso es el damero
beneficencia ciega
y un orgasmo truncado
como siempre da√Īina
agotada la ciencia
ingente y laborioso
del tarro nunca abierto
tras quienes les dominan
o indiferente o bella
deviene la conciencia
el hundido reba√Īo
agostó mi potencia
cometió con esmero
ofensa se contagia
demandando obediencia
por las fiestas Lunares
un alma tan mezquina
pues ella enfrenta al sol
por qué no yace entera
huyen vanos y alados
en forma de aguacero
de semblante inocente

MORFEO

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Hoy he visitado dos casas inhabitables y sus almas vacías.

LAS CASAS Y LAS ALMAS.
La primera es una casa con planta en forma de L que tiene una salida a calles diferentes en cada uno de sus extremos. La casa tiene innumerables habitaciones y pasillos que forman un laberinto dif√≠cil de recordar. Hay estancias secas y oscuras pero tambi√©n las hay h√ļmedas y luminosas, con patios interiores soleados o lluviosos. Sus dos fachadas son viejas y resquebrajadizas. Una de ellas da al campo y se sale por un r√ļstico y viejo port√≥n de madera. La otra fachada da a una calle de ciudad de provincias y su puerta es de madera o hierro, seg√ļn los d√≠as, aunque es de una apariencia mediocre. Es inc√≥modo vivir en ella porque est√° casi vac√≠a de muebles, desconchada y polvorienta. Tan solo una peque√Īa parte se usa. El resto es visitada ocasionalmente por dos de los tres moradores: padre, madre e hija. √önicamente la ni√Īa recorre con frecuencia los lugares m√°s alejados e inh√≥spitos y conoce todos sus rincones y laberintos. El padre solo se atreve a recorrerla con su hija por miedo a perderse, aunque se siente atra√≠do por sus enormes posibilidades y le agradan especialmente esos abandonados jardines y patios con galer√≠as acristaladas a los que llega la luz y las nubes. La madre no sale nunca de los dos o tres cuartos principales que dan a la ciudad.
La segunda casa es redonda y alta, con forma de c√ļpula y una indescriptible arquitectura de estancias interiores. La c√ļpula est√° recubierta por una √ļnica y continua estanter√≠a de libros imposibles de alcanzar ni leer. Nada tiene una funci√≥n concreta en este alojamiento: se puede dormir, cocinar o bailar, de forma indiferente, en cualquiera de sus m√ļltiple rincones. Aunque hay muros, vigas y escaleras… la separaci√≥n entre espacios nunca es total ni resulta evidente. A veces se tiene la sensaci√≥n de que los elementos arquitect√≥nicos cambian a capricho y con desasosiego para algunos de sus habitantes y visitantes. Otros, en cambio, parecen acostumbrados a los cambiantes designios de la mansi√≥n. No se sabe si los vanos exteriores son puertas o ventanas. Por cualquiera de ellos se puede entrar y salir. Incontables personas, cada cual m√°s extra√Īa, entran y salen continuamente. Hay gente que vive all√≠ siempre, en su recodo imposible y otros que entran tan solo a curiosear y marcharse. Se cuentan por centenas los cachivaches in√ļtiles que la adornan y a los que los habitantes intentamos encontrar una utilidad para satisfacer una perentoria necesidad del momento: fre√≠r un huevo frito con un disco; oler las noticias en un tintero; escuchar m√ļsica con unas gafas sin cristales; fabricarnos un reloj digital con una caja de cuchillas de afeitar o un smartphone con lo que parecen las pastillas de freno de un coche.

MI EPOPEYA R√öSTICA

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Nací a las 12 de la noche de un 29 de marzo de 1964, en el oratorio de la Casa grande o Casa de los Manrique. Un oratorio o capilla de la casa solariega de Rodrigo Manrique, en la que su hijo, Jorge, vivió su feliz luna de miel, y que en mi época había sido mancillado, convirtiéndolo en el dormitorio principal de una parte de la casa, que ahora era una corrala de vecinos, de la que mi abuela materna era propietaria de una cuarta parte de la misma.
Nac√≠ pues en un pueblo de La Mancha que hab√≠a recibido sucesivamente el nombre de Belmontejo de la Sierra, Belmonte y finalmente Villa de Los Manrique o Villamanrique. Un pueblo que, en pleno siglo XX, a√ļn permanec√≠a en la Edad Media. En una √©poca m√°s degradada y m√≠sera a√ļn que aquella debido a los estragos de la postguerra espa√Īola. En la m√°s oscura y profunda Espa√Īa, cat√≥lica, apost√≥lica y romana, en un lugar de La Mancha, entre la Sierra de Alcaraz y Sierra Morena, de la que me acuerdo con m√°s nubes que claros. Una tierra en donde los maquis y los bandoleros segu√≠an siendo un tema de conversaci√≥n habitual. En donde las historias de la guerra civil a√ļn estaban vivas y no hab√≠an cicatrizado. En donde la pobreza y la ro√Īa eran aceptadas como lo m√°s natural del mundo. Un mundo donde no era dif√≠cil encontrarse con quinquis, latoneros, familias de c√≠ngaros ambulantes y gitanos sedentarios. Una tierra de paso, el natural entre Andaluc√≠a y la Mancha, llena de caminos polvorientos, de repoblaci√≥n y despoblaci√≥n, en la que tambi√©n hab√≠a “jaros” procedentes de Europa que Franco hab√≠a tra√≠do para “repoblar” y hasta viejos bandoleros de Sierra Morena. En fin, una honrada y leal villa de la Espa√Īa franquista, a la que no lleg√≥ la guerra pero s√≠ sus rencillas, enfrentamientos y consecuencias. Un lugar de paso, en el que nunca nadie ha querido permanecer durante mucho tiempo, un territorio sin ra√≠ces y sin historia. Un paso fronterizo durante siglos entre moros y cristianos. Una tierra perif√©rica dejada de la mano de cualquiera que por all√≠ pasase, incluidos Don Quijote y Santa Teresa. Una comarca de soles, vientos y piedras oxidados y olvidados, sin m√°s novedades que las pasajeras y aventureras nubes.
De mi familia paterna s√©, seg√ļn contaba mi padre, que proced√≠a de Andaluc√≠a. El primer Alfaro que, seg√ļn √©l, hab√≠a llegado al pueblo era el llamado Abuelo Carbonero, un hombre, al parecer, listo y emprendedor que debi√≥ hacerse con una buena cantidad de tierras serranas, v√≠rgenes y sin roturar, que mi familia paterna fue convirtiendo en olivares a lo largo de varias generaciones. Yo mismo me enorgullezco de haber participado junto con mi padre en esa epopeya familiar, en esa conversi√≥n de una sierra pedregosa, pobre y arisca en productivos y ordenados olivares, plantando, mano a mano con mi padre, 300 olivos, quiz√°s los √ļltimos 300 que se han plantado ya en la familia. Yo por lo menos no pienso plantar m√°s. A los catorce a√Īos se acab√≥ mi rural y buc√≥lica epopeya. Yo tambi√©n estaba all√≠ de paso. De paso hacia ning√ļn sitio.

ARRASTRANDO EL CULO POR LA PIEDRA

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Pues parece que se ha acabado esta forma de desplazamiento consistente y c√≥moda. Arrastrar el culo por el suelo ya no mola. Seg√ļn cuentan las leyendas familiares, mi desplazamiento favorito era el arrastraculo, un tipo de movimiento consistente en dejarse el pa√Īal pegado en el suelo junto con su contenido. Resulta que dependiendo de la superficie de fricci√≥n, puede ser algo guay o una puta -y literal- mierda. El cambio de casa trajo consigo una alta fricci√≥n: un suelo empedrado. De los de antes. Nada de gilipolleces modernas tipo microcemento con tacto de m√°rmol rosado. Putas y jodidas piedras. Y pues, chico, pies para que os quiero. Milagro. El Ni√Īo anda.

