El soplo

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No he visto barro m√°s raro que un ser humano ‚ÄĒy dios sopl√≥.

√Čl era fortalezade cantos y estampidos fue…

poesía

“…√Čl era fortalezade cantos y estampidos, fue como un panadero: con sus manos hac√≠a sus sonetos. Toda su poes√≠a tiene tierra porosa, cereales, arena, barro y viento, tiene forma de jarra levantina, de cadera colmada, de barriga de abeja, tiene olor a tr√©bol en la lluvia, a ceniza amaranto, a humo de esti√©rcol, tarde, en las colinas….” El Pastor Perdido – Pablo Neruda

UNA BURRA

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A m√≠ me encanta hacerlo a pelo sobre un potro sin domar. Las frutas de ella se agolpan, y estrechan, y apuntan el cielo; su boca anegada arranca sangre a mi cuello, no existen ya riendas, no hay direcci√≥n. Caemos al barro y es seguir con la embestida; entre zancadas y relinchos brota el magma y continuamos, grita ella ¬ęno pares¬Ľ y all√≠ estoy para agitarla, endemoniarla, y al tiempo estoy yo all√≠ de esclavo blanco, que la unta con lodo y de cuidados, y protege la escena alejando, a la bestia sin control.

La heredera de Aquiles

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Pero hete aqu√≠ que aquel or√°culo de la desdicha se√Īala los peligros y algo indefinido sobre ciertas alucinaciones en las que, mientras est√°s atrapada hasta las axilas, surgen del mar nuevas naves con cascos abollados que desembarcan en el puerto. Entonces, las rezagadas muchachas sufrimos los espantosos estragos de sus huestes por todo el pa√≠s.
Me revolcar√© en el fango para camuflarme, pienso yo. Y, mientras dejo el arco sobre el suelo, les veo acercarse marcial y sigilosamente. Con aquella insoportable tensi√≥n mis m√ļsculos se agarrotan. No podr√≠a describir algo m√°s real y terror√≠fico que aquellas guerreras moscas abati√©ndose sobre m√≠. No puede ser humana esta alucinaci√≥n, pienso yo. Al fin, me tiendo sobre el fango, pues ya mis piernas me han dado permiso para hacerlo. Oigo adem√°s, mientras casi me alcanzan, consejos susurrados por el bosque que se encuentra a mi espalda. Ya nada importa, me dice un viejo √°rbol, c√ļbrete bien con el barro milagroso de Aquiles, una gloriosa y larga vida te espera.

ALFONSO TIPODURO

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Hace una noche luminosa y fría. La luna llena se refleja en los cristales de enfrente. Un hombre cruza la plaza y, si estuviera en la Edad Media, habría también un cangrejo arrastrándose en el barro entre los dos lados de la plaza, ya no castillos, sino simples bloques de pisos.
Tom√© una copa m√°s. Para esc√°ndalo de los pacatos y moralistas de todo tipo que tanto abundan en la actualidad he de decir que …, cu√°nto se hubiera perdido la humanidad sin el alcohol. El mism√≠simo Homero no hubiera existido sin √©l. No era la peor amenaza para m√≠. Hab√≠a otras.

No eran más que insinuaciones pero yo caí en la trampa.

BARRENDERO

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Eran las cinco en punto de la madrugada. Hab√≠a llovido y la calle se presentaba desoladora y solitaria. Augusto ten√≠a un aspecto deplorable cuando se asom√≥ por la ventana. En realidad todo en √©l era penoso, lamentable y desolador. Una mirada abotargada y pusil√°nime y una nariz grande como una bota junto con su extremada barriga hac√≠an sentir al que lo contemplaba una repulsi√≥n instintiva. Se despioj√≥ de las inmensas lega√Īas que le cubr√≠an los ojos y bostez√≥ con desidia. El aspecto andrajoso estaba muy en consonancia con su casa. Hab√≠a latas de cerveza tiradas por el suelo, platos sucios acumulados en un aguamanil, ropa enlodada de barro dejada aleatoriamente aqu√≠ y all√°, un sinf√≠n de cachivaches mezclados con comida y botellas de alcohol. Estando dentro, cualquiera pod√≠a imaginar sin dificultad la covacha de un pordiosero en un rinc√≥n de una calle del arrabal, cuando en realidad se trataba de una casa por cuyo aspecto exterior nadie hubiese imaginado lo terrible, sucio y horr√≠sono que escond√≠a dentro.

Arrastrando los pies entr√≥ en el cuarto de ba√Īo y sin encender la luz se mir√≥ al espejo. No pudo soportarlo mucho tiempo. Escupi√≥ en la taza del water pero las flemas cayeron en el suelo al lado de una toalla tirada. Deber√≠a limpiar esto alguna vez, pens√≥, y tom√≥ el primer trago del d√≠a con el que se enjuag√≥ la boca. A la media hora hab√≠a agotado la botella. En la escalera se oy√≥ al portero retirar el cubo de basura de la calle. Se asom√≥ por la mirilla, como hac√≠a siempre, y coment√≥ entre dientes:

—¬°Maldito mierda!

Por la ventana del patio oy√≥ como la vieja de enfrente hac√≠a sus deposiciones matutinas. Una sonrisa est√ļpida recorri√≥ su rostro. Luego le coloc√≥ el ment√≥n a ‚Äúla parienta‚ÄĚ, que estaba empotrada en el sill√≥n. La parienta ol√≠a bastante mal. Para animarse tom√≥ un trago. Las varices de las mejillas y la nariz estaban a punto para tomar su habitual color rojizo e hinchado.

Salió a la calle y encendió medio cigarrillo que encontró tirado en la acera. Se lo puso en los labios y metió las manos en los bolsillos. Sonrió como un idiota con la cabeza inclinada.

