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    La Noria 

    Wonder Wheel (La Noria, 2017), es más que una película del irregular y prolífico Woody Allen, es un entramado nihilista y trufado de humor negro, de aciertos dorados, grises, ambiguos e imprevisibles.
    La protagonista, Ginny (una Kate Winslet espléndida en sus generosos registros interpretativos) trabaja y malvive entre barracones de feria con su actual marido y su pequeño hijo pirómano de nueve años. Es el comienzo del declive de Coney Island, un mítico parque de atracciones en la playa más popular de Nueva York. Corre el año 1950.
    Una visita inesperada de la hija pródiga (June Temple) del marido de Ginny (un Jim Belushi como siempre certero en sus excesos, un personaje que se postula infeliz, tierno y violento) perturba aún más la convivencia resignada de la familia.
    Simultáneamente, Mickey, un socorrista de playa con ambiciones literarias (Justin Timberlake dota al personaje de un sorprendente hilo conductor) se cruza entre Ginny y su recién llegada hijastra.

     
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    La Noria 

    Pero el pasado azaroso de cada una de ellas, como en una tragicomedia clásica,
    termina por colocarlas en su sitio sin -en apariencia- juzgarlas.
    Diálogos que parecen extraídos de una pieza de Eugene O’Neill o Tenesse
    Williams. De hecho, mucho de Blanche DuBois empapa a Ginny en su propio tranvía
    del deseo, aunque en este caso sería mejor llamarlo montaña rusa… Hay un
    homenaje deliberado de Allen hacia esos maestros dramaturgos norteamericanos y
    también al color de las películas de Douglas Sirk (gracias sobre todo al talento
    de orfebre director de fotografía Vittorio Storaro) pero no se trata de ningún
    plagio sino de una declaración de principios, sin trucos. Lo mejor del cronista
    de Manhattan desde Match Point.

     
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    MORFEO 

    Hoy he visitado dos casas inhabitables y sus almas vacías. LAS CASAS Y LAS ALMAS.
    La primera es una casa con planta en forma de L que tiene una salida a calles diferentes en cada uno de sus extremos. La casa tiene innumerables habitaciones y pasillos que forman un laberinto difícil de recordar. Hay estancias secas y oscuras pero también las hay húmedas y luminosas, con patios interiores soleados o lluviosos. Sus dos fachadas son viejas y resquebrajadizas. Una de ellas da al campo y se sale por un rústico y viejo portón de madera. La otra fachada da a una calle de ciudad de provincias y su puerta es de madera o hierro, según los días, aunque es de una apariencia mediocre. Es incómodo vivir en ella porque está casi vacía de muebles, desconchada y polvorienta. Tan solo una pequeña parte se usa. El resto es visitada ocasionalmente por dos de los tres moradores: padre, madre e hija. Únicamente la niña recorre con frecuencia los lugares más alejados e inhóspitos y conoce todos sus rincones y laberintos. El padre solo se atreve a recorrerla con su hija por miedo a perderse, aunque se siente atraído por sus enormes posibilidades y le agradan especialmente esos abandonados jardines y patios con galerías acristaladas a los que llega la luz y las nubes. La madre no sale nunca de los dos o tres cuartos principales que dan a la ciudad.
    La segunda casa es redonda y alta, con forma de cúpula y una indescriptible arquitectura de estancias interiores. La cúpula está recubierta por una única y continua estantería de libros imposibles de alcanzar ni leer. Nada tiene una función concreta en este alojamiento: se puede dormir, cocinar o bailar, de forma indiferente, en cualquiera de sus múltiple rincones. Aunque hay muros, vigas y escaleras… la separación entre espacios nunca es total ni resulta evidente. A veces se tiene la sensación de que los elementos arquitectónicos cambian a capricho y con desasosiego para algunos de sus habitantes y visitantes. Otros, en cambio, parecen acostumbrados a los cambiantes designios de la mansión. No se sabe si los vanos exteriores son puertas o ventanas. Por cualquiera de ellos se puede entrar y salir. Incontables personas, cada cual más extraña, entran y salen continuamente. Hay gente que vive allí siempre, en su recodo imposible y otros que entran tan solo a curiosear y marcharse. Se cuentan por centenas los cachivaches inútiles que la adornan y a los que los habitantes intentamos encontrar una utilidad para satisfacer una perentoria necesidad del momento: freír un huevo frito con un disco; oler las noticias en un tintero; escuchar música con unas gafas sin cristales; fabricarnos un reloj digital con una caja de cuchillas de afeitar o un smartphone con lo que parecen las pastillas de freno de un coche.

