Agosto

poesía

Hasta el aire
puro y fresco
puede ahogar
si no huele a ti.


Sólo hay un corazón
que desnuda mis palabras.

Vivir
entre silencios invisibles
de las flores de espanto
y las alas de la muerte
mientras amas.

HACIENDO EL AGOSTO

relato

Agosto, julio , calor, siega, hoz, dedales de cuero, era, trilla, mies, parva, montones de trigo, carro, mulos, trilladora, siesta, viento, botija, almuerzo, horca, horqueta, pala, raedera, amontonar, fanega, media, sacos, sogas, acarreo, aventado, padre, tíos, abuelo, primos, dormir en la era, estrellas, cuentos, imaginación, mi mono azul vaquero,

SABIO

greguería

El antiguo calendario romano comenzaba en el mes de marzo, Julio Cesar puso su nombre en el año 21 al mes quinto (Quinctilis) pasando a llamarse Iulios, julio para nosotros. Cuando llegó su sucesor Octavio Augusto hizo lo mismo cambiando el nombre del sexto mes (Sextilis), en el año 24 antes de nuestra era, desde entonces se llamó Augustus, agosto para nosotros. Ahora viene lo bueno, dar su nombre a Sextilis le pareció poco a Octavio ya que Iulius tenía 31 días, y Augustus, solo 29. Por esa razón, el emperador alteró la duración de varios meses, quitando y poniendo días, hasta lograr que su mes tuviera 31 días. Por eso, aún hoy, dos mil años después, julio y agosto tienen 31 días cada uno.

Hace tiempo un cazo era mi sombrero Hasta…

greguería

Hace tiempo un cazo era mi sombrero. Hasta este happy end de mi visión. Se acerca agosto y, agitado, me cambio de sitio para perseguir el sentido de vida que encuentro en cada sonrisa, en cada melodía, haciendo cybersex de juventud. No es tontería. Mi blanco es ahora sufrir amables felaciones que alguien con olor a diosa pueda hacerme sobre un piano. No es una estupidez, os lo aseguro.

Hace tiempo un cazo era mi sombrero. Has …

greguería

Hace tiempo un cazo era mi sombrero. Hasta este happy end de mi visión. Se acerca agosto y, agitado, me cambio de sitio para perseguir el sentido de vida que encuentro en cada sonrisa, en cada melodía, haciendo cybersex de juventud. No es tontería. Mi blanco es ahora sufrir amables felaciones que alguien con olor a diosa pueda hacerme sobre un piano. No es una estupidez, os lo aseguro.

CONDENADO

greguería

Hace tiempo un cazo era mi sombrero. Hasta este happy end de mi visión. Se acerca agosto y, agitado, me cambio de sitio para perseguir el sentido de vida que encuentro en cada sonrisa, en cada melodía, haciendo cybersex de juventud. No es tontería. Mi blanco es ahora sufrir amables felaciones que alguien con olor a diosa pueda hacerme sobre un piano. No es una estupidez, os lo aseguro.

LA OTRA GLORIA

relato

Yo era aquel niño que trillaba al amanecer de aquel día amarillo de agosto que ascendía en forma de pajas secas desde la parva a las orejas. Era el último verano antes de irme al seminario. Mi padre y mis tíos seguían aún trillando en la era de mi abuelo con métodos medievales: una parva; una trilla tirada por un burro; un burro conducido por un niño; un niño que salía del más rústico de los veranos para ir a un seminario postconciliar que acabaría dejando por un instinto más atávico y poderoso: se llamaba Gloria y su cuerpo tenía un aspecto bastante más carnal e increíble que la del cielo.

Ella me sacó por primera vez de mi infantil estupor, transportándome a una ciudad provinciana que aspiraba a la vanguardia de los cafetines y en el fondo más cateta que yo. Al menos así lo veía yo en aquel momento. Recuerdo con vívida timidez el día en que vino convertida de una adolescente en una sensual mujer, sólo para impresionarme. Fue en una clase de arte, la primera de la mañana. Las ironías de los chicos y las cómplices sonrisas de las otras chicas, expresando todos ellos como una pareja colectiva lo que ni Gloria ni yo pudimos expresar. Fue otro día de calor como aquel en que trillaba en una interminable y medieval parva y en la entrepierna notaba hervir algo nuevo y placentero, como un nacimiento al desierto. El sol irradiaba desde ese nuevo centro, ahora ya no como un problema de enuresis infantil sino como un calor que hacía palpitar el torso erizado con una intensidad de vértigo. Desnudo en un desierto por primera vez, abrasándome en la promesa de un cuerpo voluptuoso de mujer recién salida de la adolescencia.

Llegó vestida con una enorme capa y un peinado alisado y voluminoso, pintada de carmín y colorete; sombra de ojos y uñas salvajemente rojas. Al despojarse de la capa puso al descubierto su escultural cuerpo ya maduro y unas piernas para desmayarse. Mi imaginación completó el resto y empecé a verla vestirse: primero las bragas negras y caladas que ceñían su monte de venus y su rajita humedeciéndose de placer; luego un sujetador ajustadísimo que elevaba sus apuntados pezones; unas medias envainando sus piernas obscenamente. Seguramente unas ligas a las que me hubiera gustado reemplazar con mis manos…

Se sentó a mi lado y mi cuerpo temblaba erizándome el vello a oleadas frías y calientes. Todos sonreían sin atreverse a hacer ningún comentario hasta que el profesor de arte, que preparaba las filminas de la sesión, rompió el silencio y comentó: te has puesto varios años encima. Está guapísima, comentaron inmediatamente sus amigas que en todo momento protegían a Gloria con su complicidad. Miraban mis reacciones, delegadas quizás por ella para que luego le contasen mi azorada reacción. Entretanto ella intentaba hablar conmigo de algo. ¿Está libre este asiento?. Sí, sí, claro. Aunque yo sabía que Pepe querría sentarse donde siempre. Cómo vienes hoy, comenté en voz baja. No, normal… muchas veces me visto así…, dijo. Me hubiera gustado decirle que estaba guapísima, que me apetecía besarla y abrazarla, pero me lo impedía mi terrible timidez y me conformé con imaginarlo. Un leve e imperceptible suspiro se escapó de ambos. Otra vez será, pensé que decía, pero de nuevo debió ser mi imaginación.

¿Esa es Gloria?, comentó la enorme foca que acababa de llegar, como siempre tarde. Joder, chica, cómo te has puesto, ¿Vas de fiesta a estas horas? Se sentó al final haciendo comentarios en voz baja. Luego con un tono claramente audible dijo: ¡Ah, claro, el Carlos… ¡jolines! Me volví hacia ella y con una mirada asesina le hice callar. La hipopótama bajó la cabeza.

He olvidado por completo cual era el tema de la clase de arte, si es que alguna vez lo supe, que por fin dio comienzo. Yo continué, erizado el vello, transportado a los más cálidos y hermosos días de mi niñez. Días radiantes y azules, transparentes como el agua de los sueños en que sientes que tu cuerpo flota sumergido, se eleva, vuela caprichosamente, con la levedad de lo imperceptible y recordando -o quizás imaginando- su carnal y glorioso culo de piel melocotón retozando en mis manos sobre las sábanas. En la otra Gloria.