Venía de la Nigredo y sentí la necesidad de un acuario -o cualquier cosa con agua- en aquel maldito desierto. Pregunté al león -¿o era quizás una esfinge?- y me sugirió la conversión en rana antes de introducirme en el gran Nilo que se me ofrecía a mi vista. Ahora es cuando iba a visitar realmente el antro de las ninfas… y, a pesar de mis numerosos siglos, comencé a mover mis ancas con entusiasmo de adolescente.

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