     
    • Álamos de viento el Permalink

      ¡Me ha fascinado la descripción de estas dos casas! Espero que publiques más de “Las casas y las almas”! (Un título estupendo, por cierto.) Abrazote y feliz fin de semana <3

    • VIVA el Permalink

      Ojalá!

    • bsosa1964 el Permalink

      Una buena narración.

    • VIVA el Permalink

      Gracias

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    A Manuel Moreno—la mitad quijotesca de mi sancho—… 

    A Manuel Moreno—la mitad quijotesca de mi sancho— por su ARMONÍA Y ESTRAGO publicado en Editorial Renacimiento (Sevilla, 2015)

    I

    Bien jóvenes descubrimos
    el ESTRAGO, la infamia,
    la piedra de Sol envenenada,
    el cáliz de heces, desalmado,
    la mosca en las heridas,
    la inútil oración de los vencidos…

    Tan sólo nos quedaba la palabra…

    Y escribimos con lágrimas de sangre
    un salmo de cristal y meteoros,
    el acerado himno de las sombras,
    la descarnada balada del amor,
    la invencible oda de sol
    de la ARMONÍA.

    II

    Nuestras máscaras son un espejo: lo que hay dentro hoy, estuvo fuera ayer; y ayer estaba dentro, lo que hoy sale hacia afuera. El tuétano de cada uno, son las almas de los demás que pasan por el prisma de nuestra apariencia. Cada poeta es esencia de sus poetas, o dicho de otra forma, la sombra chinesca de sus huesos. La cicatriz del presente es dolor y goce infringido que nos devolvemos, multiplicado o dividido, por nuestras especulares máscaras. Así, sembramos cada día, mutuamente y en soledad, el verso robado de nuestra panegírica elegía.

    Salud, hermano.

     
    • Manuel Moreno el Permalink

      Hermano, gracias emocionadas, ya me hubiera gustado a mí ser el autor de unos cuantos de los versos que escribes en mi semblanza poética. Tan solo nos quedaba la palabra, pero ahora nos queda la amistad. Abrazo interminable.

    • Ahasvero el Permalink

      De nada, hermano. Pero no es cierto que no sean tuyos los versos, yo sólo he reflejado -incluso copiado- los versos de tu libro para esa semblanza. Sólo son una sombra chinesca de tus huesos en ARMONÍA Y ESTRAGO, como ya he dicho antes. Infinitos abrazos.

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    SEMBLANZA Y POÉTICA A Manuel Moreno—la mitad quijotesca… 

    SEMBLANZA Y POÉTICA

    A Manuel Moreno—la mitad quijotesca de mi sancho— por su ARMONÍA Y ESTRAGO publicado en Editorial Renacimiento (Sevilla, 2015)

    I

    Bien jóvenes descubrimos
    el ESTRAGO, la infamia,
    la piedra de Sol envenenada,
    el cáliz de heces, desalmado,
    la mosca en las heridas,
    la inútil oración de los vencidos…

    Tan sólo nos quedaba la palabra…

    Y escribimos con lágrimas de sangre
    un salmo de cristal y meteoros,
    el acerado himno de las sombras,
    la descarnada balada del amor,
    la invencible oda de sol
    de la ARMONÍA.

    II

    Nuestras máscaras son un espejo: lo que hay dentro hoy, estuvo fuera ayer; y ayer estaba dentro, lo que hoy sale hacia afuera. El tuétano de cada uno, son las almas de los demás que pasan por el prisma de nuestra apariencia. Cada poeta es esencia de sus poetas, o dicho de otra forma, la sombra chinesca de sus huesos. La cicatriz del presente es dolor y goce infringido que nos devolvemos, multiplicado o dividido, por nuestras especulares máscaras. Así, sembramos cada día, mutuamente y en soledad, el verso robado de nuestra panegírica elegía.

    Salud, hermano.