Siempre iba andando a todos sitios, tambi√©n al trabajo. Esa ma√Īana ten√≠a que ir a la zona 3 del barrio 5. Ya se lo sab√≠a de memoria, hoy s√≥lo ten√≠a que barrer tres calles y no muy largas, adem√°s, a la velocidad que √©l barr√≠a, habr√≠a acabado a las dos horas y podr√≠a escaparse a la Ballesta. As√≠ que respir√≥ hondo y de nuevo una sonrisa est√ļpida llen√≥ su vacuo semblante. Era la cara que pon√≠a cuando pensaba en las tetas de Boni, tan grandes como su cabeza. Y con las manos en el bolsillo se acarici√≥ los test√≠culos.

Los domingos a las nueve la calle a√ļn est√° solitaria y vac√≠a. Si no fuera por los barrenderos ‚Äďpens√≥- las ciudades estar√≠an desbord√°s de papeles, colillas y cacas de perro, no podr√≠amos vivir en ellas con tanta mierda acumul√°. Cogi√≥ un peri√≥dico tirado y lo dobl√≥ con sumo cuidado, como quien dobla una sabana de beb√©, y lo introdujo en el bolsillo de la chaqueta. Luego continu√≥ barriendo las colillas. Las cacas de perro no las barro ‚Äďdijo para s√≠.

A las once y cuarto estaba listo, seg√ļn √©l. Dio la √ļltima calada a la colilla; dej√≥ la pala y la escoba dentro del carret√≥n y, empuj√°ndolo, se dirigi√≥ con diligencia hacia el Centro.

Aquel d√≠a, muy caluroso para ser enero, acab√≥ la rutina diaria m√°s pronto de lo acostumbrado. Paco el portero, estaba m√°s intranquilo de lo habitual. Su instinto de hur√≥n le dec√≠a algo que no era capaz de comprender. Volvi√≥ a subir la escalera limpiando el pasamanos, y deteni√©ndose un poco en cada puerta. Nada parec√≠a fuera de lo corriente, sin embargo no acababa de rumiar. Algo indefinido que no sab√≠a explicar le produc√≠a un comecome. Extra√Īo silencio. No pod√≠a escuchar las conversaciones de los vecinos. Nadie parec√≠a estar en la casa y sin embargo notaba una desconcertante presencia. Aguz√≥ los sentidos. Si no pod√≠a o√≠r, al menos podr√≠a oler e incluso entrar a mirar. Ya que no parec√≠a haber nadie, ser√≠a el mejor momento para fisgonear. E intrigado por el olor que sal√≠a de la casa de Augusto, no pudiendo aguantar m√°s la curiosidad, decidi√≥ entrar a curiosear. El cad√°ver se conservaba mejor de lo que cab√≠a esperar para llevar oliendo tanto tiempo, y es que Augusto hab√≠a aprendido algo de taxidermia, cuando era joven y hab√≠a dejado a su mujer como un p√°jaro.

CARLOS GAYOL (OFF)

relato

Ahora la recordaba. Encerrada durante meses. No pudo resistir las influencias de aquellos opresivos dolores. Su enfermedad la iba matando con la lentitud de un s√°dico torturador. Y mientras, √©l, ajeno a todo. Enga√Īado. Era ni√Īo, s√≠, pero no ten√≠an ning√ļn derecho a apartarlo de ella de aquella forma. Ahora est√° muerta. Ninguna pasi√≥n la har√° volver de su tumba. Estos pensamientos se volv√≠an insoportables en su mente. Recordaba los ecos de una guerra civil que no lleg√≥ al pueblo. En otros campos de batalla que no eran los infantiles. Llegaban tambi√©n en los sue√Īos, formando parte de un inconsciente que no era suyo, que no pod√≠a ser suyo, pero v√≠vidos y azorados en su pecho, perseguido por una guerra que no hab√≠a vivido, o√≠da una y mil veces en las narraciones de los mayores, pregonando su horror real, contada como un cuento, como una pesadilla, m√°s real que la propia realidad que le abrazaba en ese instante. Sentida a trav√©s de un antepasado, de un abuelo quiz√°s, de un t√≠o que estuvo all√≠ y no volvi√≥, y que, sin embargo enviaba en sus cartas el olor de la sangre, de la metralla, de las batallas en el barro y la sangre, la sangre, la sangre… […]

1. Era extra√Īo…

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Era extra√Īo que hoy no saliera a buscar una v√≠ctima. Esas preciosas muchachas a las que hab√≠a visto morir suplicando, condenadas por su poderosa mano, estaban hoy a salvo. Sali√≥ de la cocina con la boca chorreando grasa. El jard√≠n empezaba a cubrirse de hojas secas. Unas en√©rgicas inspiraciones le ayudaron a activar sus entumecidos m√ļsculos. En el camino se empezaban a formar los primeros charcos y el barro era ya lo bastante espeso como para necesitar unas botas. Entr√≥ de nuevo a la casa. Baj√≥ al s√≥tano. Durante largo rato busc√≥ contrariado. Odiaba tener que desordenar todo. Volvi√≥ a comenzar la b√ļsqueda, esta vez meticulosamente, hasta que por fin las encontr√≥. “Afortunadamente, no he salido” -pens√≥. No se encontraba muy bien. Estaba afiebrado. Sin duda la escapada por el r√≠o hab√≠a despistado a los sabuesos pero a cambio le hab√≠a dejado con un buen trancazo. “Los besos aut√©nticos jam√°s llegan a su verdadero destinatario” -musit√≥ mientras sub√≠a las escaleras. El viento soplaba ahora con fuerza en el exterior. […]