A MI HERMANO ANICETO

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La luz terca y cansina de las siestas de La Mancha. Todo está sumergido en el formol del pasado, viejas que debieron morir hace mucho tiempo, cosen y rumian sus rezos a las puertas de las casas. La luz familiar de estas calles es la que se prende a los ojos y a la sangre, al polvo dinástico de las cosas. La luz amniótica que pasa como un río silencioso, hermanando orillas, lamiendo la piedra de las tapias, las ventanas enclavadas. La luz detenida de las cinco de la tarde, detenida en los relojes, en los olivos, en esos cerros comidos de intemperie, en el luto totémico y lustral de los arcángeles, en el bronce tullido de las torres pregoneras. Y cómo no pensar en la muerte bajo este sol tan familiar, tan aburrido, tan obstinadamente infancia. Esta luz ni tan siquiera encuentra una puerta abierta, una sombra en la que refugiarse, una casa en la que arder reconocida. Bajo este sol, vienes a enterrar al padre del amigo.

VANITAS VANITATUM En la casa de Jorge Manrique…

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VANITAS VANITATUM
(En la casa de Jorge Manrique)

De qué me servirán
este trajín de huesos,
esta pereza de llegar a conocerme,
este afán de exprimir los días,
de sacar a pasear la calavera,
de aprender a caminar sobre las aguas,
de pagar mis impuestos,
de equilibrar el debe y el haber,
de acudir a mi trabajo,
de agrandar la diferencia entre dos fechas,
para acabar como lo haremos todos,
tan quieto, tan mudo, tan cuadrado.

La leyenda de la mujer que naci√≥ de un r√≠o

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(1/3) Desde la habitaci√≥n de su hermanita se ve la selva. Ella duerme abrazada a una serpiente enorme, que la abriga con sus anillos sin estrangularla. No est√° amaestrada y el d√≠a que vino a casa desapareci√≥ el perro, pero la quiere mucho, as√≠ que su hermano dej√≥ que se la quedase. Cuando corretea, puede verse una sombra de meandros que la sigue apartando la maleza; como un r√≠o que impusiese al mundo su cauce. Se sabe d√≥nde est√°n por los p√°jaros que huyen. Los nativos dicen que la serpiente se la comer√°, para que deje de ser una ni√Īa y de sus entra√Īas nazca una mujer.

¬ŅQui√©n digo que ser√≠a f√°cil amar ¬ŅQui√©n digo…

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¬ŅQui√©n digo que ser√≠a f√°cil amar?
¬ŅQui√©n digo que todo ser√≠a felicidad?
Sal√≠ de su casa con el coraz√≥n roto, nos despedimos con un beso y con un “Te Quiero”. Pero dentro de m√≠ hab√≠a algo quebrado, algo que no volv√≠a a encajar en su sitio. Pens√© en dec√≠rselo, en decirle todo lo que por mi mente pasaba, lo que mi coraz√≥n sent√≠a, pero en vez de eso, me call√© y simplemente, olvid√©.

‚ÄúAl final he logrado creer en algo que…

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‚ÄúAl final he logrado creer en algo que yo llamo la f√≠sica de la b√ļsqueda. Una fuerza de la naturaleza que se rige por leyes tan reales como la ley de la gravedad. La regla de la f√≠sica de la b√ļsqueda viene a decir algo as√≠: si tienes el valor de dejar atr√°s todo lo que te protege y te consuela, lo cual puede ser desde tu casa hasta viejos rencores, y embarcarte en un viaje en busca de la verdad, ya sea interior o exterior, y si est√°s dispuesto a que todo lo que te pase en ese viaje te ilumine y a que todo al que encuentres en el camino te ense√Īe algo; y si est√°s preparado, sobretodo, a afrontar y a perdonar algunas de las realidades muy duras de ti mismo, entonces la verdad no te ser√° negada‚ÄĚ

MUJER (OFF)

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Estoy sentada y pienso que estoy sentada en la casa que me ver√° morir mientras contemplo la monta√Īa desde esta nave de botones. La casa que sabe el lugar exacto donde caer√©, donde est√° se√Īalado mi destino final. Pregunto a todos los rincones de la casa d√≥nde ser√° el fat√≠dico desenlace, pero no me responden. S√© que ser√° aqu√≠ en la casa doce de la calle m√°s ancha de este desvencijado pueblo, en esta inh√≥spita regi√≥n perdida y olvidada de todos, menos de la muerte, llamada Thule.

MUJER (OFF)

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Y sin embargo no s√© d√≥nde me espera esa pendeja, en qu√© estancia, en qu√© metro cuadrado de esta casa, que me ver√° morir, mientras contemplo la monta√Īa, me espera esa irrevocable sentencia, de la que √ļnicamente s√© que se cumplir√° en esta casa, quiz√°s mientras estoy sentada y pienso que estoy sentada en la casa que me ver√° morir, contemplando la monta√Īa de salvaci√≥n desde esta nave de botones.

(A 80 mundos)

Samael

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Soy el fantasma de esta casa. Mi nombre es Samael. Hoy, como siempre, he dedicado mi tiempo a la higiene, la m√≠a y la de la casa. Por extra√Īo que os parezca la higiene de un fantasma y su mansi√≥n es extraordinariamente prolija y delicada. Incluso estando las veinticuatro horas sin dormir, como es mi caso, el d√≠a no es suficiente para acabar con todas las tareas dom√©sticas y de higiene personal.
Imaginaos adem√°s como puede ser la cosa cuando el d√≠a no tiene ni principio ni fin. No puedo empezar, como la mayor√≠a de los mortales, diciendo: “comienzo el d√≠a con una ducha para despertar mi cuerpo y mi esp√≠ritu dormidos”. No, en absoluto. Primero porque no tengo cuerpo y segundo porque no duermo, ni descanso y adem√°s no es que necesite una ducha, es que necesito pasarme el d√≠a entre el trapo de limpieza y la alcachofa de la ducha que, por cierto, est√° rota y no deja de gotear, la maldita condenada.
Esto nos ocurre a los fantasmas, seguramente, por nuestra inveterada y est√ļpida costumbre de habitar casas abandonadas. Una costumbre a la que, la verdad, nunca encontr√© explicaci√≥n, sobre todo porque las casas deshabitadas son, adem√°s de sucias, extremadamente fr√≠as y solitarias. No es de extra√Īar que entre nosotros hayan surgido algunos que se oponen de forma irresponsable y caprichosa a tal designio.
En fin, mi trabajo diario consiste en mantener la mínima decencia, pero no creais que soy un maniático de la limpieza y del aseo. Me basta con mantener la mínima decencia de una casa de fantasmas como se debe.
En lo concerniente a la limpieza, por ejemplo, lo de las telara√Īas es quiz√°s lo m√°s agotador y exasperante. Esas condenadas ariadnas son muchas y yo s√≥lo soy uno. As√≠ que me veo obligado a recorrer todos los rincones de la mansioncita: dieciseis habitaciones con sus correspondientes cuartos de ba√Īo, cinco salones con sus correspondientes chimeneas y ventanas, la le√Īera, la cocina, la despensa, el horno, la bodega, los desvanes, pasillos, entradas y entraditas… sin contar con las cuadras, pocilgas, jardines, y dem√°s anexos… Es extenuante.
A veces he pensado en contratar servicio doméstico, pero he descartado inmediatamente la idea pues entre los fantasmas no está bien visto, especialmente si eres un fantasma tan sucio y podrido como yo.
En cuanto a la higiene personal y al contrario de lo que pueda parecer, sin cuerpo uno se siente sucio cada dos por tres, pues el esp√≠ritu no se limpia as√≠ como as√≠. Te das la ducha en que limpias aquel asesinato que te reconcom√≠a desde hace siglos e inmediatamente descubres otro m√°s atroz, si cabe, que hab√≠as olvidado debajo de aquel. Cada ducha delata en mi s√°bana nuevos horrores cometidos, nuevas infamias, nuevas tachas, nuevas sangrientas manchas. Y para colmo, a la mansi√≥n le sucede lo mismo, esconde tras cada mancha, tras cada rinc√≥n infinitas capas de sucias historias con las que, aunque no sean m√≠as, uno no puede convivir alegremente. Me veo, as√≠, obligado a alternar mi propia higiene con la limpieza del sitio donde habito con el √ļnico fin de mantener, aunque s√≥lo sea, la decencia necesaria.
Aunque a estas alturas ya trascurridos largos siglos, no sabría decir si realmente nos higienizamos mutuamente, o por el contrario, lo que ocurre es que cuando yo me limpio, estoy ensuciando la casa de nuevo y cuando limpio la casa, me ensucio yo de nuevo, como un condenado y fantasmal prometeo.

