Escribiendo una novela

La papelera está desbordada de papeles. No sé ya cuántos han sido los intentos de iniciar esta novela. He descrito personajes, tramas, comienzos, finales, escenarios… pero ninguno me seduce. Vuelvo a tirar del papel y el carro de la máquina de escribir ya empieza a quejarse, como si temiese salir despedido de la furia creciente con que lo hago en cada ocasión. Esta es la última vez que escribo, me digo a mi mismo. Y miro a los cientos de papeles arrugados en la papelera. Extraigo al azar uno de ellos. Empiezo a leer. Sorpresa. No recuerdo haber escrito eso. Cojo otro más y de nuevo la sorpresa. No puede ser. ¿Yo escribí eso? ¿Cuánto tiempo llevo escribiendo? De pronto me veo con desesperación sacando de la papelera todos los papeles arrugados. En un rato he acabado de planchar el caos y me encuentro sobre mi mesa cerca de 200 páginas escritas. Es hora de armar el rompecabezas.

Un funcionario inicia un estudio para ver si comienza a poner en marcha un informe de comienzo de actividad y le paran los pies

Un funcionario inicia un estudio para ver si comienza a poner en marcha un informe de comienzo de actividad y le paran los pies.

“-¡Alto, alto, alto… para el carro! , ¿adónde vas tan deprisa? -Le han espetado los jefes y compañeros- ¡nos vas a dejar en evidencia!

El funcionario ha tenido que esconderse en el garaje y poner un wasap a su mamá: “Mamá, en el cole no me dejan hacer nada, yo sólo quería ir a orinar!”

HACIENDO EL AGOSTO

Agosto, julio , calor, siega, hoz, dedales de cuero, era, trilla, mies, parva, montones de trigo, carro, mulos, trilladora, siesta, viento, botija, almuerzo, horca, horqueta, pala, raedera, amontonar, fanega, media, sacos, sogas, acarreo, aventado, padre, tíos, abuelo, primos, dormir en la era, estrellas, cuentos, imaginación, mi mono azul vaquero,

En el taller de mi cadáver

Aceptaré los cargos
de lesa estupidez
de mis verdugos.

Por simple rebeldía,
no volveré a recitar mis oraciones
ni las plumas con las que escribí el pasado
serán ya mis espadas.

Dejaré simplemente mis sagrados oficios
desvanecerse en los laureles.

Conduciré mi carro
hasta el vago adiós
de los cansados.

Me reiré de la banal cosmografía
de aquellos sacerdotes
de indigna tonadilla.

Como estos que escriben sus memorias,
serán insensibles mis lánguidas mañanas.

No amaré jamás
a larvas y parásitos
del salvaje escritor que quise ser.

Olvidaré mis inconcebibles vergeles de fantasmas.

No daré caza al dolor evangélico del cerdo,
mientras caen las madres
en el cansado final
de nuestras fuerzas.

Tan sólo trabajaré incansable
en el silencioso taller
donde fabrico mi cadáver.