     
    • Manuel Moreno el Permalink

      Hermano, gracias emocionadas, ya me hubiera gustado a mí ser el autor de unos cuantos de los versos que escribes en mi semblanza poética. Tan solo nos quedaba la palabra, pero ahora nos queda la amistad. Abrazo interminable.

    • Ahasvero el Permalink

      De nada, hermano. Pero no es cierto que no sean tuyos los versos, yo sólo he reflejado -incluso copiado- los versos de tu libro para esa semblanza. Sólo son una sombra chinesca de tus huesos en ARMONÍA Y ESTRAGO, como ya he dicho antes. Infinitos abrazos.

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    CONDENADO UNO 

    Vuelve a comer como un estúpido cochino, sin ningún respeto por el mar, con su engañosa y feliz apariencia. Siento frío. La herida de mi infancia se reabre ante este necio joven. Le prepararé un lugar en el laberinto de la muerte, me digo. No le manifiesto mi desprecio todavía.

     
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    CONDENADO UNO 

    Escucho la melodía, como al principio. La puerta sigue su ritmo, sin sentido. Qué sorpresa te espera, patán, pienso. La tormenta se acerca. Ajusto mi visión. Vale.

     
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    CONDENADO UNO 

    Alguien debiera darle una bofetada en su carnal moflete.

     
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    PFNHDM 2.UN TIPO ORDINARIO Y OBSCENAMENTE FELIZ 

    Salió a la calle, el suelo estaba mojado y se respiraba aire fresco. Poco habitual en esta mierda de ciudad ¿Eh, imbécil? Lo normal es tener el moco más espeso del país y, en un solo día que te las pongas, los cuellos de las camisas más sucios que el rabo de una vaca. Maldita contaminación de mierda. En fin. Necesito despejarme. Encendió otro cigarrillo. Aspiró profundamente. Qué poco nos queda, imbécil -pensó. El coche no había sido robado y dibujó de nuevo su estúpida sonrisa. Qué seguro se sentía de sí mismo. Un millón por un fiambre. Era para pensarlo detenidamente. Por un millón podría retirarse. Tendría que hacerlo por narices. Quién iba a continuar en Madrid después de eso. ¿Tendría bastante para irse a Las Bahamas, por ejemplo? A lo mejor no. Y a un monasterio del Tíbet, ¿Qué tal? Su imaginación empezó a volar. Sí, con ese cantautor, joder, sí, ese que me gusta tanto… Joder, el güisqui hace estragos en la memoria, imbécil. Tenía que dormir. Sería mejor consultarlo con la almohada. Era una decisión muy importante. No podía hacerse a la ligera. Tendría que sopesarlo bien. Y de nuevo volvía a llover. Definitivamente en casa había mejor música y apretó el acelerador. De pronto le vino a la mente, el puto Leonard Cohen, ese era el cantautor que no recordaba hace un momento. Y se vio viviendo en el Tíbet con Leonard Cohen y un monje calvo con gafas de culo de botella y dientes de roedor. De nuevo esa estúpida sonrisa afloró en su comisura.
    A estas alturas debería haberme presentado. Ojos y sienes algo hundidos, frente prominente, orejas pequeñas, mentón partido, labios finos -últimamente también partidos- y pómulos salientes. Cualquiera diría que soy un frankestein pero en realidad suelen decir que le doy un aire a Ralph Fiennes. Yo no creo que sea tan atractivo, aunque opiniones hay para todas. Desde luego mis ojos no son azules sino verdes. Creo.