ANTO√ĎITO

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El t√≠o Antonio toma el sol en la esquina y mira su reloj. Su √ļnica preocupaci√≥n es saber la hora exacta. Y mantener su reloj de mu√Īeca en hora, claro, mientras toma el sol en la esquina. Mira su reloj, agarr√°ndose la mu√Īeca, porque el pulso le tiembla, y acerca su vista, porque ya no ve bien. Las cinco y diecinueve, murmura. Dado que su reloj se retrasa por el d√≠a y se adelanta por la noche, le preocupa enormemente saber la hora exacta. Al cabo de los a√Īos ha calculado cuanto se retrasa y cuanto se adelanta. Para su edad es una compleja f√≥rmula de resolver, pero a base de ensayo y error es casi seguro que puede calcular la hora en punto. Eso dice. Con frecuencia, cuando paso a su lado, me pregunta, bueno, en realidad siempre que paso a su lado me pregunta ¬ŅTienes hora? ¬ŅQu√© hora es? ¬ŅLlevas reloj? Aunque de sobra sabe que s√≠ tengo, porque en mi primera comuni√≥n me regal√≥ un reloj, mi primer reloj, y siempre lo llevo puesto. A m√≠ el tiempo no me importa, no, al menos todav√≠a, pero como s√© que me va a preguntar la hora, siempre lo llevo puesto. ¬ŅQu√© hora tiene tu reloj?, insiste. Las cinco y veinte, creo. Digo yo. Pero c√≥mo que creo… —protesta— ¬Ņya son y veinte en punto o no? Como el tuyo tiene segundero es m√°s exacto. A ver, dime la hora exacta, dice. Las cinco, veinte minutos y quince segundos, le digo para tranquilizarlo. Ah, ves, el m√≠o no tiene segundero, …como es viejo. El m√≠o todav√≠a tiene y veinte. Se atrasa, por el d√≠a se atrasa. Y vuelve a mirar su reloj, su dorado y viejo reloj. Aunque por la noche se adelanta, ¬Ņsabes? Me cuenta por en√©sima vez. S√≥lo est√° en hora dos veces al d√≠a, ¬Ņsabes? Es un buen reloj, no creas. El m√≠o s√≥lo se adelanta, le digo, y ni siquiera s√© cu√°nto. Y eso que te compr√© el mejor reloj que ten√≠an en la tienda de Frasco, dice. Ya no hacen relojes como los de antes, Toni. Concluye, como siempre. Este me lo regal√≥ mi t√≠o Anton para mi primera comuni√≥n, como yo a t√≠, me revela. De pronto una n√°usea me invade. Me veo viejo, sentado al sol y contemplando mi viejo reloj con segundero, preocupado por cu√°nto se atrasa o se adelanta mi reloj, preguntando a mi sobrino ¬ŅQu√© hora es en tu reloj, Anto√Īito? Entonces corro a mi casa y agitado le digo a mi madre: yo no quiero llamarme Antonio, y arrojo el reloj a la basura.

Wiki

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Quer√≠a evitar herirle en los ojos e instintivamente me dirig√≠ a la TommeO.Tal como le hab√≠a dicho a NoNakis, prosigui√≥ mi amiga, TraD pensaba proseguir los trabajos que le hab√≠an mantenido hasta ese momento.Durante esos diez a√Īos no s√≥lo se desarroll√≥ la nueva construcci√≥n del templo‚Ķ

Referencias

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Por lo general, cuando recuerdo el día en que terminaron las guerras internas, tengo la impresión de haber hecho el mismo recorrido que el día en que Petra vino a visitarme a mi casa y se quedó plantada en la puerta de la calle.

Desde la bifurcaci√≥n, era dif√≠cil encontrar otra vez el camino de vuelta a casa. Afortunadamente mi orientaci√≥n era entonces m√°s instintiva que lo es ahora y, tras varios d√≠as, logr√© llegar al pueblo. La guerra hac√≠a estragos all√≠ tambi√©n y no pude quedarme durante mucho tiempo. No lograba mi objetivo. El pa√≠s arrasado, Petra de nuevo perdida o quiz√°s algo peor. Aunque yo bien sab√≠a que era muy capaz de sobrevivir en las condiciones m√°s extremas, no estaba ahora tan segura. Todos perdimos parte de nuestros instintos. Eramos m√°s d√©biles ahora. Pregunte de nuevo por Petra, antes de mi partida, y nadie me dio se√Īales de ella. Hab√≠a perdido definitivamente todas las referencias.

DI√ĀLOGO DE SOLEDADES

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—Viento limpio, viento fr√≠o
—Olor de la resina y de la jara
—Viento tranquilo, puro viento
—Un camino
—Al borde de esta cresta
—El polvo serpentea
—El ef√≠mero vuelo de un insecto
—Bajo la eterna luz de las estrellas
—Bajo la sombra fresca de los pinos
—Se despliega brumosa la mirada
—Perfume de tomillo, aroma de romero, olor a salvia
—Bebamos este vino a la salud de todos los amantes
—Volemos hasta el mar
—Que el sol nos queme
—Amante sol√≠cita y hermosa
—Una casa que mire al mar en este monte
—Dejemos que el agua nos arrulle, dulce mente.
—Cuerpo m√≠o, en √©l quiero tenderme.

SE IMPROVIS√ď UNA MORGUE

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Se improvisó una morgue en la casa más apartada del pueblo, los cuerpos se amontonaban como si fueran frutas podridas, comenzaron a llegar las gordas y verdes moscas que revoloteaban sobre los pies que sobresalían de las sábanas.

Nuestro trabajo consist√≠a en acarrear con los cuerpos desde la plaza del pueblo, donde cinco horas antes hab√≠an sido ajusticiados hombres j√≥venes, ancianos, mujeres e incluso alg√ļn anciano desdentado, todos ellos musulmanes.

Me asalt√≥ una duda ¬Ņen qu√© direcci√≥n se encontraba La Meca? Puesto que nos hab√≠an encargado que les di√©ramos sepultura, era de justicia que tuvi√©ramos la precauci√≥n de enterrarlos mirando a La Meca, aunque ¬Ņde qu√© sirve mirar si ya no hay nada que ver?

