Tumbacuartillos y Calamocanos 3

greguería

[Nota: léase con acento argentino]
A pesar de las apariencias los Calamocanos eran unos trabajadores incansables y en otras épocas incluso unos guerreros consumados. Según decía el más anciano de todos, el abuelo Cabeto Piernas Largas, cuando se acabó el negocio de las salazones tuvieron que dedicarse a la piratería y fue entonces cuando comenzaron los problemas.
Al parecer los Calamocanos, más conocidos en la zona como los Narices Rojas, habían mantenido auténticas guerras con sus vecinos los Tumbacuartillos -también conocidos con el apodo de Cubas de Cóctel- por el dominio de los barcos toneleros que transportaban los preciados líquidos de la felicidad. Según cuenta Cabeto, estas guerras fueron muy frecuentes, especialmente cuando escaseaba el número de estos barcos que, alertados por los escarceos de los bucaneros, daban un gran rodeo para no tener que acercarse al Cabo de Baco, como era conocida la franja de tierra donde estas dos razas de energúmenos, Tumbacuartillos y Calamocanos, habitaban.
Piernas Largas, que había conseguido escapar más de una vez de la furia de sus contrincantes, contaba orgulloso como se acabó solucionando el problema de estas sangrientas correrías. A partir de la tregua del coñac se tomó la decisión de atacar a los barcos de forma conjunta y llegar a una solución en el reparto del botín. Calamocanos y Tumbacuartillos se repartirían la mercancía por un método más racional y civilizado. Cada uno debía colgarse de los pies en un mástil del barco de forma que, agarrando la cuerda con sus propias manos, puediese ir soltando a medida que el líquido de un tonel colocado debajo amenguase con los sorbos, y de esta forma, trasegar hasta ahogar al diablo. Al final , el que no cediera al tonel de líquido, ese sería el ganador de la pacífica contienda, teniendo derecho a quedarse con el resto de los licores de la bodega.
Puede fácilmente imaginarse que, con tal método, más de uno ahogó sus cuitas para siempre con las buchadas en el aguardiente de caña, la sidra, el tequila, el whisky, el vodka, el anís, la chicha, la ginebra, el coñac, la mistela, la cerveza, el pacharán, el chacolí, el bourbon, el resoli, el ron, el colonche, el mezcal, el kirsch, el vino de nipa, el de coco, el de uva, el de arroz, el de quina, el sake, la grappa, la absenta, el poche, el vermut, el ojén, el ajenjo, el champán, el pisco, el pulque y otras bebidas dulces, secas o semisecas.
Debidos a esta civilizada costumbre, y que sin duda introdujo cierta paz en la costa, en esta época eran muy frecuentes los entierros que se clasificaban según el mérito y bebida del finado. Tras la revuelta de los amotinados de la cuba esta costumbre también desapareció, sin embargo, aún hoy se conservan los concursos de colgados, si bien, el botín es más exiguo reduciéndose a no pagar lo consumido…

Tumbacuartillos y calamocanos 2

greguería

[Nota: léase con acento italiano, argentino o andaluz, a placer de uno]
Todos sabían que, en aquel puerto de piratas, la llegada del “Il Vicoratto” marcaba el comienzo de la ociosa tarde estival, la tangada, el vaso de ron.. y todo el mundo se puso a terminar sus últimas faenas para poder así iniciar el consumo del fruto de las “Parthenocissus quinquefolius” del país, como, misteriosamente para los demás, llamaba el boticario a lo que más les gusta a los Calamocanos.
Ugardo el Botánico fue el primero en acudir a la vera de la barra. Llevaba todo el día plantando una nueva semilla traída de ultramar y tenía -según él mismo dijo- “la cocotte seca por el sol y tenía que remojarla”. Conderoti que ya conocía su especialidad, como la de todos sus parroquianos, sacó el vaso llenándolo de grappa hasta el borde. El “culto padrecito de las flores”, apodo que debía desde hacia años al pasamanero, engulló su caldo de una sola gárgara, eructando satisfecho a continuación.
En pocos minutos la taberna de Conderoti había congregado a todos los religiosos practicantes de Calamoca, incluyendo a su oficiante mayor Chico Potaggio el Trompas, que tomo su habitual tequila.
Lombroso, con el metro aún en el bolsillo, quiso medir el volumen de cada uno de los vasos, anotando el consumo medio de cada uno de los bebensales, medidas con las que esperaba completar su teoría de la degeneración progresiva de la ética etílica de las razas, pero al quinto vaso, de las manos de un gigantón con sombrero que no se dejó medir los volúmenes etílicos, salió un bastonazo que degeneró sobre su cabeza, haciendo saltar el metro en quince astillas.
Juliaro Stacatto, el músico, sorteaba su violín entre la concurrencia para poder seguir pagando las deudas contraídas con Conderoti. Su habilidad para colocar el violín era sin duda menor que la que tenía para acabar con los vasos de hidromiel, puesto que aún no había conseguido vender ni un solo boleto. Claro que tampoco parecía mucho el interés de los presentes por un violín que únicamente les daba dolor de cabeza en las resacosas mañanas.
Más de una vez había sido amenazado de muerte musical -con el instrumento- por sus condescendientes vecinos si no dejaba de tocar. Era quizás por ello que el violín estaba un tanto cascado y, probablemente, alguno se lo hizo probar de hombros para arriba. Dado los problemas que este le acarreaba, esta mañana había decidido rifarlo en la taberna y por eso pasó todo el día abrillantándolo y dándole lustre…

Mamá Carola, la argentina

relato

Mamá Carola era “la más tierna de las chicas”, pero sólo en el sentido figurado. Piel de pimientos fritos, con cuatro ojos y rubia de bote, no se comía ni una rosca, pobrecita.