    Decir que llevo una vida ordinaria es un halago para esta anodina y rutinaria inactividad que la caracteriza. Lo más exótico que me sucede es echar a los miembros borrachos del club a la puta calle cuando mi jefe me lo ordena. Me da cierta sensación de poder sobre esos ricachones. Maldita sea. Y ocurre tan pocas veces que finalmente mi jefe ha decidido llamarme por teléfono sólo cuando hay algún problema en el club. La gente que lo frecuenta es muy civilizada. Al menos en apariencia. Creo que lo decidió así, para que no fuera yo el primer borracho que acababa todas las noches vomitando en el servicio de su trastienda. Ya ves. Había tan poco trabajo para mí que todas las noches trasegaba varios güisquis y poco más. Mi jefe debió pensárselo mejor y amablemente rehizo mis obligaciones. La música que ponen es buena, aunque siempre sea la misma. Yo no soy un portero. Se supone que me paga para mantener la seguridad del club y de mi propio jefe. Sin embargo, los que entran al club, son miembros selectos y adinerados. Escogidos personalmente por mi jefe. No parece equivocarse mucho y eso me deja a mí sin acción. La verdad es que, para mi descargo, borrachos, lo que se dice borrachos, no he echado jamás a ninguno. Esa es la excusa que utiliza mi jefe para quitarse de en medio a los miembros del club que no aprecian sus trapicheos financieros. Les expulsa y punto. Y yo me encargo de quitarles las ganas de volver, calentándoles un poco las costillas. Tengo un trabajito para ti, dice, y yo me acerco por el club. Él me indica desde la ventanilla de su trastienda quién es el afortunado y yo procedo a darle el premio gordo de la noche. Eso es todo. Entonces tengo derecho a güisqui gratis y a cobrar mi jodido sueldo de matón -que no está nada mal. Así pueden pasar meses hasta que me encarga un nuevo trabajito. En ese paréntesis he de vivir sin otra ocupación que mis maquinaciones mentales y mi propio güisqui y mi propia música en mi propia covacha y con mi propia soledad de matón de tres al cuarto.
    Antes de ser este tipo desagradable al que todos temen he sido cosas peores -peor sobre todo por la falta de la pasta gansa que mi actual ocupación me proporciona. Por ejemplo, investigador privado -como dicen los finolis- o sabueso -como todos nos llamamos en la profesión… antes de esto… madero, y aún antes guarda de seguridad, tramoyista, mozo de almacén, barrendero, pocero, guarda de puercos y, excepcionalmente, el único oficio en el que no tenía que limpiar la mierda de la gente, pinchadiscos, gracias al cual me viene mi afición por la música.
    Mi flamante y ascendente curriculum se está completando, ahora que me sobra mucho tiempo, con estudios de derecho -otra demostración de mi tendencia a acabar ejerciendo profesiones con inclinación a la coprofilia, aunque esta vez se supone que más refinadamente malolientes. Muy limpias, si señor.
    Sin embargo, soy un tío obscenamente feliz.