Entablé una discusión con Padov puesto que él se negaba a enterrarlos conforme a sus creencias, al final le convencí, los pusimos envueltos en un sudario blanco, paralelos, con las manos cruzadas sobre el pecho y mirando a la Meca.

Aquella jornada fue agotadora, me lavé la cara y las manos con furia, el olor y la visión de todos esos cuerpos no dejaron que pegara ojo en toda la noche.
El General Mislov, mientras tanto, daba cuenta de un copioso almuerzo en el √ļnico restaurante que se encontraba abierto.

El fantasma colectivo de aquellos muertos me velar√° cada una de las noches que me queden por vivir.

Las familias de los cuerpos que yac√≠an a dos metros de sus pies se consolaban las unas a las otras como queriendo descubrir un sufrimiento mayor en el rostro de los dem√°s. Pero, en el fondo, ellos sab√≠an que todo formaba parte del mismo enga√Īo, del mismo dolor, de la misma miseria.

Enterraron la cabeza de Sigou bajo un cedro gigante y, a pesar del tiempo transcurrido, seguía siendo tan abierta de mente como siempre. Sus pensamientos no habían cambiado respecto de nosotras. Regresamos a la ciudad, después de haberla limpiado cuidadosamente. El tiempo no había hecho grandes estragos en su cerebro, y emprendimos el largo viaje. En el horizonte se divisaba un atardecer esplendoroso.

Aquellas riberas eran de un amarillo quemado. Subimos hasta las colinas y nos quedamos contemplando el espect√°culo de colores que el cielo nos regalaba en ese momento. Se respiraba olor a verdadera tierra mojada y extasiados por aquel inesperado goce de los sentidos mantuvimos un largo y contemplativo silencio.

Por lo general, cuando recuerdo el día en que terminaron las guerras internas, tengo la impresión de haber hecho el mismo recorrido que el día en que Petra vino a visitarme a mi casa y se quedó plantada en la puerta de la calle. Desde la bifurcación, era difícil encontrar otra vez el camino de vuelta a casa.

Afortunadamente mi orientaci√≥n era entonces m√°s instintiva que lo es ahora y, tras varios d√≠as, logr√© llegar al pueblo. La guerra hac√≠a estragos all√≠ tambi√©n y no pude quedarme durante mucho tiempo. No lograba mi objetivo. El pa√≠s arrasado, Petra de nuevo perdida o quiz√°s algo peor. Aunque yo bien sab√≠a que era muy capaz de sobrevivir en las condiciones m√°s extremas, no estaba ahora tan segura. Todos perdimos parte de nuestros instintos. Eramos m√°s d√©biles. Pregunt√© de nuevo por Petra, antes de mi partida, y nadie me dio se√Īales de ella. Hab√≠a perdido definitivamente todas las referencias.

[Este post es para crear una novela colectiva de forma hipertextual. Los primeros p√°rrafos son de aportaci√≥n colectiva. Debes a√Īadir tu texto continuando el hilo por donde lo dejan los dem√°s…]

Claves para descubrir al asesino He estado en…

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Claves para descubrir al asesino:

He estado en casa de mi novia -sí claro, también tengo. Estaba nerviosa.

—La polic√≠a me estaba haciendo preguntas raras ¬ŅEs posible que ya est√©n tras tu pista? -me dijo.
—Nada m√°s lejos!

M√°s pistas para esos imb√©ciles: Alas, Alegor√≠as, Animales, Axiales, Cadena, el Carro, Disco, Enfrentamiento perfecto, Grutescos, Imagen del mundo, Mercurio, N√ļmeros, la Rueda de la fortuna, Septenario, Serpiente, Simetr√≠a, Vaca

Caduceo

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Claves para al asesino:

He estado en casa de mi novia -sí claro, también tengo. Estaba nerviosa.

—La polic√≠a me estaba haciendo preguntas raras ¬ŅEs posible que ya est√©n tras tu pista? -me dijo.
—Nada m√°s lejos!

M√°s pistas para esos imb√©ciles: Alas, Alegor√≠as, Animales, Axiales, Cadena, el Carro, Disco, Enfrentamiento perfecto, Grutescos, Imagen del mundo, Mercurio, N√ļmeros, la Rueda de la fortuna, Septenario, Serpiente, Simetr√≠a, Vaca

PFNHDM 5.UN TIPO NORMAL EN UN SITIO ESPECIAL

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monje Es extra√Īo las circunstancias que pueden llevarle a uno a hacer esas cosas. Quiz√°s, si lo hubiera pensado seriamente, no estar√≠a aqu√≠. Pero ya no valen las lamentaciones. Estaba realmente en el T√≠bet, aunque ni rastro de Leonard por ning√ļn sitio, excepto en mi iPod, del que nunca me separo. Es como si los sue√Īos siempre se cumplieran al rev√©s. Yo ten√≠a que venir aqu√≠ a desaparecer despu√©s de haber hecho el trabajito, no precisamente a terminar el trabajito. Y ahora ¬ŅA d√≥nde voy yo despu√©s? Las Bahamas no son tan baratas. Mir√≥ a trav√©s de la ventana del hotel -si es que pod√≠a llamarse as√≠ a esta covacha donde se alojaba- y vio pasar a un monje calvo con gafas de culo de vaso y dientes de roedor. Hombre, ese s√≠ que ha venido -pens√≥, dibujando de nuevo su est√ļpida sonrisa. Este es un buen augurio -pens√©.

En la recepci√≥n le hab√≠an dejado una nota. Se mosque√≥. Qui√©n co√Īo sab√≠a que estaba all√≠. Alguien sab√≠a sus intenciones y ahora tendr√≠a que cambiar de nuevo sus planes. ¬ŅNo habr√°s sido t√ļ, eh, imb√©cil? Abri√≥ el sobre. Contuvo la respiraci√≥n. Un telegrama de su jefe. Menos mal. Respir√≥. En √©l le indicaba el contacto que le llevar√≠a a la casa de Alfredo en el T√≠bet. Llevar√° una bufanda blanca y zapatos granates acharolados. Cuando acabes de leer este telegrama estar√° esper√°ndote en la recepci√≥n. √Čl te conducir√° hasta la casa. Qu√© jod√≠o, el t√≠o. Lo tiene todo controlado. Efectivamente all√≠ estaba un tipo flaco y estirado que, con unos gestos afectados, le indicaba la salida. Y efectivamente, llevaba bufanda blanca y zapatos granates acharolados. El resto era bastante oscuro en √©l.
Abri√≥ el coche negro que esperaba en la puerta y le hizo sentarse en la parte de atr√°s. Sin mediar palabra alguna el oriental arranc√≥ el coche y se dirigi√≥ a la salida m√°s estrecha de la plaza. El camino era largo y atravesamos varios tramos de bosque y prados pedregosos. La verdad es que el paisaje era reconfortante, tal y como yo lo hab√≠a imaginado. El cielo era de un azul imposible y el aire era tan limpio que dol√≠a respirarlo. No hab√≠a estorbos. No hab√≠a edificios. No hab√≠a basura. No hab√≠a imb√©ciles. Nada que ver con Madrid. S√≥lo esas monta√Īas blancas de fondo.

