La madre y el padre estaban velando un…

La madre y el padre estaban velando un cadáver. O eso parecía. Sus ojos cerrados no revelaban lágrimas. Quizás sólo cansancio. Un cansancio de siglos. Un cansancio que se acumulaba en las ojeras de los viejos como se acumulaba el polvo en los rincones de la estancia. El hijo parecía dormir plácidamente. Pero estaba muerto. Había muerto después que ellos pero eran ellos los únicos que le velaban. Yacía sobre un tatami de paja con borde negro de luto. El olor del tatami era intenso como de mieses recién segadas. Aún soleadas y calientes. El resto era frío, muy frío. Nadie respiraba en la habitación. No en vano todos estaban muertos, hasta los muebles eran jirones de un ataúd. Una inquietante atmósfera rodeaba al muerto. Una niebla heladora.
Cualquier color que tu quieras, dijo la madre. Nadie contestó. Una marcha nupcial comenzó a oírse y unos perros ladraron como alertados por las trompetas. O quizás eran lobos, lobos de montaña. Lejanos.

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