Skarmenti

greguería

Julio Skarmenti pertenecía a una de esas extrañas familias de gitanos universales que recorrían el mundo en una tartana. Una de esas familias de saltimbanquis y latoneros cuyo destino estaba dirigido por una tozuda mula que elegía en cada encrucijada el camino que ninguno de ellos hubiera tomado.
Julio Skarmenti achacaba a esta circunstancia los terribles e insólitos parajes a los que arribaron repetidas veces contra su voluntad e incluso a pesar de los negros augurios de la abuela Trinidad. La vieja gitana, capaz de adivinar el futuro más incierto de la clientela, se obnubilaba ante las empecinadas elecciones de aquella vieja acémila.

  • Mal fario – se limitaba a decir la abuela cuando la bestia tomaba el camino que todos los Skarmenti hubieran instintivamente evitado. Todos menos aquella terca y cojitranca mula del demonio que con su renca pata señalaba su suerte y la de todos sus contrariados dueños.

Entonces, Julio Skarmenti, el menor de los Skarmenti, se sentía perdido y su moreno y curtido rostro dejaba traslucir una leve oleada de angustia irracional ante el abyecto e inmediato futuro. Sus negros fanales se anegaban de aciagos presagios y hasta la brisa parecía flamear de un hedor maléfico y execrable. Subía a la tartana y, enroscado como una serpiente herida, dormía el último trecho del camino. Sólo despertaba al entrar a la ciudad, mientras su padre anunciaba, con el duro tintineo del latón, la llegada de tan insigne y nómada corte, descendiente directa de reyes y faraones del sagrado Nilo, obligada a errar en el destierro, y a ganarse la vida como saltimbanquis y latoneros por los polvorientos y ásperos confines del mundo, a causa de una caprichosa e ineluctable maldición del Gran Osiris. Y sólo entonces, el rostro quemado de Julio Skarmenti, se iluminaba seducido por la atónita e hipnotizada mirada de los niños ante semejante estafermo ambulante.
Nadie hubiera esperado que aquella troupe descendiera con tal algarabía esa cálida mañana de mayo por una de las siete colinas que rodeaban la ciudad. Parecían salidos de la nada o, transportados quizás por el caprichoso viento, de lejanos y exóticos países a través del espacio y el tiempo.
El pequeño Skarmenti bajaba, ya más animado, de la multicolor carreta y corría con descaro entre sus coetáneos haciendo sonar una flauta y ondeando un serpentilíneo gallardete mientras sus hermanos mayores agitaban los caireles o tocaban los improvisados timbales de la carreta y la madre y las hermanas hacían danzar sus vientres adornados de cascabeles y alaracas.
Los niños despertaban de su hipnosis y enseguida formaban una animada comitiva que también seguía a la obstinada y visionaria mula. […]

a las 10 en casa

5 comentarios en “Skarmenti

  1. …que muy seria, como si reconociese por adelantado no sólo haber elegido el camino correcto hacia el escenario donde estaba escrito que se desarrollara el próximo capítulo del destino de los Skarmenti, sino el argumento mismo de dicho futuro familiar.
    Julio compartía con la mula ese secreto que los demás apenas sospechaban lo suficiente como para no contradecir las manifiestas y tercas intenciones de la mula que, llegada a cada bifurcación de los caminos, tendía a desviarse más y más hacia los altos montes donde los últimos escitas escondían aquellos juegos de piedras gastadas por el manoseo a que eran sometidos en procura de torcer el sempiterno veredicto. Todavía faltaba mucho, pero el muchacho y la mula sabían que se estaban aproximando. Faltaban los diluvios del hondo valle entrevistos en los sueños repetidos, donde y cuando las bestias se enterrarían hasta los cuartos y las carretas hasta los ejes. Faltaba pasar por el ataque de las manadas de perros cimarrones enfurecidas por el hambre. Faltaba todavía atravesar aquel desierto extrapolado de antiguos mapas manuscritos, donde el agua tornaríase en sangre y el sol se clavaría en un perenne cenit de plomo derretido. Por no más que mencionar algunas cosas de las tantas que faltaban ocurrir antes de terminar la actual jornada, La última luminosa.

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  2. No sería para tanto pero puedo afirmar como testigo inoportuno que he sido, que harto trabajo le daba a Julio Skarmenti extrer de entre sus ropas y desarrollar ante los ojos de la golosa mula la desproporcionada probostide inguinal que la naturaleza y tal vez la suerte, le habían regalado. No otro era el motivo que llevaba a la jumenta a arrastrar a Julio hacia los más apartados bosques, los más solitarios valles y en fin cualquier lugar donde pudiera esperar tranquila el desarrollo de los acontecimientos.

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