Abri√≥ la ventanilla hasta que el fr√≠o penetr√≥ en sus pulmones. Le dol√≠a el pecho de tanto camel y tanta mierda de Madrid pero aguant√≥ las g√©lidas bocanadas de aire. El tipo estirado le miraba de reojo por el retrovisor. Esto le incomod√≥ un poco pero trat√≥ de olvidarlo. Parec√≠a sonre√≠r con esa enigm√°tica sonrisa de los orientales tan distinta a la de los occidentales. Qu√© hubiera pensado la Gioconda. Nunca sabes que piensan estos t√≠os. Es una sonrisa servil y a la vez asesina y traicionera. Despu√©s de todo, tampoco va a ser un chollo vivir en el T√≠bet -pens√©. No soportar√≠a esa sonrisa todo el rato. En todas las caras. Centuplic√°ndose a cada paso. Mientras divagaba vi pasar una especie de caravana de b√ļfalos o algo por el estilo ‚Äďhe de confesar que yo no distingo una vaca de un burro. Esos campesinos de duras arrugas no parecen sonre√≠r as√≠ -pens√©. Y me tranquilic√© de mis inquietantes zozobras anteriores. Por poco tiempo. Enseguida comenzaron otras.
De nuevo nos internamos en un bosque y esta vez el camino se hizo m√°s inc√≥modo. El coche se atascaba de vez en cuando. Me tem√≠a lo peor. Me ve√≠a empujando. Menudo fastidio. El oriental, en cambio, no parec√≠a preocuparse. Segu√≠a impasible con esa sonrisa servil y traicionera a la vez, aunque el coche patinara como un conejo en una pista de hielo. As√≠ que me relaj√©. Justo en ese momento el coche par√≥. No. Mierda. Me lo tem√≠a. Cog√≠ los guantes, dispuesto a empujar. El oriental baj√≥ y para mi sorpresa y alivio me indic√≥ con gestos que hab√≠amos llegado. Se√Īal√≥ con el brazo hacia un claro del bosque y tambi√©n que deb√≠a seguir a pie. Una casa se adivinaba a medio kil√≥metro de all√≠. El tipo se meti√≥ en el coche y dando media vuelta se alej√≥ de nuevo por el mismo camino que hab√≠a venido. Mi aut√©ntica sonrisa de est√ļpido se congel√≥ en mi cara.
tienda
Llegu√© a la casa. No era la entrada principal sino una trasera. Era una especie de caba√Īa de pastores. Una casa de piedra y madera. No una tienda de pastores n√≥madas de piel de b√ļfalo, como las que hab√≠a visto en el camino. Aprovech√© para fisgonear un poco antes de decidirme a entrar. Algo me estaba mosqueando. Me sent√≠a observado, quiz√°s desde el bosque o desde dentro de la casa misma. Busqu√© en las dos ventanas que estaban a mi vista. No parec√≠a haber nadie en ellas. Busqu√© en mi bolsillo para asegurarme de que mi pipa segu√≠a all√≠. Fiel a su cita. Bueno, ya no queda otra cosa que entrar. As√≠ que lo hice. Llam√© a la puerta educadamente. Como un occidental. La puerta estaba abierta y cedi√≥ a mis coscorrones. Nadie parec√≠a darse por enterado. No contestaba nadie. ¬ŅHola? -dije. ¬ŅHola? ¬ŅHay alguien? Fui pasando lentamente por el oscuro lugar hacia otra puerta. Era la que m√°s luz parec√≠a ofrecer. Igualmente sin ning√ļn resultado. ¬ŅAlfredo? ¬ŅHay alguien? Recorr√≠ toda la casa, no era grande, apenas unas cuantas estancias. Nadie por aqu√≠. Nadie por all√≠. Nadie. ¬ŅQu√© co√Īo de broma es esta? -pens√©. As√≠ que salgo de nuevo, esta vez a la puerta principal. Justo delante de la puerta tropiezo con un cad√°ver. ¬°Joder!
El cad√°ver est√° boca abajo. Una nota en su espalda escrita en may√ļsculas y en perfecto espa√Īol dice: Por favor, no hables de m√≠. Y firma Nicolette. Mi frase favorita. Mi jodida frase favorita. Qu√© co√Īo es todo esto. Qu√© clase de broma macabra me est√°n gastando. Levanto un poco el cad√°ver para ver su cara. Ni idea. No conozco a este t√≠o. Bonita situaci√≥n. A ver qu√© hago yo ahora. Lejos de toda civilizaci√≥n. Sin ning√ļn medio de transporte. Sin tel√©fono. Sin saber d√≥nde estoy. Sin nada de nada. Con un cad√°ver que no se qui√©n es, ni qui√©n co√Īo lo ha matado, ni porqu√©. Definitivamente algo funciona al rev√©s.
Lo m√°s gracioso de todo es que al tranquilizarme y volver a examinar la escena del crimen -como dicen- me percato de un malet√≠n bajo sus piernas. Y ¬ŅA que no adivinas, imb√©cil, que contiene el malet√≠n? Un jodido mill√≥n de euros en billetes peque√Īos. ¬ŅEl jodido mill√≥n de euros que mi jefe me hab√≠a prometido por el trabajito? -pienso. No puede ser. Yo ten√≠a que ver a Alfredo para acabar el trabajito con √©l. Se supone que no hab√≠a nadie muerto todav√≠a. Que no iba a tener el mill√≥n hasta que no hubiera llegado a mi jefe la prueba del finamiento del canalla. En ese jodido momento me entran unas ganas enormes de cagar. Lo que faltaba. Vuelvo al bosque -no voy a hacerlo en la casa- y mientras -pienso- podr√© vigilar al cad√°ver desde lejos -aunque no creo que vaya a coger el malet√≠n y a salir corriendo. Cu√°l no ser√° mi sorpresa cuando en plena faena depositiva veo volver al oriental en el coche negro hasta la mism√≠sima puerta de la casa -el muy capullo- y tranquilamente comienza a recoger el cad√°ver, el malet√≠n y no se qu√© otra cosa m√°s -vaya despiste el m√≠o- como si se tratase de un atrezzo de teatro. Sin inmutarse lo m√°s m√≠nimo, el t√≠o. Tengo que alcanzarle -pienso. No tengo papel para limpiarme y, con las prisas, utilizo la nota de la tal Nicolette -vaya d√≠a que llevo, joder. Arranca el buga y se va con el fiambre y el malet√≠n y … lo que sea. As√≠ de fresco. Sin m√°s explicaci√≥n. Ahora s√≠ que no entiendo nada. As√≠ que voy a sacar mi pipa para hacer un disparo y avisarle para que no me deje aqu√≠ colgado, cuando me doy cuenta de que me he dejado la pistola al lado del cad√°ver. Mierda, mierda y mil veces mierda. Esa era la otra cosa que ha cogido del suelo el muy ladino. No tienes remedio, Sonso -me digo a m√≠ mismo sinti√©ndome el m√°s est√ļpido de los hombres.
Es in√ļtil contar c√≥mo y cu√°nto tiempo me llev√≥ salir de all√≠, gracias a los pastores n√≥madas del Himalaya. El caso es que consigo volver al hotel-covacha pero de inmejorables vistas. En la recepci√≥n me avisan de que la polic√≠a est√° esperando en mi habitaci√≥n. La cagaste -pienso. La cagaste burlancaster. Pero no. Si realmente tuvieran algo contra m√≠, no estar√≠an avis√°ndome ahora de ello -pienso. As√≠ que decido subir a mi magn√≠fica suite con vistas al Everest. No tengo nada que esconder, ni que temer. Yo no he hecho nada ilegal. Todav√≠a. Lo mejor es comportarse con sangre fr√≠a y averiguar qu√© quieren, qu√© saben o qu√© quieren saber. No voy a salir corriendo y acusarme de esta forma de algo que no he hecho. Mientras voy mascando estos razonamientos, oigo una acalorada discusi√≥n en el fondo del pasillo, justo en donde se encuentra mi habitaci√≥n. Mosqueo… ¬ŅSer√° en mi habitaci√≥n? Para asegurarme me escondo tras un saliente del pasillo y espero oculto en la oscuridad. La discusi√≥n sube de tono y puedo distinguir con relativa claridad dos timbres diferentes de hombre y uno de mujer. Todos hablando -mejor dicho gritando- en oriental. Ni pajolera idea de qu√©, pero, ahora s√≠, estoy seguro que es en mi habitaci√≥n. Vaya, alguien est√° organizando una fiestecita tibetana, con chica y todo, en mi suite. Sin contar conmigo y ni siquiera me invitan -pienso. O tal vez s√≠. ¬ŅNo me estaban esperando? ¬ŅSer√© el invitado o el anfitri√≥n? De pronto dos disparos me dejan m√°s tieso que el rabo de un potro en celo. Se acab√≥ la fiesta. ¬ŅSon los cohetes finales? ¬ŅO m√°s bien la fiesta s√≥lo acaba de empezar? Silencio. Nadie parece tener nada que celebrar. La discusi√≥n ha cesado. Durante un largo rato, que a m√≠ me parece interminable, no se oye nada. Nadie parece darse por aludido. Ni siquiera el recepcionista o la seguridad del hotel. Nadie acude. Nadie escapa. Nadie grita. Ninguna sirena. Nada. ¬ŅEstar√°n todos muertos, joder? De nuevo mi oportuna incontinencia, esta vez de car√°cter mingitorio. Aguanto como sea, pero yo no me muevo de aqu√≠ hasta que sepa a qu√© atenerme.