—Mamá quedó allá en la Argentina, con su mate y su pipa, y vos no sabés cuanto la echo de menos… ¿Y tu mamá como está?

—Mi mamaa me costó un huevo, te lo juro, boluda… y ni siquiera se tragó la lechesita rica…

Celia Oquendo por Celia Oquendo

greguería

Celia Oquendo (Buenos Aires, Argentina, 1965) nace -después de dieciocho meses de gestación en la Pampa- por empeño de su madre, y para sorpresa del gaucho que la encintó, en la capital argentina, mediante los exterminadores forceps del doctor Juan Quasimodo Gutiérrez (q.e.p.d.). No ha sido la de su nacimiento su única resistencia en esta vida: de muy chiquita permaneció oculta durante cinco años para no ser carne de colegio -para más inri, de monjas- y en su juventud se ha resistido siempre a todos sus novios y pretendientes; todos excepto a uno: el pelotudo que la trae a mal empujar por los burdeles. En sus ratos libres, que son pocos, debido a la fogosidad de los argentinos, escribe cosas sentimentales que le dejan publicar aquí (a veces) tratando de emular a Zelda Zonk.

Celia Oquendo.

Cumpleaños

relato

Cumpleaños de F. Mucha maría. Setas alucinógenas de D. ‘’Eres de Kentucky y no te enteras’’. El ‘’glamour’’ de R.A. La ‘’joyita’’ argentina. Las pruebas de A. Choque generacional. El novio de D., R., un cubano que trabaja en un bar, sale tarde. Llevan años juntos. La moneda del Ché que R. le regala a F. Un cúmulo enloquecido, estamos atrapados en él. Alguien tiene que imponerse. Coqueteo de F. con Al. Coqueteo de JJ. con Al. Intereses comunes de los dos: buceo.

El cultivo de la maría, un tema alucinógeno, por Al: se siembran las semillas en la luna nueva de febrero. Cuando crecen se separan los machos de las hembras, se acaba con todos los machos. Tampoco es eso, dice F. Déjale continuar, digo. Si sigues con el doble lenguaje no continúo contándolo, dice Al. Bueno, sólo se dejan dos machos, separados, mientras crecen las hembras, entre tanto los machos pelean entre sí, sólo uno de ellos podrá fecundarlas. Las hembras se continúan cuidando: todos los días agua, depende del sol que les de, pero no les puede faltar el agua. Es algo animal, comento. Pero estamos hablando de una planta. Sí, el macho muere después de fecundarlas. Y entonces ¿Te quedas sin macho?, dice F. con estupor, No, no, vuelven a salir. En cualquier caso no sirven como alucinógenos, sólo las hembras. Se recogen y hay que dejarlas secar boca abajo, colgadas en un armario, por ejemplo. Listas para hacerte volar, cuando salen del armario. ¿También?, dice F. Rica maría de Al: hembras alucinógenas.

JJ. el lado claro, el artista, frente al lado oscuro y sombrío que yo represento en su cuadro. A., pequeñas complicidades críticas, él también es una cámara de vídeo, como yo, mudo y a la expectativa. Sólo deja su cámara de vídeo virtual cuando adquiere el papel de crítico cine-literario y entonces podemos tener pequeñas complicidades: la visión de F., el gusto por lo rebuscado, ironías sobre arte…

La presentación de R. es un tanto tabú. Sólo que es cubano. No tengo ni idea que relación tiene con cada uno de ellos, soy el único que no le conoce. Se presenta: R. Es cubano, dice F. Incomodidad por no saber a que atenerme. Un absoluto desconocido. Hasta que acabo deduciendo que es la pareja de D. que ha estado observándome como distraído pero muy tenso, desde que R. se ha sentado a mi lado, entre F. y yo. Ahora se cierra el círculo: somos una flor alrededor de una mesa, cada uno somos los pétalos que beben el rocío -la cerveza- del centro. Las abejas -los paseantes de alrededor- van en parejas, tríos, grupos de insectos libando y revoloteando, se paran en esas otras flores, liban y se van.

Empieza el nuevo juego del siete. Somos F., Al, D., A, JJ., yo y el cubano R. El cumpleaños de F., 37. Algunos ya no los cumplen, dice F. mirando con sarcasmo a D. Algunos no llegarán vivos, dice D.