    He decidido ser escritor. La divina trinidad formada por el lector, el personaje y el autor en una sola persona me atrae como un agujero negro.

    Era, como todos la llamaban, la dame de voyage. Una auténtica muñeca.

    Eso decía él. Yo lo vi de otra forma. Qué juzgue el lector.

     
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    ALFONSO TIPODURO 

    Salió a la calle, el suelo estaba mojado y se respiraba aire fresco. Poco habitual en esta mierda de ciudad ¿Eh, imbécil? Lo normal es tener el moco más espeso del país y, en un solo día que te las pongas, los cuellos de las camisas más sucios que el rabo de una vaca. Maldita contaminación de mierda. En fin. Necesito despejarme. Encendió otro cigarrillo. Aspiró profundamente. Qué poco nos queda, imbécil -pensó. El coche no había sido robado y dibujó de nuevo su estúpida sonrisa. Qué seguro se sentía de sí mismo. Un millón por un fiambre. Era para pensarlo detenidamente. Por un millón podría retirarse. Tendría que hacerlo por narices. Quién iba a continuar en Madrid después de eso. ¿Tendría bastante para irse a Las Bahamas, por ejemplo? A lo mejor no. Y a un monasterio del Tíbet, ¿Qué tal? Su imaginación empezó a volar. Sí, con ese cantautor, joder, sí, ese que me gusta tanto… Joder, el güisqui hace estragos en la memoria, imbécil. Tenía que dormir. Sería mejor consultarlo con la almohada. Era una decisión muy importante. No podía hacerse a la ligera. Tendría que sopesarlo bien. Y de nuevo volvía a llover. Definitivamente en casa había mejor música y apretó el acelerador. De pronto le vino a la mente, el puto Leonard Cohen, ese era el cantautor que no recordaba hace un momento. Y se vio viviendo en el Tíbet con Leonard Cohen y un monje calvo con gafas de culo de botella y dientes de roedor. De nuevo esa estúpida sonrisa afloró en su comisura.
    A estas alturas debería haberme presentado. Ojos y sienes algo hundidos, frente prominente, orejas pequeñas, mentón partido, labios finos -últimamente también partidos- y pómulos salientes. Cualquiera diría que soy un frankestein pero en realidad suelen decir que le doy un aire a Ralph Fiennes. Yo no creo que sea tan atractivo, aunque opiniones hay para todas. Desde luego mis ojos no son azules sino verdes. Creo.
    Decir que llevo una vida ordinaria es un halago para esta anodina y rutinaria inactividad que la caracteriza. Lo más exótico que me sucede es echar a los miembros borrachos del club a la puta calle cuando mi jefe me lo ordena. Me da cierta sensación de poder sobre esos ricachones. Maldita sea. Y ocurre tan pocas veces que finalmente mi jefe ha decidido llamarme por teléfono sólo cuando hay algún problema en el club. La gente que lo frecuenta es muy civilizada. Al menos en apariencia. Creo que lo decidió así, para que no fuera yo el primer borracho que acababa todas las noches vomitando en el servicio de su trastienda. Ya ves. Había tan poco trabajo para mí que todas las noches trasegaba varios güisquis y poco más. Mi jefe debió pensárselo mejor y amablemente rehizo mis obligaciones. La música que ponen es buena, aunque siempre sea la misma. Yo no soy un portero. Se supone que me paga para mantener la seguridad del club y de mi propio jefe. Sin embargo, los que entran al club, son miembros selectos y adinerados. Escogidos personalmente por mi jefe. No parece equivocarse mucho y eso me deja a mí sin acción. La verdad es que, para mi descargo, borrachos, lo que se dice borrachos, no he echado jamás a ninguno. Esa es la excusa que utiliza mi jefe para quitarse de en medio a los miembros del club que no aprecian sus trapicheos financieros. Les expulsa y punto. Y yo me encargo de quitarles las ganas de volver, calentándoles un poco las costillas. Tengo un trabajito para ti, dice, y yo me acerco por el club. Él me indica desde la ventanilla de su trastienda quién es el afortunado y yo procedo a darle el premio gordo de la noche. Eso es todo. Entonces tengo derecho a güisqui gratis y a cobrar mi jodido sueldo de matón -que no está nada mal. Así pueden pasar meses hasta que me encarga un nuevo trabajito. En ese paréntesis he de vivir sin otra ocupación que mis maquinaciones mentales y mi propio güisqui y mi propia música en mi propia covacha y con mi propia soledad de matón de tres al cuarto.
    Antes de ser este tipo desagradable al que todos temen he sido cosas peores -peor sobre todo por la falta de la pasta gansa que mi actual ocupación me proporciona. Por ejemplo, investigador privado -como dicen los finolis- o sabueso -como todos nos llamamos en la profesión… antes de esto… madero, y aún antes guarda de seguridad, tramoyista, mozo de almacén, barrendero, pocero, guarda de puercos y, excepcionalmente, el único oficio en el que no tenía que limpiar la mierda de la gente, pinchadiscos, gracias al cual me viene mi afición por la música.
    Mi flamante y ascendente curriculum se está completando, ahora que me sobra mucho tiempo, con estudios de derecho -otra demostración de mi tendencia a acabar ejerciendo profesiones con inclinación a la coprofilia, aunque esta vez se supone que más refinadamente malolientes. Muy limpias, si señor.
    Sin embargo, soy un tío obscenamente feliz.

    He decidido ser escritor. La divina trinidad formada por el lector, el personaje y el autor en una sola persona me atrae como un agujero negro.

    Era, como todos la llamaban, la dame de voyage. Una auténtica muñeca.

    Eso decía él. Yo lo vi de otra forma. Qué juzgue el lector.

     
    • Álamos de viento el Permalink

      No pretendo analizar tu escritura en términos literarios. Solo diré que tiene un poderoso llamado, una especie de trance… Odiseo lo explicaría mejor, sin duda. Ha sido muy grato visitarte. Gracias por compartir :)

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      No pretendo analizar tu escritura en términos literarios. Solo diré que tiene un poderoso llamado, una especie de trance… Odiseo lo explicaría mejor, sin duda. Ha sido muy grato visitarte. Gracias por compartir :)

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