ALFONSO TIPODURO

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Sonaba una de esas canciones de los setenta pretendidamente er√≥ticas en las que √ļnicamente se oyen suspiros y un √≥rgano el√©ctrico de fondo…
‚ÄďHola, guapo.
‚ÄďHola, busco a Mauricio.
‚ÄďYo no conozco a ning√ļn Mauricio, chato -dice una.
‚ÄďAdem√°s, te has confundido de sitio, aqu√≠ no hay chaperos, no ves que somos todas chatis de gordos melones -dice otra ense√Īando los suyos.
‚ÄďPara machos -dice otra vez la primera.
‚ÄďSi te gustan los t√≠os este no es tu sitio, maric√≥n -dice una tercera.
‚ÄďEs…, bueno, era boxeador -digo.
‚Äď¬ŅBoxeador? Vaya con el mosca muerta, le gustan los boxeadores -dice una.
‚ÄďAh, ¬ŅNo ser√° Mauro el essayeur? -dice otra.
‚Äď¬ŅEssayeur? -digo.
‚ÄďEs verdad, antes era boxeador -dicen a coro dos de ellas.
En ese instante sale de una de las puertas mi antiguo amigo Mauricio. El no necesitaba anunciarse m√°s. Ahora era uno de aquellos hombres alquilados por el burdel para ser muy atrevidos con las prostitutas, de manera que los clientes t√≠midos siguieran su ejemplo. Lo que llamaban un “essayeur”. Nos abrazamos.
–Eh, t√≠os, aqu√≠ no, por favor, esta es una casa decente -dice la de los melones.
–Va, calla ya, Lucy, es un viejo amigo, no un novio.

Despu√©s del ‚Äúque tiempos aquellos‚ÄĚ y todo eso le cont√© la historia. Hab√≠a que hacerlo. No quedaba m√°s remedio. De todas formas a√ļn no ten√≠a tomada la decisi√≥n. No hab√≠a nombres, ni muertos, ni nada. Y, joder, hab√≠a sido mi mejor amigo en tiempos dif√≠ciles para los dos.

Me dio las instrucciones. Sonaba un poco pedante pero contundente. No deb√≠a renunciar a mis sue√Īos. Aunque nunca se cumpliesen, alimentaban mi vida. Todo lo contrario. Que un sue√Īo se cumpliese lo convert√≠a inmediatamente en una bazofia. Era mejor as√≠. Los sue√Īos cumpl√≠an su funci√≥n. Era la acuciante realidad la que no me dejaba en paz.

–Un ba√Īo caliente. ¬ŅAqu√≠? No, mejor lo dejo para otro momento, pero te tomo la palabra, ¬Ņvale?

PFNHDM 4.EL ‚ÄúESSAYEUR‚ÄĚ Y EL APRENDIZ

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Sonaba una de esas canciones de los setenta pretendidamente er√≥ticas en las que √ļnicamente se oyen suspiros y un √≥rgano el√©ctrico de fondo…
‚ÄďHola, guapo.
‚ÄďHola, busco a Mauricio.
‚ÄďYo no conozco a ning√ļn Mauricio, chato -dice una.
‚ÄďAdem√°s, te has confundido de sitio, aqu√≠ no hay chaperos, no ves que somos todas chatis de gordos melones -dice otra ense√Īando los suyos.
‚ÄďPara machos -dice otra vez la primera.
‚ÄďSi te gustan los t√≠os este no es tu sitio, maric√≥n -dice una tercera.
‚ÄďEs…, bueno, era boxeador -digo.
‚Äď¬ŅBoxeador? Vaya con el mosca muerta, le gustan los boxeadores -dice una.
‚ÄďAh, ¬ŅNo ser√° Mauro el essayeur? -dice otra.
‚Äď¬ŅEssayeur? -digo.
‚ÄďEs verdad, antes era boxeador -dicen a coro dos de ellas.
En ese instante sale de una de las puertas mi antiguo amigo Mauricio. El no necesitaba anunciarse m√°s. Ahora era uno de aquellos hombres alquilados por el burdel para ser muy atrevidos con las prostitutas, de manera que los clientes t√≠midos siguieran su ejemplo. Lo que llamaban un “essayeur”. Nos abrazamos.
–Eh, t√≠os, aqu√≠ no, por favor, esta es una casa decente -dice la de los melones.
–Va, calla ya, Lucy, es un viejo amigo, no un novio.

Despu√©s del ‚Äúque tiempos aquellos‚ÄĚ y todo eso le cont√© la historia. Hab√≠a que hacerlo. No quedaba m√°s remedio. De todas formas a√ļn no ten√≠a tomada la decisi√≥n. No hab√≠a nombres, ni muertos, ni nada. Y, joder, hab√≠a sido mi mejor amigo en tiempos dif√≠ciles para los dos.

Me dio las instrucciones. Sonaba un poco pedante pero contundente. No deb√≠a renunciar a mis sue√Īos. Aunque nunca se cumpliesen, alimentaban mi vida. Todo lo contrario. Que un sue√Īo se cumpliese lo convert√≠a inmediatamente en una bazofia. Era mejor as√≠. Los sue√Īos cumpl√≠an su funci√≥n. Era la acuciante realidad la que no me dejaba en paz.

–Un ba√Īo caliente. ¬ŅAqu√≠? No, mejor lo dejo para otro momento, pero te tomo la palabra, ¬Ņvale?

