Venus

Venus, Venus… La conocí en mi primera visita al Olimpo. Ojalá y no la hubiera conocido jamás. Su belleza era tan irrefrenable para los instintos como la necesidad de alas para los pájaros. Ceñía, como único vestido, un voluptuoso cinturón confeccionado con plumas de cisne que resaltaba su indefinible pero sicalíptico color de piel. Oh, quién sufriera su correspondencia con la misma intensidad que yo sentía su indomable atractivo. Comparada con ella Diana era una vulgar campesina entre todos los dioses, especialmente los dioses planetarios. Oh, aquella golondrina de brumoso cuerpo, cinturón níveo y labios encendidos. Aplasté mi gorro frigio entre mis nudillos para poder refrenar mis atávicos deseos…