ALFONSO TIPODURO

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Sali√≥ a la calle, el suelo estaba mojado y se respiraba aire fresco. Poco habitual en esta mierda de ciudad ¬ŅEh, imb√©cil? Lo normal es tener el moco m√°s espeso del pa√≠s y, en un solo d√≠a que te las pongas, los cuellos de las camisas m√°s sucios que el rabo de una vaca. Maldita contaminaci√≥n de mierda. En fin. Necesito despejarme. Encendi√≥ otro cigarrillo. Aspir√≥ profundamente. Qu√© poco nos queda, imb√©cil -pens√≥. El coche no hab√≠a sido robado y dibuj√≥ de nuevo su est√ļpida sonrisa. Qu√© seguro se sent√≠a de s√≠ mismo. Un mill√≥n por un fiambre. Era para pensarlo detenidamente. Por un mill√≥n podr√≠a retirarse. Tendr√≠a que hacerlo por narices. Qui√©n iba a continuar en Madrid despu√©s de eso. ¬ŅTendr√≠a bastante para irse a Las Bahamas, por ejemplo? A lo mejor no. Y a un monasterio del T√≠bet, ¬ŅQu√© tal? Su imaginaci√≥n empez√≥ a volar. S√≠, con ese cantautor, joder, s√≠, ese que me gusta tanto… Joder, el g√ľisqui hace estragos en la memoria, imb√©cil. Ten√≠a que dormir. Ser√≠a mejor consultarlo con la almohada. Era una decisi√≥n muy importante. No pod√≠a hacerse a la ligera. Tendr√≠a que sopesarlo bien. Y de nuevo volv√≠a a llover. Definitivamente en casa hab√≠a mejor m√ļsica y apret√≥ el acelerador. De pronto le vino a la mente, el puto Leonard Cohen, ese era el cantautor que no recordaba hace un momento. Y se vio viviendo en el T√≠bet con Leonard Cohen y un monje calvo con gafas de culo de botella y dientes de roedor. De nuevo esa est√ļpida sonrisa aflor√≥ en su comisura.
A estas alturas deber√≠a haberme presentado. Ojos y sienes algo hundidos, frente prominente, orejas peque√Īas, ment√≥n partido, labios finos -√ļltimamente tambi√©n partidos- y p√≥mulos salientes. Cualquiera dir√≠a que soy un frankestein pero en realidad suelen decir que le doy un aire a Ralph Fiennes. Yo no creo que sea tan atractivo, aunque opiniones hay para todas. Desde luego mis ojos no son azules sino verdes. Creo.
Decir que llevo una vida ordinaria es un halago para esta anodina y rutinaria inactividad que la caracteriza. Lo m√°s ex√≥tico que me sucede es echar a los miembros borrachos del club a la puta calle cuando mi jefe me lo ordena. Me da cierta sensaci√≥n de poder sobre esos ricachones. Maldita sea. Y ocurre tan pocas veces que finalmente mi jefe ha decidido llamarme por tel√©fono s√≥lo cuando hay alg√ļn problema en el club. La gente que lo frecuenta es muy civilizada. Al menos en apariencia. Creo que lo decidi√≥ as√≠, para que no fuera yo el primer borracho que acababa todas las noches vomitando en el servicio de su trastienda. Ya ves. Hab√≠a tan poco trabajo para m√≠ que todas las noches trasegaba varios g√ľisquis y poco m√°s. Mi jefe debi√≥ pens√°rselo mejor y amablemente rehizo mis obligaciones. La m√ļsica que ponen es buena, aunque siempre sea la misma. Yo no soy un portero. Se supone que me paga para mantener la seguridad del club y de mi propio jefe. Sin embargo, los que entran al club, son miembros selectos y adinerados. Escogidos personalmente por mi jefe. No parece equivocarse mucho y eso me deja a m√≠ sin acci√≥n. La verdad es que, para mi descargo, borrachos, lo que se dice borrachos, no he echado jam√°s a ninguno. Esa es la excusa que utiliza mi jefe para quitarse de en medio a los miembros del club que no aprecian sus trapicheos financieros. Les expulsa y punto. Y yo me encargo de quitarles las ganas de volver, calent√°ndoles un poco las costillas. Tengo un trabajito para ti, dice, y yo me acerco por el club. √Čl me indica desde la ventanilla de su trastienda qui√©n es el afortunado y yo procedo a darle el premio gordo de la noche. Eso es todo. Entonces tengo derecho a g√ľisqui gratis y a cobrar mi jodido sueldo de mat√≥n -que no est√° nada mal. As√≠ pueden pasar meses hasta que me encarga un nuevo trabajito. En ese par√©ntesis he de vivir sin otra ocupaci√≥n que mis maquinaciones mentales y mi propio g√ľisqui y mi propia m√ļsica en mi propia covacha y con mi propia soledad de mat√≥n de tres al cuarto.
Antes de ser este tipo desagradable al que todos temen he sido cosas peores -peor sobre todo por la falta de la pasta gansa que mi actual ocupaci√≥n me proporciona. Por ejemplo, investigador privado -como dicen los finolis- o sabueso -como todos nos llamamos en la profesi√≥n… antes de esto… madero, y a√ļn antes guarda de seguridad, tramoyista, mozo de almac√©n, barrendero, pocero, guarda de puercos y, excepcionalmente, el √ļnico oficio en el que no ten√≠a que limpiar la mierda de la gente, pinchadiscos, gracias al cual me viene mi afici√≥n por la m√ļsica.
Mi flamante y ascendente curriculum se est√° completando, ahora que me sobra mucho tiempo, con estudios de derecho -otra demostraci√≥n de mi tendencia a acabar ejerciendo profesiones con inclinaci√≥n a la coprofilia, aunque esta vez se supone que m√°s refinadamente malolientes. Muy limpias, si se√Īor.
Sin embargo, soy un tío obscenamente feliz.

He decidido ser escritor. La divina trinidad formada por el lector, el personaje y el autor en una sola persona me atrae como un agujero negro.

Era, como todos la llamaban, la dame de voyage. Una aut√©ntica mu√Īeca.

Eso decía él. Yo lo vi de otra forma. Qué juzgue el lector.

BARRENDERO

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Eran las cinco en punto de la madrugada. Hab√≠a llovido y la calle se presentaba desoladora y solitaria. Augusto ten√≠a un aspecto deplorable cuando se asom√≥ por la ventana. En realidad todo en √©l era penoso, lamentable y desolador. Una mirada abotargada y pusil√°nime y una nariz grande como una bota junto con su extremada barriga hac√≠an sentir al que lo contemplaba una repulsi√≥n instintiva. Se despioj√≥ de las inmensas lega√Īas que le cubr√≠an los ojos y bostez√≥ con desidia. El aspecto andrajoso estaba muy en consonancia con su casa. Hab√≠a latas de cerveza tiradas por el suelo, platos sucios acumulados en un aguamanil, ropa enlodada de barro dejada aleatoriamente aqu√≠ y all√°, un sinf√≠n de cachivaches mezclados con comida y botellas de alcohol. Estando dentro, cualquiera pod√≠a imaginar sin dificultad la covacha de un pordiosero en un rinc√≥n de una calle del arrabal, cuando en realidad se trataba de una casa por cuyo aspecto exterior nadie hubiese imaginado lo terrible, sucio y horr√≠sono que escond√≠a dentro.

Arrastrando los pies entr√≥ en el cuarto de ba√Īo y sin encender la luz se mir√≥ al espejo. No pudo soportarlo mucho tiempo. Escupi√≥ en la taza del water pero las flemas cayeron en el suelo al lado de una toalla tirada. Deber√≠a limpiar esto alguna vez, pens√≥, y tom√≥ el primer trago del d√≠a con el que se enjuag√≥ la boca. A la media hora hab√≠a agotado la botella. En la escalera se oy√≥ al portero retirar el cubo de basura de la calle. Se asom√≥ por la mirilla, como hac√≠a siempre, y coment√≥ entre dientes:

—¬°Maldito mierda!

Por la ventana del patio oy√≥ como la vieja de enfrente hac√≠a sus deposiciones matutinas. Una sonrisa est√ļpida recorri√≥ su rostro. Luego le coloc√≥ el ment√≥n a ‚Äúla parienta‚ÄĚ, que estaba empotrada en el sill√≥n. La parienta ol√≠a bastante mal. Para animarse tom√≥ un trago. Las varices de las mejillas y la nariz estaban a punto para tomar su habitual color rojizo e hinchado.

Salió a la calle y encendió medio cigarrillo que encontró tirado en la acera. Se lo puso en los labios y metió las manos en los bolsillos. Sonrió como un idiota con la cabeza inclinada.

Siempre iba andando a todos sitios, tambi√©n al trabajo. Esa ma√Īana ten√≠a que ir a la zona 3 del barrio 5. Ya se lo sab√≠a de memoria, hoy s√≥lo ten√≠a que barrer tres calles y no muy largas, adem√°s, a la velocidad que √©l barr√≠a, habr√≠a acabado a las dos horas y podr√≠a escaparse a la Ballesta. As√≠ que respir√≥ hondo y de nuevo una sonrisa est√ļpida llen√≥ su vacuo semblante. Era la cara que pon√≠a cuando pensaba en las tetas de Boni, tan grandes como su cabeza. Y con las manos en el bolsillo se acarici√≥ los test√≠culos.

Los domingos a las nueve la calle a√ļn est√° solitaria y vac√≠a. Si no fuera por los barrenderos ‚Äďpens√≥- las ciudades estar√≠an desbord√°s de papeles, colillas y cacas de perro, no podr√≠amos vivir en ellas con tanta mierda acumul√°. Cogi√≥ un peri√≥dico tirado y lo dobl√≥ con sumo cuidado, como quien dobla una sabana de beb√©, y lo introdujo en el bolsillo de la chaqueta. Luego continu√≥ barriendo las colillas. Las cacas de perro no las barro ‚Äďdijo para s√≠.

A las once y cuarto estaba listo, seg√ļn √©l. Dio la √ļltima calada a la colilla; dej√≥ la pala y la escoba dentro del carret√≥n y, empuj√°ndolo, se dirigi√≥ con diligencia hacia el Centro.

Aquel d√≠a, muy caluroso para ser enero, acab√≥ la rutina diaria m√°s pronto de lo acostumbrado. Paco el portero, estaba m√°s intranquilo de lo habitual. Su instinto de hur√≥n le dec√≠a algo que no era capaz de comprender. Volvi√≥ a subir la escalera limpiando el pasamanos, y deteni√©ndose un poco en cada puerta. Nada parec√≠a fuera de lo corriente, sin embargo no acababa de rumiar. Algo indefinido que no sab√≠a explicar le produc√≠a un comecome. Extra√Īo silencio. No pod√≠a escuchar las conversaciones de los vecinos. Nadie parec√≠a estar en la casa y sin embargo notaba una desconcertante presencia. Aguz√≥ los sentidos. Si no pod√≠a o√≠r, al menos podr√≠a oler e incluso entrar a mirar. Ya que no parec√≠a haber nadie, ser√≠a el mejor momento para fisgonear. E intrigado por el olor que sal√≠a de la casa de Augusto, no pudiendo aguantar m√°s la curiosidad, decidi√≥ entrar a curiosear. El cad√°ver se conservaba mejor de lo que cab√≠a esperar para llevar oliendo tanto tiempo, y es que Augusto hab√≠a aprendido algo de taxidermia, cuando era joven y hab√≠a dejado a su mujer como un p√°jaro.

A la carta

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—Este restaurante no me gusta. ¬ŅHas visto como te miraba la bragueta el camarero?
—A m√≠ tambi√©n empieza a preocuparme, la especialidad de la casa son los “penne & scrotinni tallatos”…

Donato

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Todas las noches a las tres, cuando cerraban el BAR KISS, Donato cog√≠a su bandolera y su silbato, el que le regal√≥ un poli de la comisar√≠a de municipales, y se marchaba a su casa. Cuando pasaba por la esquina de la comisar√≠a le silbaba al de la puerta, como si tuviera que recordarle que segu√≠a conservando el silbato, o simplemente por que le hac√≠a gracia ‚Äútocarle el pito a la policia‚ÄĚ ‚Äď dec√≠a jocosamente a su amigo ‚ÄúEl chino‚ÄĚ. Al Chino le hizo tanta gracia la primera vez que se lo cont√≥ que tuvo que ir a mearse en la obra.

Cuando lleg√≥ a casa su mujer ya dorm√≠a. ‚ÄúGracias a dios ‚Äď pens√≥ – con lo insoportable que es esa vaca del asfalto‚ÄĚ.

Ten√≠a que trabajar hasta las cuatro de la madrugada en el co√Īo de Madrid y encima tener que soportar a esa mala bestia. Como de costumbre se hizo una paja en el ba√Īo y se fue a acostar al sal√≥n para no despabilar a su mujer.

A las cinco y media se despert√≥ sobresaltado. Estaba sudando. So√Īaba. Deliraba. Augusto disecaba a su mujer y luego la polic√≠a ven√≠a a detenerlo a √©l y se lo llevaban a la c√°rcel y en la c√°rcel le clavaban plumas de loro hasta que le reventaban las tripas y Augusto sonre√≠a con cara de est√ļpido. ¬°Menudo p√°jaro, menudo p√°jaro! ‚Äď gritaba ‚ÄúEl Loro‚ÄĚ- y en ese momento despert√≥.

Pater

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El Padre Yanke era gris. Su nombre era gris. Su cara era gris. Su pelo era gris. Su cabeza era gris. Sus gruesas gafas de culo de vaso eran grises. Su orondo cuerpo era gris. Su roída chaquetilla de lana -sobre su gris sotana- era gris. Su adocenado sermón era gris. La rancia casa parroquial donde vivía era gris. Su ramplona iglesia era gris. Las nausebundas hostias de consagrar eran grises. Su doliente y adulterado Cristo era gris. Su parroquia y sus gregarios parroquianos eran grises. Su mundo era gris. Todo alrededor del padre Yanke era gris, incluso su sangre no era roja, sino de un gris entre marengo y horchata.

CARLOS GAYOL

greguerías, relatos

Entr√≥ a su casa con la celeridad que le permit√≠an sus reum√°ticos huesos y sin cerrar la puerta se qued√≥ oculto en la penumbra de la entrada. Gayol no le di√≥ ninguna importancia, era de esperar que aquel viejo chocho, que era su vecino desde hac√≠a veinte a√Īos -cuando lleg√≥ a vivir al campo- y al que nunca hab√≠a saludado, se comportase esquivamente en su primer intento de establecer amigables relaciones vecinales. En cambio le intranquilizaba que el viejo continuase observ√°ndole tras la puerta. Nunca se hab√≠a sentido acechado -hubiera sido fatal para sus antiguos prop√≥sitos- pero, conforme avanzaba, sent√≠a tras su espalda la mirada clavada de aquel ins√≥lito abuelo. Al girar su cabeza, el ochent√≥n cerr√≥ de un portazo. […]

Afectos colaterales (2)

greguerías

El soldado israel√≠ inspeccionaba con escr√ļpulo funcionarial las ruinas de una casa de Beirut bombardeada por su unidad. No pudo dejar de sentir un misterioso estremecimiento cuando, entre el amasijo de escombros y v√≠sceras removidas, contempl√≥ el cad√°ver de una hermosa joven libanesa. Su sangre te√Ī√≠a las piedras como las amapolas el aire de la primavera. Esa misma noche la posey√≥ en sus sue√Īos con el desmayo de la desesperanza.